Publicidad:
Terra
La Coctelera

CRÓNICAS DE BARRIO: EL PARTIDO.

Tarde de Sábado. Quedo con Jose -mi amigo del barrio de toda la vida- en el bar "La Cachimba", en la esquina del edificio de mi casa (el eterno "bar de la esquina" que hay en todas partes), para ver el partido entre el Real Madrid y el Deportivo de La Coruña. A mí, francamente, el Real Madrid me la trae floja: el que me interesa es el Deportivo, el tercer equipo de mis amores. Me gustaría ver cómo el Dépor se le sube a las barbas al super-galáctico Madrid en el mismísimo Santiago Bernabeu, parándole los piés en el primer partido de la temporada, para poner a esos chulitos de mierda en su sitio bajándolos a la realidad y haciéndoles comprender que no todo el monte es orégano (y ayudando de paso al Barça -el cuarto equipo de mis desvelos-, para que empiece sacándole dos o tres puntillos a su eterno rival desde el principio). Comprendo que la cosa está difícil: el Madrid tiene una excelente plantilla, un buen entrenador (me gusta Pellegrini por su seriedad, por su excelente capacidad como técnico -consiguió llevar a un modesto equipo como el Villarreal a la Champions, nada menos-, por esa mirada melancólica que tienen los uruguayos, por qué se yo...), juega en casa...; el Depor, tras unas temporadas "de vino y rosas", se ha convertido en un equipo vulgar, que bastante tiene con mantenerse en primera división -eso sin contar a ese "agonías" de entrenador "amarrategui" que es Lotina-. Pero me da lo mismo: la esperanza es lo último que se pierde.

A las 8 menos 5 de la tarde salgo zumbando de casa, bajo las escaleras de tres en tres y me meto como un rayo en "La Cachimba". Aunque ya hay mucha gente en el bar, afortunadamente aún queda una mesa libre cerca de la pantalla del televisor, un poco escorada hacia la derecha, pero fenomenal para ver tranquilamente el partido. Pido una Fanta de naranja; tengo sed (aunque rechazo las patatas fritas que me ofrece el camarero como aperitivo -hay que guardar la línea-): el día en Madrid ha sido sofocante; aunque el mes de Agosto está agonizando, el calor se resiste a dejar de apretar, implacable, en el secarral meseteño. El Bernabeu está a reventar; lleno total: la expectación por ver al equipo super-galáctico de Florentino Pérez es máxima.

Empieza el partido, primeros minutos de tanteo, hasta que el Madrid consigue romper la defensa del Depor y marca el primer gol (Raulito tenía que ser, claro, siempre de "cazagoles", a la espera de un rebote, de un fallo del contrario, de lo que sea: tiene su mérito como futbolista, en su ocaso como jugador -y además tiene un excelente gusto para las mujeres: ¿Mamen, se llama la suya?; no sé igual me cofundo con el nombre, pero es una mujer preciosa-). "Empezamos bien" -pienso apesadumbrado, mientras le pego un buen chupetón a la Fanta, para consolarme-. Pero el Depor no tarda en reaccionar, Riki "le roba la cartera" a la defensa blanca y cabecea espléndidamente a la red el pase largo de un compañero. Golpeo rabiosamente la palma de mi mano izquierda con el puño de la derecha, para celebrar el empate. Es lo más que puedo hacer. El bar se ha ido llenando hasta parecer un gallinero infernal de gritos, conversaciones, rumores, idas y venidas, jaleo a tutiplén. Estoy rodeado de "enemigos" y tengo que ser muy cauto en la expresión de mis emociones futboleras. Sigue el partido. Penalti más que dudoso de un defensa del Depor sobre Raúl -otra vez-. Lo va tirar el figurín de Cristiano Ronaldo (me jode este tío por su aire de chulería y suficiencia). Aranzubía, el portero del Depor, adivina la trayectoria del lanzamiento y está a punto de atraparlo, pero no llega por centímetros. 2-1 para el Madrid. El bar estalla en un grito unánime de júbilo, mientras yo bajo la cabeza apesadumbrado: "¡Qué poco dura la alegría en casa del pobre!" -pienso filosóficamente, mientras le doy otro largo chupetón a mi Fanta-; me gustaría fumarme un cigarrillo para reforzar el consuelo, pero no quiero caer en el descontrol tabaquero: me aguantaré hasta el descanso.

Llega el intermedio con ventaja para el Madrid. Lo previsible. Terminada la Fanta, me levanto, aprovecho para acercarme a la barra a pedir un Bayleys -el camarero ya desiste de ponerme aperitivo alguno, advirtiendo mi ascético voto de ayuno- y a echar una meada. Entretengo el cuarto de hora del descanso fumándome el ansiado cigarrillo mientras contemplo tranquilamente a la "parroquia" que llena el bar y haciendo un somero estudio sociológico de la concurrencia.

El primer objeto de analísis que aparece ante mi vista es el Ledesma ("el-Ledehmma" -pronunciado en madrileño cheli: con "h" aspirada y marcando bien la doble "m"-). El Ledesma es un tipo de la misma edad que yo, apoximadamente, y formaba parte de la pandilla del barrio en la que yo estuve integrado en mi adolescencia y mi juventud. Lo veo ahí, sentado, en la mesa de al lado, a pocos centímetros de mi. Pero ni nos saludamos, aunque él sabe que yo lo conozco a él, él sabe que me conoce a mi, ambos sabemos que nos conocemos, que él vive en el edificio enfrente del mío, pero la comunicación está rota entre nosotros desde siempre. En realidad nunca hubo comunicación, porque, aunque formábamos parte de la misma "panda", no nos caíamos especialmente bien. Él era un chaval bastante agraciado físicamente, pero intelectualmente era un "zoquete" de tres pares de narices; yo era todo lo contrario: de hecho a mi me llamaba "nuestro Woody Allen" particular, más que nada por mi aspecto esquelético y desaliñado (en aquella época, mi uniforme de campaña eran el pantalón y la camisa vaqueros; el pelo largo, rebelde, despeinado; los cuatro pelos que me salían en el bigote y la barbilla..), mis gafas de miope y mi conversación de intelectual neurótico y neoyorquino; yo era serio y circunspecto; él era alegre y expansivo. Yo a él no le caía bien probablemente porque no soportaba su estupidez ni respondía a sus bromitas de "tocapelotas"; él no me caía bien a mí precisamente porque no tragaba su cerebro de lagartija ni sus estúpidas gracietas de payaso. Un ejemplo: Durante una época a él le dio la venada de emprenderla contra los "porreros"; que si eran unos delincuentes, que si había que matarlos a todos, que si no sé qué, que si no sé cuantos...Yo intentaba razonar con él; como progre que era, y pese a que no había fumado -ni fumaría- un puto porro en mi vida, trataba de convencerlo de que echar un canuto de vez den cuando no era lo mismo que ser un delincuente ni significaba que al fumador hubiera que condenarlo a la silla eléctrica, que los porreros, por el mero hecho de consumir un poco de hierba, no hacían daño a nadie. Era inútil: él seguía con lo suyo, dale que te pego...Conociendo su nivel de inteligencia rayando en la subnormalidad, yo sospechaba que aquella animadversión hacia los porreros no la había concebido él "de su cosecha", sino que debía obedecer a que habría oído en casa, a sus padres, alguna crítica hacia los fumadores de porros; él había asumido esa crítica de forma totalmente "a-crítica" y había iniciado por su cuenta una fanática campaña dialéctica contra los consumidores de haschis o de marihuana. No me equivocaba lo más mínimo: tiempo después, abandonó nuestra pandilla y se empezó a juntar con un grupo de "pasotas" que se pasaban el día sentados en un banco del barrio...fumando porros -él incluido, claro-. "He ahí un excelente ejemplo de coherencia intelectual" -pensaba yo irónicamente, cada vez que lo veía empuñando un canuto...-. Además de éso, el Ledesma era un cobarde y un aprensivo que se cagaba por la pata abajo a las primeras de cambio. Recuerdo que, en una ocasión, parte de la panda fuimos un verano de acampada al Valle del Tiétar; al Ledesma debía haberlo prevenido su padre contra los peligros de la "selva africana" en que nos íbamos a meter -dicho sea con toda la ironía del mundo-, haciendo especial hincapié en las arañas y los escorpiones que podíamos encontrarnos bajo las piedras. Una noche, mientras yo estaba durmiendo "a vivac" a la entrada de la tienda de campaña y los demás roncaban en el interior (yo no soportaba dormir dentro, porque los muy cerdos se dedicaban alegremente a tirarse pedos en plan festivo antes de ponerse a descansar -como quien tira fuegos artificiales-, y además les olían los piés a Roquefort -por su escaso apego a la higiene personal-; yo, por mi parte, ya era un "tiquis-miquis" con un olfato excesivamente delicado para soportar aquella peste y prefería dormir al raso lejos de ellos, contemplando el límpido cielo estrellado de la Sierra de Gredos); el caso es que una noche, como decía, todos nos despertamos sobresaltados por los desaforados gritos del Ledesma, que aullaba a voz en cuello: "¡La araña-la araña!", "¡el escorpión-el escorpión!"...Tenía una pesadilla, obviamente, provocada por el acojone que le había insuflado su padre ante tan dignos animalitos del Señor. Lo despertamos entre todos y continuamos descansando. Lo malo es que la pesadilla del Ledesma era recurrente y se repetía una noche sí y otra también, hasta ponernos a todos de los nervios...

Lo dicho: el Ledesma era un subnormal, un cerdo, un pedorro, un cagueta y un tocapelotas que a mi me repugnaba instintivamente. De modo que, cuando él encontró trabajo como dependiente en una tienda de ropa para caballero de la Gran Vía ("has tenido suerte -le dijo su padre cuando consiguió ese empleo-: el comercio es un trabajo de señoritos": el "comercio -pensaba yo-: ¡qué expresión más rancia y más antigua!"); cuando la pandilla del barrio se empezó a disolver con los años por las cosas de la vida, el Ledesma y yo, cuando casualmente nos cruzábamos por el barrio, nos hacíamos los tontos para evitar saludarnos, mirando hacia otro lado. Desde luego, no había "feeling" entre nosotros, no...Fue pasando el tiempo, lo perdí de vista una temporada y, unos años después, reapareció en mi campo visual, viviendo en el edificio frontero al mío, casado y con un par de hijos. Y ahora, tanto tiempo después, lo tenía sentado a unos centímetros de mi. en el bar. Junto a él estaba su mujer, una estrambótica tía fea, gorda, con gafas y pelo corto teñido de color zanahoria. La vulgaridad y la ordinariez en persona. Siempre me pregunté por qué el Ledesma se había casado con esa tía, siendo como había sido, un tipo agraciado físicamente y con esa simpatía simplona y esa conversación interminable -pero anodina- que tienen los tontos del culo. De joven, tenía bastante éxito entre las chicas. Me malicio que en alguno de sus innumerables escarceos amorosos, dejaría embarazada a la gorda y, por éso de seguir las convenciones sociales, se sentiría moralmente obligado a casarse con ella. Pero, de ser así, a sus cuarenta y tantos años, a él no se le veía especialmente frustrado o deprimido. Tenia la expresión bovina de cuarentón básicamente satisfecho con su vida de casado, padre de familia y "dependiente del comercio". El Ledesma y la foca de su mujer compartían mesa con una pareja más o menos de la misma edad que ellos: él, un tipo normal y corriente, con gafas, en pantalón corto, camiseta y chancletas, con el mismo aire atontado que el Ledesma propiamente dicho; ella, su mujer, era bajita, delgada, menuda y nerviosa como un gorrión, de facciones relativamente agradables; tenían dos hijos: un chaval muy majete de unos diez años y una niña más pequeñita, de seis o siete años; el chaval miraba atentamente el partido, sentado en una silla colocada un poco por delante de la mesa de los padres, y a su lado estaba la chiquilla, nulamente interesada en el partido, que se dedicaba a corretear por el local y a entrar y salir del establecimiento. Pues bien, mientras el chaval estaba absorto en el partido comiendo tranquilamente una bolsa de frutos secos, el Ledesma se dedicaba constantemente a tocarle las pelotas, dándole collejas o tirándole del lóbulo de la oreja sin venir a cuento...Exactamente igual que cuando era joven, con las mismas payasadas de siempre ("genio y figura hasta la sepultura", pensé yo para mis adentros): su evolución espiritual se había detenido y estancado, como la de los dinosaurios, en los 18 ó 20 años. Lo miré por última vez de reojo con más detenimiento, mientras él se limpiaba con un palillo los restos de la ración de patatas bravas o de calamares -vete tú a saber- que acaba de ingerir: estaba empezando a perder pelo (en concreto, por la coronilla, en la que apuntaba una especie de "tonsura" como la que se hacen los curas cuando son ordenados sacerdotes) y a echar una incipiente barriguilla, modelo "tripa cervecera". Me lo imaginé en el futuro, calvo y barrigón, como una especie de clon de Hommer Simpson, obligado a compartir cama con la vacaburra de su mujer, cada vez más gorda y menopaúsica, ambos estúpidamente autosatisfechos con su vulgar y aburrida vida. Me dio una especie de arcada de asco (como al protagonista de "La Naúsea" de Sartre, cuando, al ver las raíces de un árbol, comprende lo absurdo de la existencia y el sinsentido de la vida, mientras los demás siguen inconscientes, enfangados en sus anodinas ocupaciones cotidianas) y escupí disimuladamente en el suelo para aliviar mi repugnancia, mientras le echaba una nueva calada a mi cigarrillo.

Continúo con mi ejercicio de sociología barata, a la espera de que comience el segundo tiempo del partido. Detrás de mi, una pareja de treinta y tantos años: él, con pinta de español; ella es indudablemente sudamericana; morena, pelo liso, monilla de cara, con gafas; está embarazada de bastantes meses, ya que luce una prominente barriga. "¡Qué falta de responsabilidad! -pienso-: meterse, en su estado, en este garito infestado por una atmósfera como de `smog` londinense, donde el humo del tabaco acumulado en el ambiente podría cortarse un un cuchillo, con el riesgo que ello podría conllevar para el feto que lleva dentro". Supongo que la idea de venir a ver el partido habrá sido de él, y a ella no le habrá quedado más remedio que acompañarlo resignadamente: parece una chica sana, porque su consumición se reduce a una modesta botellita de agua mineral. Chupo otra vez ávidamente mi cigarrillo, contribuyendo inconscientemente con el humo que expelo a esos potenciales riesgos para la criatura que la sudamericana lleva dentro...

Un poco más allá, en otra mesa, un matrimonio de sesenta y tantos años, ambos callados y silenciosos. Son de esas parejas que ya llevan tantos años juntos que han agotado todos los temas de conversación posibles y no tienen nada que decirse. Se dejan llevar por la vida y el curso natural de las cosas, envejeciendo plácidamente el uno junto al otro. Supongo que cada uno de ellos habrá llegado ya a ver al otro más como un apacible perro de compañía que como a una persona...La mesa que me queda por analizar está ocupada por dos treintañeros ruidosos, que hablan y bromean a voces mientras consumen unas cervezas y una ración de patatas "ali-oli"; uno de ellos es especialmente escandaloso: en él reconozco al tipo que ha estado gritando como un poseso durante toda la primera parte cada vez que había una ocasión del Madrid, atronándome los oídos con sus aullidos y sus estúpidas bromas sin gracia que él cree muy graciosas y vocea para alborozo de la concurrencia. Tras las mesas de mármol, al fondo del local, donde están los servicios, la máquina de tabaco y la típica tragaperras, una pléyade de rostros anónimos y desconocidos amparados en la penumbra que invade esa parte del establecimiento, adonde no llega bien la luz de los fluorescentes. Del lado derecho de la pared en la que se encuentra instalada la pantalla del televisor me llega regularmente un chisporroteo extraño cuyo origen no consigo identificar, vuelvo la vista hacia esa esquina y mi mirada se topa con un artilugio metálico colgado del techo que emite una especie de luz ultravioleta: de vez en cuando, sobre su superficie se produce un imperceptible fogonazo acompañado de un leve chasquido. Comprendo inmediatamente: es una máquina mata-insectos, que los atrae con sus radiaciones y los quema en un santiamén. Vuelvo a sentir un poco de asco: menos mal que no estoy comiendo nada, porque, de lo contrario, creo que lo vomitaría...

Sigo con mi ejercicio de psicología barata, para entrenerme, más que nada...Dirijo mi atención hacia la barra del bar. Veo un par de caras conocidas. Se trata de dos tipos de alrededor de sesenta años, pero muy diferentes en cuanto al aspecto físico. Uno es enjuto, delgado, con el pelo cano, nervioso como un rabo de lagartija (tics incluídos). El otro es orondo, gordo, tranquilote. Tiene la particularidad de leer el periódico con lupa -sic-, a pesar de que usa gafas: algún defecto visual incorregible con las gafas, supongo....Yo los llamo "los viudos", porque siempre andan sólos por los bares del barrio, sin esposa o pareja conocida. Como las estadísticas demuestran que las mujeres, pese a su inferior fuerza muscular, son mucho más resistentes que los hombres desde el punto de vista biológico  (hay muchas más viudas que viudos), imagino que esos dos caballeros son viudos y han perdido a su pareja/mujer. De modo que pasan su vida arrastrándose por los bares del barrio, uno inquieto y nervioso, hablando sólo; el otro más tranquilo y circunspecto, leyendo los periódicos con lupa. Ambos me dan pena y suscitan en mi un sentimiento de compasión. Son como dos borreguillos que sienten horror a estar en casa sólos y por éso se dedican a integrarse en rebaño, para huír de ese sentimiento de soledad. De ahí que dediquen su vida a recorrer una vez y otra también los bares del barrio, buscando, justamente, el calor del rebaño. "El hombre es un animal gregario", dijo no sé quién. "El hombre es un ´zoon politikon´", dijo el filósofo Aristóteles: no un "animal político", como equivocadamente se suele traducir, sino un "animal social" -como traduzco yo más correctamente, creo-; en la antigua Grecia, la "polis" era una pequeña Ciudad-Estado en la que todo el mundo se conocía, hablaba, se relacionaba y se sentía integrado. Ser viudo es mucho más difícil que ser viuda, por las razones estadísticas que he apuntado antes. Las viudas se lo montan bien: como son muy numerosas, hacen amigas enseguida -mujeres mayores en su misma situación-, para tomar un café con un bollo, jugar a las cartas o simplemento charlar. Ser viudo es más jodido, porque hay poco hombres en esa situación. Ser viuda es lo "natural" -digamos-. Ser viudo es "antinatural" -continuamos diciendo-: el viudo se ha atrevido a desafiar las leyesde la naturaleza, viviendo más que su mujer. Su castigo es duro: verse obligado a deambular por los bares de cualquier extrarradio madrileño buscando "el calor del rebaño". A mis dos viudos, el partido de fútbol les importa un pijo: lo que quieren es no sentirse sólos, simple y llanamente. Por éso estan en el bar.

Pego una fuerte calada a mi cigarrillo para dejar de sentir pena por mis dos viudos: la vida es así, chicos, y hay que joderse. Sigo dirigiendo mi atención hacia el panorama de la barra del bar. ¡Vaya: el "aristócrata"me saluda desde su banqueta!. Es un tipo alto, delgado, enjuto, de pelo cano, con pinta de Lord inglés. Por éso yo lo llamo "el aristócrata". A sus sesenta y tantos años largos se conserva estupendamente (no sé si hace deporte o es cosa genética). Vive en el portal de al lado de mi casa, aunque los dos damos al mismo patio. Este hombre me ha cogido una simpatía especial, no sé muy bien por qué. Aunque está jubilado, éso esta claro, regenta una especie de almacén de ropa -o no sé yo qué- muy cerca del bar "La Cachimba". Cuando nos cruzamos por la calle o nos enontramos en algún sitio -tienda, bareto, lo que sea-, siempre me llama "amigo" o "caballero". Un día me dijo: "¡'Menudo cochazo tiene usted -siempre me trata de ´usted`-!"; "no hombre, no, -le repliqué yo-: es simplemente un modesto ´Hyunday coupé´, un coche coreano de lo más normalito". "Pero esa pinta de ´deportivo` que tiene está fenomenal -me contestó él-". Tenía su parte de razón: el Hyunday coupé lo compré cuando mi viejo y entrañable Peugeot 205 se fue "a tomar p´ol culo" en un aparatoso accidente en la M-30, una madrugada de Sábado que volvía a casa con unas cuantas copas de más. Me gustó porque tiene una preciosa línea deportiva, cuatro asientos y un maletero de capacidad considerable. Es un "deportivo" con unas características parecidas a las de un choce normal; aunque también tiene sus inconvenientes: por ejemplo, al ser "coupé" ("cortado", en francés), los asientos de atrás son muy reducidos e incómodos, y el techo baja bruscamente, de modo que solo pueden sentarse en ellos personas de baja estatura -de lo contrario darían con la cabeza en el techo-. Pero bueno, el "aristócrata" tiene razón y, para mi situación personal -soltero y sin compromiso- y económica, es un coche fenomenal. No tengo ni puta idea de mecánica ni entiendo un carajo de autómóviles. A mi los coches me llaman la atención por lo bonitos que son (soy un "esteta": ¡qué le voy a hacer!). Mi sueño es tener algún día un "Ferrari testarrosa" -aunque mi hermanito pequeño, que entiende de coches mucho más que yo, dice que ya no se fabrican-; un Sábado por la noche, de farra nocturna, mientras yo iba al volante de mi modesto -pero bonito- Peugeot 205, vi un Ferrari en pleno Paseo de La Castellana que me dejó sin aliento. Era un verdadero Ferrari, pero no de color rojo -como suele ser habitual-, sino de una especie de color azul cobalto metalizado que me enamoró. Desde entonces, sueño con ese coche -. Si algún día llego a ser rico y famoso (cosa segura e indudable -si algun vez decido empezar a jugar a la "primitiva"...-), me compro el coche ése de todas-todas (¡anda que no voy a fardar yo ni nada con él! -y de paso, a ligar como un demonio: las mujeres, pese a su supuesto romanticismo son unas materialistas que se fijan mucho en ese tipo de detalles-. Volviendo a la realidad respondo con un cansado gesto anodino al saludo del "aristócrata". Yo he bajado al bar a ver un partido de fútbol, no a hacer "vida social".

Continúo con mis pesquisas "sociologueras", mientras doy el enésimo chupetón a mi interminable  cigarrillo. De pronto encuentro clavada en mí la mirada de Pepe, el dueño del bar. Pepe es un tipo muy peculair. En realidad se le llama familiarmente "Pepito", porque el verdadero "Pepe" era su padre, un asturiano orondo y bastante "pelota", que sabía ganarse a la clientela con su sonrisa melílfua y sus muchas reverencias a los parroquianos del bar. Pero el padre murió -como todos los padres biológicos: los padres "espirituales" no mueren nunca, ya digo-. El caso es que "Pepito" tenía una obesidad mórbida, o sea, genética, que había heredado de su padre. Una noche estaba yo en casa, viendo tranquilamente en la tele una peli; en un momento dado me entró sed y me dirigí a la cocina a beber; al pasar por el vestíbulo de la entrada oí afuera una especie de jadeo o resuello como de alguien que estuviera agonizando; un poco preocupado, observé discretamente por la mirilla de la puerta: era Pepe-padre que subá las escaleras. Algo muy chungo. Poco tiempo después, más o menos en las mismas circunstancias, vi a Pepito hijo resollando de agonía. De modo que Pepito, con buen criterio, decidió hace unos pocos años operarse de una "reducción de estómago", segura y principalmente por razones de salud -quizá también por razones estéticas, no sé-. El resultado de la intervención quirúrgica fue impresionante: bajó como 50 kilos, más o menos. Ahora, probablemente por contraste con su apecto anterior, parece hasta anoréxico y todo....Pepito es un tipo misterioso: se pasa la vida trabajando en su bar. Tiene una mirada vacía y hueca. Yo creo que está a medio camino entre el "apático" y el "amorfo" de Le Senne (para más información consúltese el "Tratado de Caractorlogía"  de Renné Le Senne - ¿PUF: "Pesses universitaires de France"? -no sé, ya no me acuerdo bien: esta edad mía es lo que tiene: empiezan a dar lata el Alzheimer y la próstata-); según la clasificación caracterológica de Le Senne, yo sería un "Apasionado para-sentimental" o un "Sentimental para-apasionado", que viene a ser algo parecido; la inefable Clito sería una "Activa exhuberante" clarísima; Hetero una "Nerviosa" atenuada, quizá. El caso es que Pepe -vamos de dejarnos de diminutivos y a llamarlo así, a partir de ahora: su padre ya murió, como he dicho, y él ha heredado su nombre-, tiene su mirada clavada en mí. No sé por qué será. Quizá sea simplemente porque soy el único parroquiano del bar que está más solo que la una -mi amigo Jose que no acaba de llegar...-; porque le gusto (cosa improbable, aunque su orientación sexual me es desconocida...); o, más probablemente, porque, de algún modo, se siente identificado conmigo: ambos estamos en la cuarentena,  somos de carácter "serio", vivimos aún en el nido familiar (ese "miedo a volar" del que hablaba Erika Jong en su famosa novela), estamos solteros y sin compromiso, con pocos o ningún amigo...Tenemos muchas cosas en común, Pepe y yo. Pero tras la mirada vacía y la aparente frialdad temperamental de un supuesto "apático/amorfo" como Pepe, hay vida: hace una temporada -según me contó mi madre-, el chico estuvo sumido durante un par de meses en una depresión "porque no le gustaba  lo del bar" (bar que alquiló durante ese tiempo de "bajón" anímico a otro tipo, muy amable, por cierto). Llevar un bar es difícil, porque tienes que abrir a las 8 de la mañana como muy tarde -para acoger a los obreros que vienen a trabajar al barrio y entran a desayunar su cafe con churros y a tomarse su carajillo para enfrentar con ánimos su dura jornada laboral- y cerrar a las tantas de la noche -los impenitentes borrachos que siguen dando la lata a esas horas, contándoles su vida, que a nadie interesa, a los sufridos camareros...-; aparte, los fines de semana, cuando todo el mundo se está divirtiendo, tú tienes que estar jodido, atendiendo a la clientela; además, si eres el dueño -como es el caso de Pepe- recae sobre ti la responsabilidad de vigilar que todo funcione bien, fijar los precios, establecer el menú del día, gestionar las facturas para entenderte con Hacienda...Un auténtico coñazo, ya digo. Pepe podía haber aprovechado que heredó de su padre un notable patrimonio (el bar, los tres pisos que tiene en nuestra Comunidad, otra pléyade de locales comerciales y pisos alquilados que sería prolijo relatar aquí, más -probablemente- unas bien nutridas cuentas bancarias...) para hacer lo que quisiera, si no le gustaba el bar. Por ejemplo: estudiar una buena carrera que le gustara -qué sé yo: Derecho, Económicas, Teleco; lo que fuera-. Tiempo y recursos tenía para ello, pero nada: se quedó en casa hundido en la depresión. Su abulia constitucional le impidió buscar "la luz al final del túnel·, y después de esos dos meses de "bajón" anímico, volvió a retomar lo del bar porque se dio cuenta de que no servía para otra cosa. Pepe me cae bien: es muy amable conmigo, y tal; y la simpatía es recíproca: me gusta ese chico serio y ex-obeso que ha demostrado tener sensibilidad cayendo en la depresión (los imbéciles sin sentimientos no se deprimen nunca: por ejemplo, el Ledehmma -ya sabeis cómo se pronuncia-). Vivimos en la misma planta del edificio contiguo, puerta con puerta, pero nuestras relaciones no pasan de un protocolario "hola y adiós" cuando nos encontramos por la escalera. Me gustaría ser amigo suyo, pero no sé cómo decírselo. Sin embargo, ojo: no hay que dejarse llevar por las apariencias. El día de descanso de Pepe es el Lunes, cuando cierra el bar; recuerdo que un Martes, por la mañana temprano, cuando yo salía a trabajar, mientras caía una tormenta impresionante sobre nuestro barrio, me encontré a Pepe entrando en el portal: venía todo trajeado, apretándose el cuello de la americana con una mano para minimizar los efectos de los goterones que habían caído sobre él, tras dejar aparcado su Ferrari -él sí tiene uno- frente a nuestro edificio (ése sí que es un cochazo, y no el miserable Hyundai coupé que yo tengo, pese a que al "aristócrata" le parezca el colmo automovilístico). Pepe, por tanto, volvía de pasar la noche fuera de casa, ya de madrugada. Me entró la curiosidad: ¿tendría un "picadero" secreto? -con su nivel económico se lo podría permitir perfectamente-; ¿volvería de una noche de juerga con amigos para mi desconocidos? -nunca lo he visto con amigo alguno-; ¿habría salido de putas para aliviar sus necesidades sexuales en la noche de su día libre?. No sé, todo son hipótesis: el caso es que Pepe llevaba una doble vida, éso está mas claro que el agua. Un misterio más que añadir a un tipo ya  tan misterioso por naturaleza como él.

Me desengancho de la mirada de Pepe y vuelvo a analizar al personal ubicado en la barra del bar. "¡Coño -exclamo para mi-: pero si ahí están Carlitos y su mujer!". ¿Cómo su presencia se me ha podido pasar por alto?. Supongo que porque debieron entrar en el bar mientras yo estaba embobado viendo el partido y no me había dado cuenta hasta ahora. Carlos (un tipo fornido y fuertote que gasta un buen bigote de los de antes, tiene una voz muy masculina y grave, trabaja como oficinista en una sucursal de Cajamadrid y políticamente es comunista  -mi hermano me contó que una vez lo vio repartiendo propaganda de Izquierda Unida o de Comisiones Obreras por la calle-) y Mercedes -su mujer- viven en el Bajo D de mi edificio. Ese piso tiene la particularidad de ser el más pequeño de toda la Comunidad -en la que ya de por sí los pisos "normales" son auténticas "cajas de zapatos"-. Así pues, el piso de Carlos es una ratonera, por lo que, de acuerdo con los Estatutos comunitarios en relación con la Ley de Propiedad Horizontal, le corresponde una cuota del 3,1% en los gastos de la Comunidad, mientras que a los demás vecinos les corresponde una participación del 5,1%. Hasta aquí, todo normal. El caso es que, hará como unos 10 años o así, a mi madre le tocó la Presidencia rotatoria de la Comunidad. Mi madre ya estaba mayor para asumir esa función, de modo que "el marrón" recayó sobre mis espaldas (un treintaañero Licenciado en Derecho: el "pringao" ideal para hacer de Presidente comunitario); y encima, en aquella época, no teníamos administrador (el Presidente de turno tenía que encargarse absolutamente de todo: llevar la contabilidad, controlar que todos los vecinos pagaran sus cuotas a tiempo, entenderse con las empresas suministradoras de agua, gas y electricidad -cuidando que en la cuenta comunitaria hubiera siempre dinero para pagar los recibos, a riesgo, de lo contrario, de que nos cortaran el suministro-: o sea, un auténtico coñazo). Yo ya había oído -por mi madre- que Carlitos era mal pagador. Siempre andaba remiso a la hora de abonar el dinero que le correspondía para sufragar los gastos comunitarios (por ejemplo: una de sus costumbres era pagarlo todo -éso si pagaba- a final de año, en Navidades o así, sin entender que cada trimestre venía el recibo del agua, de la luz, del gas, de la señora de la limpieza: o sea, que si todo el mundo hiciera como él, nos quedaríamos "a dos velas"). Claro que yo oía todo aquello "como quien oye llover", porque no me afectaba lo más mínimo. Hasta que tuve que asumir la Presidencia de la Comunidad "de facto" (la Presidencia "de iure" correspondía a mi madre, que ni siquiera bajaba a las Juntas). En la reunión anual en la que se produjo el "traspaso de poderes" (poderes que, por cierto, recibí de Pepe-padre, el fundador y dueño del bar "La Cachimba", que por entonces aún vivía) estaba casualmente Carlitos -muy bien trajeado-, que no tiene por costumbre acudir a las Juntas. El Presidente saliente entrega las cuentas de la Comunidad al entrante, y la contabilidad se somete al voto de ratificación de los vecinos. Al entregarme Pepe las cuentas, advierto que Carlos no ha pagado aún absolutamente nada: ni las cuotas mensuales ni las derramas por obras ni nada. "Mal empezamos -me dije-". Le pido a Pepe que me explique por qué Carlos no  ha pagado (el resto de los vecinos está completamente al día en sus pagos); él empieza a remolonear e irse por las ramas (Carlos es uno de los mejores clientes de su bar: de hecho, siempre se le ve con su mujer recorriendo, por las tardes/noches, todos los bares del barrio; es su peculiar entretenimiento -otros se dedican a morder esquinas...-). Mi cabreo va aumentando, hasta que, en un momento dado, exclamo a voz en grito: "¡Pepe!: ¿cuánto debe exactamente Carlos a la Comunidad?. Pepe baja la cabeza abrumado y me contesta, mirando al suelo: "todo". Mi mala leche alcanza su más alto extremo. Me vuelvo hacia Carlitos pidiéndole explicaciones: el tío va y me contesta "con más morro que un oso hormiguero" que él no le debe nada a la Comunidad; que es más bien la Comunidad la que le debe dinero a él. No me lo puedo creer.

La historia es la siguiente: hace años, Carlitos, que, como he dicho, vive en un bajo que es una auténtica ratonera, decidió construir en su patio una especie de saliente techado, a modo de prolongación de su piso, como almacén o cuarto trastero para guardar cosas. Los patios son zonas comunes y las obras eran, por tanto, ilegales a todas luces (con el agravante de que para hacerlas, Don Carlos -no el de Schiller, precisamente-, no se había molestado en pedir la autorización de la Comunidad). Hubo un follón del demonio, aunque al final se llegó a un acuerdo que era una transacción: los vecinos consentían en que Carlos conservara el "chiringuito" que se había constuído en su patio a cambio de que él contribuyera a los gastos de la Comunidad en igualdad de condiciones con los demás (en lugar de su cuota estatutaria del 3,1, pasar al 5,1). Ahí quedó la cosa. Carlitos, mal que bien -más mal que bien, todo hay que decirlo- fue pagando. Hasta que la Presidencia le tocó a mi madre. "Charly" consideraba que había llegado el momento de volver al "statu quo" anterior, aprovechando malévolamente -hay que ser cabrón...- que la nueva Presidenta era una vieja que ya estaba "un poco p´allá". Sin embargo, nuestro amigo no había contado con que el verdadero Presidente iba a ser el hijo de la vieja, un tipo cabezota y con muy mala hostia que no estaba en absoluto dispuesto a permitir la artera maniobra de "Charly". Menudo hijoputa: quería romper unilateralmente el trato de años atrás y volver a su cuota de 3,1 -escaqueándose por su cara bonita del 5,1 que en justicia le correspondía-. "Menudo COMUNISTA está hecho éste -pensé yo-, que no paga ni lo que debe a su COMUNIDAD de vecinos". A partir de ese momento "se armó el pitote padre". El caso es que Pepe, el patriarca fundador de "La Cachimba", como hábil comerciante que era, había "maquillado" las cuentas comunitarias. El "traspaso de poderes" se produjo a mediados del mes de Enero y las cuentas que me entregaba daban saldo positivo. "Stupendo" -me dije yo-. Sin embargo, durante el año anterior se habían realizado en la Comunidad unas obras de cierta consideración. El bueno de Pepe -supongo que sin malicia...- había imputado el importe de tales obras al ejercicio siguiente -en el que a mi me tocaba ser Presidente-, ignorando los fundamentos elementales de una ordenada contabilidad, uno de cuyos principios básicos es el del "devengo", que obliga a imputar los GASTOS al momento en que se realizan -el año anterior-, no al instante en que hay que proceder al PAGO -el año vigente- (es como si uno compra algo con la VISA: cuando se realiza el gasto es en el momento en que se lleva a cabo la adquisición, mientras que el pago te lo pasan por la cuenta bancaria al mes siguiente). De modo que, en realidad, las cuentas comunitarias no presentaban un saldo positivo -como yo, al principio, creía ingénuamente- sino un salvo negativo "del copón bendito": La Comunidad debía pagar en mi año de Presidencia una considerable deuda...Bueno, el caso es que, mal que bien, fuimos tirando hasta el comienzo del verano. Pero en ese momento me di cuenta de que estaban a punto de venir una serie de recibos -agua, electricidad, luz, limpieza- que no íbamos a poder atender, porque la cuenta de la Comunidad estaba más seca que el río Manzanares a finales de Agosto (una vez, al insigne literato Don Francisco de Quevedo y Villegas, le ofrecieron un vaso de agua mientras estaba catando un buen vino en una taberna de la época: "¡Que se lo den al Manzanares -dijo con desprecio-, que lo necesita más que yo!"). Se imponía, por tanto, convocar una Junta General Extraordinaria para pedir a los vecinos una derrama especial a fin de atender el pago de los recibos que se nos venían encima. Yo, con mi "ordenata", me encargué de redactar e imprimir el cartel de convotaria, cuidando de poner al final, como último punto del orden del día: "problema de la deuda del vecino del Bajo D con la Comunidad". Era un Sábado por la mañana, y bajé a colocar el cartel de convocatoria en el lugar acostumbrado: el vestíbulo del portal comunitario, junto a los buzones...y, casualmente, al lado del piso de "Charly". Luego salí a hacer la compra semanal. Al volver, el cartel de convocatoria había desaparecido. No lo dudé un momento y pulsé el timbre de la casa de Carlos; salió a atenderme su mujer, a la que pregunté: "Mercedes: ¿tú sabes quién ha quitado el cartel de convocatoria a la Junta Extraordinaria?"; "sí -respondió ella sin cortarse un pelo-: ha sido Carlos, mi marido". Yo, obviamente, ya lo sabía, pero, como buen jurista que soy, quería una certificación -aunque nada más fuese verbal- del hecho. "¿Y por qué lo ha hecho -le repliqué a Mercedes-?"; "porque se ha sentido herido en su dignidad por el tema ese que has puesto de la deuda: nosotros no tenemos ninguna deuda con la Comunidad -me dijo ella con t´ol morro-". Vale: se había declarado la guerra entre Carlitos y yo. Subí a casa, encendí mi ordenador, busqué el documento de convocatoria a la Junta que tenía archivado e imprimí unos 10 ó 12 ejemplares, que coloqué en todas partes: en el vestíbulo, junto a los buzones -su sitio natural-; en el espejo del susodicho vestíbulo; en la puerta de entrada a los cuartos trasteros; en el bajo, junto al interruptor de la luz; en todas y cada una de las plantas del edificio; en las paredes anejas escaleras y, para remate, pegué con "celo" el último cartel que me quedaba en la mismísima puerta del Bajo D, el piso de Carlos. "¿No quieres caldo: pues toma taza y media?" -me dije yo- (en este caso, unas 10 ó 12 tazas...). Luego salí a tomar mi habitual Martini rojo del aperitivo de los Sábados y Domingos antes de la comida. Al volver a casa me quedé estupefacto: todos y cada uno de los carteles habían sido arrancados. Está bien: "aquí se está preparando una buena batalla" -me dije-.

Subí a casa, comí, dormí un rato la siesta, me duché y cené. Había quedado con Jose y otro amigo -Javi- para irnos de farra sabatina nocturna. Javi era el que iba a llevar su coche, pasando primero a recoger a Jose y viniendo luego a buscarme a mi. Serían algo así como las 11 de la noche y bajé a la calle a esperar a que llegaran Jose y Javi en el coche de éste. Sin embargo, mientras los esperaba, pensé en los carteles arrancados y se me subió la sangre a la cabeza (yo es que soy un poco "bronca", qué le vamos a hacer). Sabía que Carlitos y Mercedes eran mucho "de bares"; no tenían dinero para pagar sus deudas comunitarias, pero desde luego les sobraba para vino y cerveza (¡mira que me jode éso!: el deber es antes que el placer; tal es mi opinión). Intuí que a aquellas horas la pareja estaría ya de recogida y, ¿dónde solían acabar su habitual "ronda barística"?: En "La Cachimba" precisamente, "el bar de la esquina", que yo tenía allí mismo, a pocos metros de distancia. No lo dudé: calculé que Javi y Jose tardarían aún unos minutos en llegar y decidí aprovecharlos bien aprovechados. Me dirigí directamente a "La Cachimba" con cara de muy mala hostia: a la entrada, el dueño y patriarca Pepe estaba tomando el fresco, e intentó detenerme: "Miguel, por favor..." -me suplicó-. Pero yo estaba "como una moto" y creo que ni oí su ruego. Entré en el bar y ¡bingo!: allí estaban -como  yo suponia- Carlitos y su mujer trasegando su vino o su cerveza (o lo que coño fuera) con un par de parejas compañeras de "tapeo". Me dirigí directamente hacia Carlos y le dije: "Oye: ¿tú por qué has arrancado los carteles de convocatoria a la Junta que yo coloqué?"; "porque me ha salido de los cojones" -me contestó el tío con todo su descaro-. Entonces, ya, yo estallé como una bomba, y le eché una bronca monumental a gritos, que incluía todo tipo de lindezas, cual Júpiter o Zeus tronante. Al terminar mi arenga, "Charly", con hipócrita sonrisa (la misma que se dibujaba en la cara de su mujer), me dijo, muy tranquilo: "Oye chaval, tú te estás buscando un par de buenos cachetes"; "¡venga -repliqué yo-: aquí tienes mi careto; atrévete a dármelos, si tantos cojones tienes!". Carlos, como ya he dicho, es un tipo fuerte, corpulento y musculoso (yo soy más bien endeble muscularmente hablando): una hostia suya podría mandarme directamente a Madagascar o a la Antártida... Pero Carlos comprendió que yo estaba muy alterado y, haciendo gala de madurez, no abusó de su fuerza física (lo cual le honra, todo hay que decirlo, porque yo le había dado con mi arenga motivos bastantes para darle el pretexto de pegarme una buena leche). "Mira, chico, déjame en paz, anda" -se limitó a decirme-; "¿en paz -insistí yo como una furia infernal-: mañana voy a volver a poner los carteles y como los quites otra vez, me dirijo directamente a la Comisaría más cercana y te meto una denuncia que te vas a cagar por la pata abajo"; "es más -continué ya como una locomotora de tren que ha descarrilado y sigue corriendo, desbocada, fuera de la vía-: ni voy a poner cartel alguno ni voy a esperar a que tú lo quites: mañana voy a denunciarte a la Comisaría de Campamento, sin más". Él me miró como si me perdonara la vida y se limitó a decirle a su gente que ya era hora de retirarse. Ellos salieron primero y yo después. Al abandonar el bar, Pepe, el patriarca, se limitó a apretarme suavemente el brazo con gesto de comprensión. Volví frente a mi portal. Ya estaban allí Javi y Jose; Javi me preguntó que dónde estaba, que habían llamado al timbre de mi casa y no me encontraban, que por qué había tardado tanto...No obstante, al ver mi cara desencajada, me preguntó finalmente -ya debería haber empezado por ahí- que qué me había pasado; mientras íbamos hacia el centro de la ciudad en su coche, aproveché para desahogarme con mis amigos (los amigos están para éso, ¿no?, para eschucar y aguantar las neuras de sus colegas, supongo).

Bueno, pues "dicho y hecho": el Domingo por la mañana, tras levantarme y asearme, sin desayunar siquiera, me dirigí a la Comisaría más cercana a mi domicilio, la de Campamento, donde interpuse una denuncia contra Carlos por un delito de coacciones (que el Código Penal define, en su vertiente "negativa", como "impedir a alguien hacer lo que quiere y tiene derecho a llevar a cabo" -o algo por el estilo: no lo tengo delante, sorry...-). O sea, impedirme a mi, como Presidente "de facto" de mi Comunidad de vecinos realizar algo a lo que tenía perfecto derecho -y obligación, incluso-: convocar una Junta Extraordinaria. El "madero" que me tomó declaración me miraba con expresión escéptica y cansina, como diciendo: "otro puñetero follón de Comunidad de Vecinos: nada nuevo bajo el sol...". Debe ser duro ser "poli" en una espléndida mañana de domingo, cuando a uno le toca trabajar y, encima, aguantar el rollo patatero de fanáticos idealistas como yo, que reclaman Justicia a toda costa, aunque se hunda el mundo -"fiat iustitia et pereat mundo", dice el adagio latino- (creo que el tío hasta bostezó alguna vez y todo, mientras ponía por escrito mi diatriba). Sin embargo, debo reconocer que a mi la "vía penal" me importaba un carajo y, en realidad, no era más que una maniobra de distracción en mi estrategia contra Carlitos. De hecho desembocó en un juicio rápido en el que la Magistrada no se anduvo por las ramas y empezó la vista oral preguntándole directamente a Carlos (que asistía al acto muy trajeado y "repeinao"): "¿Por qué arrancó usted los carteles de convocatoria a la Junta?". Nótese el matiz; su interrogación no fue "¿Arrancó Vd. los carteles....?": La Jueza, obviamente, daba por hecho que los había arrancado. El cabrón contestó con cara de inocente: "yo de ese asunto no sé nada". "Otro puñetero lío de Comunidad de Vecinos", pensaría también seguramente la Jueza, que acto seguido se dirigió a mi: "¿Realmente quiere Vd. que se condene a este señor?" -me espetó-. Yo contesté: "Mire señora Jueza, yo no quiero hacerle a ese señor ningún daño; solo pretendo `pararle los pies´, intento que entienda que no se puede ir por la vida de prepotente, haciendo lo que a uno le da la gana. Ese era el verdadero propósito de mi denuncia, que estoy dispuesto a retirar ahora mismo si ese caballero reconoce públicamente ante Su Señoría su desafuero, me pide disculpas y promete no volver a hacerlo". La Jueza miró a Carlos, pero él ni pestañeó: no estaba dispuesto a reconocer culpa alguna, ni a pedirme disculpas ni a hacer propósito de enmienda. La Magistrada zanjó el asunto como era de ley hacerlo, dictando verbalmente sentencia en la que se absolvía al denunciado por falta de pruebas -aunque estoy seguro de que tenía la convicción moral de que Carlos era culpable- (yo no aporté ningún testigo ni nada por el estilo; quizá nadie vio siquiera cómo Carlos arrancaba los carteles: yo estaba en manos de él, y solo el reconocimiento de su falta "de motu propio" hubiera podido operar como prueba de cargo). Él, claro, en su prepotencia, no podía dejar que yo manchara su estimada "honorabilidad" -casi me da risa aplicarle esta cualidad-, y menos ante un Juzgado, pese a que yo me había mostrado dispuesto a retirar la denuncia -lo cual implicaba su absolución- si reconocía su culpa. Cuando el juicio terminó, nos levantamos y salimos de la sala. Entonces se me volvió a subir la sangre a la cabeza (a lo mejor, contra mi convicción de que creo ser un buen chico, en realidad soy un "pendenciero" de la hostia...), me acerqué a Carlitos, lo cogí por un brazo y le espeté a la cara: "¡Así que ése es tu tan apreciado honor, cabrón mentiroso!: ya que presumes de tener tantos güevos, ¿por qué no te atreviste a decir la verdad ahí dentro, cobarde de mierda?". Visto que la cosa se estaba calentando más de la cuenta, su abogada tuvo que separarnos, por si acaso...

No obstante, repito que a mi la "vía penal" me importaba un güevo: haber demostrado a chulito de "Charly" que había alguien dispuesto a enfrentarse a él y pararle los pies me era suficiente (aunque en el juicio hubiera sido absuelto: algo irrelevante, porque no odiaba tanto a Carlos como para querer verlo entre rejas). Lo que a mi me interesaba realmente era la "vía civil": o sea, que Carlitos pagara religiosamente lo que debía a la Comunidad y, sobre todo, que un Juez emitiera una sentencia en la que declarase que, en virtud del acuerdo alcanzado con los demás vecinos años atrás, debía en adelante pagar una cuota del 5,1%, aunque los Estatutos comunitarios le adjudicaran una cuota de solamente el 3,1%. Ahí estaba el "quid" de la cuestión. Así que, ni corto ni perezoso, me dirigí al Colegio de Abogados a fin de obtener una habilitación para defender a mi madre en el proceso civil que pensaba entablar contra Carlos (los Licenciados en Derecho, aunque no ejerzan como Abogados -como es mi caso: yo soy funcionario-, gozan del privilegio de poder actuar como tales en juicio, sea en defensa propia o de familares hasta el 2º grado -previo pago de unas tasas, claro-). Interpuse la demanda en cuestión y se celebró el juicio. O más bien, la "parodia de juicio", porque aquello fue una auténtica payasada. La Ley dice que la vista oral de los juicios tiene que celebrarse necesariamente en presencia del Juez o Magistrado y en un local adecuado. Al subir al Juzgado -que creo recordar que estaba en la Gran Vía-, nos pasaron directamente a las oficinas. Yo iba acompañado de mi madre y de un vecino llamado Ángel, que era justamente el Presidente de la Comunidad cuando lo del lío por el "chiringuito" que Carlos había montado en su patio. Ángel estaba ya bastante mayor, pero su ayuda me resultó de un valor inestimable: me explicó bien todos los entresijos del asunto, me indicó la fecha aproximada del acta de la reunión en que se llegó al acuerdo que zanjó el problema (lo que me facilitó localizarla y fotocopiarla en el Libro de Actas de la Comunidad, como prueba) y, sobre todo, pese a su avanzada edad, fue el único de todos los vecinos que estuvo dispuesto a "mojarse el culo" y dar la cara (los demás, todos unos caguetas: en las Juntas mucho "que sí, que sí, que hay que pararle los pies a Carlos, que lo estás haciendo muy bien, chaval"; pero, a la hora de la verdad, cuando les comuniqué el día y la hora en que se iba a celebrar el juicio -pidiéndoles implícitamente que acudieran como testigos-, todos bajaron la cabeza, se miraron las uñas de las manos, silbaron mirando al techo o dieron las excusas más peregrinas para no acudir: lo que yo digo, todos unos malditos cagones de mierda); Ángel, en cambio, era un hombre valiente, recto y honesto, probablemente otro idealista fanático de la Verdad y de la Justicia -como quien suscribe-. Bueno: el caso es que estábamos en las oficinas del Juzgado. Yo esperaba que nos pasaran a la Sala de vistas, donde la Magistrada -al parecer era una mujer- escucharía mis alegaciones como demandante y las de la abogada de Carlos como demandado (una chica relativamente joven que, al parecer trabajaba para Comisiones Obreras y a la que probablemente Carlos habría conocido en sus devaneos de "comunista que ni siquiera paga la comunidad"), tomaría tranquilamente declaración a mi madre y a Ángel. Incluso cometi la enorme ingenuidad de preguntarle a una empleada del Juzgado si se necesitaba toga para actuar como Abogado en el juicio, interrogación a la que ella contestó haciendo un gesto negativode con la cabeza, mientras en su cara se dibujaba una sonrisa irónica cuyo significado no entendí al principio. Pronto lo entendería: De repente, aparece un Oficial del Juzgado, apresurado y con cara de pocos amigos, trayendo el expediente del proceso; lo coloca sobre la mesa de una Auxiliar y da por iniciado el juicio, mientras las cinco personas interesadas permanecíamos de pie ante la mesa en cuestión. Ni presencia de la Magistrada, ni Sala de vistas, ni nada de nada. Una auténtica vergüenza, vamos (¡Cómo está la Justicia en este país, Señor...!). Yo muestro mi extrañeza ante aquella parodia, pero el Oficial me ataja rápidamente diciendo que el Juzgado tiene mucho trabajo y la Magistrada y la Sala de vistas están reservadas para los casos más importantes, mientras que nuestro asunto es una "nimiedad". Protesto: "¡será una nimiedad para usted -exclamo-, pero para nosotros es muy importante!". El Oficial me mira con cara de cabreo, como diciendo: "¡anda, qué se habrá creído el `pijotero´ éste...!.". Desde ese momento, el mal rollo entre el Oficial y yo es patente. "Mal asunto -pienso-: me temo que tenemos medio juicio perdido, considerando la importancia e influencia que este tipo parece tener en el caso". Paso a exponer mi alegato; el Oficial le dicta a la Auxiliar lo que tiene que poner en el acta y lo hace tan telegráficamente que buena parte del sentido de mis alegaciones se pierde; por más que protesto, el tío desestima todas mis quejas. Cuando me toca preguntar a Carlos y a su Abogada, el Oficial desestima la mayor parte de mis preguntas por considerarlas "improcedentes". En cambio, cuando la Abogada de Carlos pregunta a mi madre y a Ángel cuestiones bastante complejas para dos personas mayores, para cuya respuesta se requiere consultar datos (fechas, cifras, etc...) y el asesoramiento del Letrado, el Oficial ése de los cojones no pone reparo alguno; intento cortar el interrogatorio, comprendiendo que es una encerrona que la Abogada de Carlos ha preparado a dos personas viejas a las que empieza a fallar la memoria y tienen dificultades de expresión por su escasa cultura. Protesto de nuevo ante el Oficial argumentando que está impidiendo mi labor de asesoramiento de mis defendidos, e intentando hacerle ver que a dos personas de las condiciones de mi madre y Ángel no debería estar permitido hacerles ese tipo de preguntas. El tipo contesta con tono sarcástico: "a lo mejor se les están haciendo`ese tipo de preguntas´ PRECISAMENTE porque son dos personas mayores con mala memoria, ¿entiende lo que le quiero decir?". "¡Claro que te entiendo, hijoputa -pienso para mí-: lo que no comprendo es por qué tú dejas a la Abogada del demandado las manos libres para que toree a mis defendidos y les tienda una trampa tan rastrera!". El juicio termina. Cuando el Oficial de las narices (para mí que este tío debe tener úlcera de estómago o algo así) me presenta el acta del juicio para que la firme, me encaro con él y le digo: "Quiero que conste formalmente en acta mi protesta por la forma vergonzosa en que se ha celebrado esta parodia de juicio, por la falta de presencia de la Magistrada, por las condiciones en que hemos tenido que estar los interesados -ni una silla, nos han ofrecido: ni siquiera a mi madre ni a Ángel, pese a la avanzada edad de ambos-, por la encerrona que la Abogada de la parte contraria ha preparado a mis defendidos con la anuencia de Vd., y por haberse impedido mi función de ejercer el derecho de defensa de las dos personas a las que represento". El tipo se queda boquiabierto, abandona un momento las oficinas y vuelve al poco rato, diciéndole a la Auxiliar (probablemente tras consultarlo con la Magistrada) que haga constar en acta mi protesta. Se acabó la historia; ahora solo queda esperar a la sentencia, pero la cosa me huele mal, muy mal. Mientras abandonamos el Juzgado y nos dirigimos a la calle, no puedo evitar que me de una nueva "venada" y empiezo a "darle caña" otra vez a Carlitos (repito: ¿tras mi faz de niño bueno no se esconderá en realidad un "camorrista" al que le gusta más la pelea que a un tonto una tiza?). Su Abogada nos tiene que separar de nuevo para que la sangre no llegue al río, porque estamos enganchados por la cornamentea como dos ciervos peleando en tiempo de "berrea" para ver cuál monta a la hembra...

Poco tiempo después, me encuentro en el buzón un aviso de correos comunicándome que allí tienen depositada una comunicación dirigida a mi sobre la notificación de la sentencia de un Juzgado. Vuelo a recoger el aviso. Efectivamente, la Magistrada ha dictado ya sentencia -ha sido rápida, la tía- y se me comunica que la resolución judicial está a mi disposición en el Juzgado. Inmediatamente cojo el coche y me dirijo a la sede judicial a toda pastilla. Subo a las oficinas, recojo la sentencia previa firma del acuse de recibo y, sin poder esperar más -tanta es mi ansiedad por conocer el contenido-, me siento en la sala de espera y abro el sobre. Al leer la sentencia en cuestión no puedo dar crédito a lo que veo: "¡Pero si hemos ganado, joder: hemos ganado!" -me grito interiormente a mí mismo con alborozo incontenible, como si no acabara de asimilarlo-. La Magistrada ha dado preferencia al fondo sobre la forma. Me explico: ella podía haber "escurrido hábilmente  el bulto" basándose simplemente en la de la Ley de Propiedad Horizontal, según la cual, la cuota con que corresponde a cada vecino contribuír a los gastos comunitarios ha de ser proporcional a la superficie de su vivienda. Sin embargo, esa Jueza inteligente ha comprendido perfectamente que, sobre la pura literalidad de la ley, ha de prevalecer la Justicia -con mayúscula-, de modo que el pacto privado que en su momento Carlitos suscribió con los vecinos es lo que vale: tiene que contribuír a los gastos de la Comunidad en igualdad de condiciones con el resto de los vecinos. Hay Jueces/as que aún entienden el Derecho en su sentido verdadero, como método de realización del ideal de la Justicia (la Magistrada en cuestión puede que sea otra "fanática" idealista, como Ángel, como yo mismo -en qué mundo de mierda viviríamos si no hubiera gente idealista, ché, pibe...-).

Cojo mi maravilloso -aunque modesto- Peugeot 205 para volver a casa. Casualmente (si es que existen las casualidades...), Carlitos ha ido a recoger más o menos a la misma hora que yo la notificación de la sentencia, acompañado de Mercedes, su mujer. De nuevo por casualidad (aunque yo intuyo que es cosa de éso que llamamos Destino), ellos van en su automóvil detrás de mí. Yo estoy exultante: mi primera experiencia como Abogado ha sido un éxito total y completo (he ganado un juicio muy difícil de ganar, a base de mucho trabajo y mucho esfuerzo, pese a las rastreras artimañas de Carlitos y su abogada..); no quepo en mi de alegría (si alguna vez pierdo mi trabajo como funcionario del Estado, creo que podría ganarme bien la vida como Abogado: en mi primera e imprevista actuación como tal he conseguido ganar un juicio que se presentaba bastante difíl de ganar -no está nada mal-...). Pero observo por el retrovisor de mi coche que Carlos y su mujer tienen "cara de circunstancias";  Obviamente no se esperaban esa sentencia y por supuesto que no les ha gustado nada...Los muy cabrones se dedican a provocarme: se acercan demasiado a mi coche, sin mantener la debida distancia de seguridad y, en un momento dado, me adelantan por la derecha haciendo sonar el claxon como posesos. "Ajo y agua, Charly and company -me digo sin perder la calma-: has perdido, socio; la vida tiene esas cosas...").

Después de este incidente que he relatado, Carlitos ha pagado religiosa y puntualmente su cuota comunitaria, así como las derramas para obras: era lo que yo quería, precisamente. Paradojas de la vida, poco después de la sentencia, Carlos sufrió un infarto de miocardio -sorry...- a consecuencia del cual la Seguridad Social le concedió la incapacidad laboral absoluta: que lo pre-jubiló, vaya. No pretendo decir que entre mi actuación de "pararle los pies" al chulito de mierda ése y su desgraciado incidente cardio-vascular hubiera una relación directa causa-efecto. Pero he leído que muchos prestigiosos cardiólogos sostienen que el "stress" y los disgustos son un elemento decisivo en buena parte de las enfermedades cardio-vasculares...

Lógicamente, Carlos me retiró el saludo: cuando nos encontrábamos en el portal de nuestro edificio -o en cualquier parte-, miraba para otro lado como si yo no existiera. Sin embargo, Mercedes, su mujer, se lo tomó mucho peor, y cada vez que me veía, lanzaba sobre mí una mirada de "odio africano", como si yo fuese el mismísmo diablo en persona (si las convenciones sociales no lo hubieran impedido, estoy seguro de que me hubiera matado -en el sentido literal del término-). El tiempo fue pasando y las cosas cambiaron un poco. Con quien primero me reconcilié fue con uno de sus hijos, también Licenciado en Derecho, quien, al principio, no sabía como tratarme: cuando nos encontrábamos dudaba, no sabía si decirme algo o no decirme nada; al final, como buen jurista, comprendió que yo tenía razón en el asunto de su padre y comenzó a responder a mi saludo cuando nos veíamos: contra él yo no tenía nada. Paradójicamente, la siguiente en responder a mi intento de reconciliación fue Mercedes, la mujer de Carlos (yo no tenía nada contra ninguno de los dos: hubiera actuado igual frente a cualquier moroso de la Comunidad; no era una cuestión personal, sino de Justicia -de la cual soy un "fanático" idealista, ya digo-). Ella empezó también a contestar a mis saludos. El último en volver a la senda de la normalidad fue Carlitos, profundamente resentido -su enfermedad psico/somática lo demuestra claramente- con ese yogurín gilipollitas que le había plantado cara; pero finalmente acabó "entrando por el aro", comprendiendo que él no tenía razón y...¡respondiendo también a mis saludos!. Han pasado muchos años: ahora tengo a Carlos y Mercedes ahí mismo, en la barra, a pocos metros de mí. Merche no ha tenido suerte -o quizá sí-: debió sufrir un cáncer, porque durante una época se la vió con mala cara, calva, como quien está siendo sometido a un tratamiento de quimioterapia; calvicie que ella intentaba disimular poniéndose una peluca. Pero, finalmente, Mercedes, a Dios gracias, triunfó sobre su enfermedad: le ha vuelto a crecer el pelo natural y se la ve como a una rosa. Me imagino que lo suyo sería un cáncer periférico, probablemente de mama, de ésos que tienen unas altas probabilidades de curación. Enhorabuena, Merche: a pesar de todos los pesares, me alegro de que hayas superado esa inquietante y terrible enfermedad. Y a tí tambien, "Charly", cielo: me alegro de que tu ataque al corazón no fuese mortal y de que hayas sobrevivido a él; ya te digo: yo no tenía nada personal contra tí, amor, pero no podía permitir que un "chuleta" hiciera lo que le diera la real gana riéndose de una Comunidad de vecinos de la que yo era Presidente "de facto" (¡pues menudo soy yo, Carlitos, ya lo has comprobado en tus mismas carnes...!).

Continúa el descanso el Riazor y sigo paseando mi mirada distraídamente por el ámbito del bar, mientras chupeteo mi interminable cigarrillo y me deleito con la copa de Bayleys. A mi derecha hay otra mesa con una pareja. Ella es una cincuentaañera de buen ver, todavía, que se conserva estupendamente: está sentada de cara a mi; a él no lo veo, porque entre nosotros dos hay una gruesa columna que impide que nos veamos. De pronto reparo en que la tía se me queda mirando fijamente, no entiendo muy bien por qué (¿tendré monos en la cara o qué?). Decido sostenerle la mirada sin parpadear, como los "tipos duros" a lo Humprey Bogart, a ver qué pasa o de qué va la tía. Ella hace exactamente lo mismo. Pasan unos segundos interminables de "alta tensión", que se resuelven cuando ella baja la mirada sonriendo, un poco "embarazada" -en el bueno sentido del término: entiéndaseme-. Bueno, pues nada, yo sigo a lo mío, que es mi cigarrito y mi Bayleys. Pero la tía vuelve a mirarme fijamente de nuevo. Comprendo que para ella esto es una especie de diversión o un juego (el anodino de su marido, que no se entera de nada, no debe ser muy entretenido que digamos). Así que decido seguir con ella "jugando a las miraditas": le guiño un ojo, frunzo los labios como simulando un beso, saco ligeramente la lengua de la boca y hago vibrar la punta frenéticamente, en una clara alusión sexual...Ella me sigue mirando y remirando, sonriendo divertida (a lo mejor hasta se está poniendo húmeda y todo, quién sabe). Sin embargo, de repente yo me pongo serio. El jueguecito de las miradas y los gestos ha llegado hasta tal punto que casi roza el escándalo. Le hago una seña con mi barbilla acompañada de un gesto de mi mano señalando hacia su marido invisible que me tapa la columna. Ese marido aburrido y cenutrio que no se entera de que a su mujer "le va la marcha". Mi gesto silencioso significa lo siguiente: "eres una mujer casada y, por tanto, debes fidelidad a tu esposo. Déjate ya de juegos. Me encantaría darme un buen revolcón contigo, porque, pese a tu edad, estás aún pero que muy aprovechable, pero entre nosotros se interpone tu matrimonio". Ella comprende mi señal, también se pone seria y vuelve a dedicarse, con expresión resignada y abnegada al "pavisoso" de su cónyuge. Y es que yo creo en la fidelidad.

El Lunes siguiente le cuento este episodio a mi psicoanalista -un argentino cincuentaañero afincado en España desde hace bastantes años con pinta de intelectual de izquierdas- y me suelta el tío, con tono cansino:
-¡La fidelidad, che, pibe; vos siempre con la fidelidad...!.
-¡Pues sí, Carlos -que también se llama así-, le replico de forma un poco airada: la fidelidad!. Porque a mi la fidelidad me parece un valor importante en una relación de pareja. Ya sé que el amor, el afecto o como quieras llamarle a ese sentimiento que une a un hombre y una mujer no tiene por qué durar siempre eternamente; sé que en muchos casos se acaba agotando con el paso de los años y entonces se impone un cambio. Pero

"De inmortalitate anima".

"SOBRE LA INMORTALIDAD DEL ALMA".

Recientemente, en el blog de una ilustre miembro de esta honorable comunidad coctelera, la gestora de dicho blog publicó, bajo la rúbrica "mis textos ajenos", el fragmento de una obra de Paul O´Callaghan (autor que, debo reconocer modestamente, desconocía por completo hasta el momento) titulada "La muerte y la inmortalidad".

El "leit-motiv" del texto en cuestión es "la inmortalidad del alma", problema sobre el cual el autor se pronuncia favorablemente, concluyendo, tras largos razonamientos y exposiciones de las posturas de algunos filósofos sobre el tema, que el alma es inmortal.

Casualmente, esta cuestión estaba incluida en la agenda de temas a tratar en el futuro en mi otro blog, "Filosofía a martillazos", de modo que, "aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid", he decidido "coger el toro por los cuernos" y escribir un artículo al respecto en este famoso blog, "¡Que paren el mundo que yo me bajo!", que me servirá de base para el que pienso elaborar en el otro -no menos famoso...-, con lo que "mato dos pájaros de un tiro", por así decirlo.

En su momento ya inserté el pertinente comentario en el blog de la autora del blog a que me refiero en el primer párrafo, declarando mi escepticismo acerca del tema, dada mi condición de "no creyente", aunque manifestando que, pese a todo, se me ocurrían un par de argumentos mejores que todos los expuestos en el libro del respetable Mr. Paul, que desarrollaría en su momento para sosiego y solaz de la citada y entrañable bloguera, haciendo un poco como de "abogado del diablo", digamos, ya que va contra mis propias convicciones personales acerca de la cuestión.

Ha llegado el momento de hacerlo:

En su texto, el Sr. O´Callaghan defiende la inmortalidad del alma basándose en los siguientes argumentos, que paso a rebatir de forma ordenada y sistemática:

A) La inmortalidad del alma es un don que Dios le otorgó cuando la creó.

Réplica: Para empezar, está por demostrar que Dios haya creado el alma humana (como está por demostrar la existencia de Dios mismo), pero, suponiendo que Dios exista y que haya creado el alma humana ¿de dónde se deduce que ésta haya de ser "inmortal"?. Porque, igual que la creó, Dios la puede destruír a su antojo.

B) La inmortalidad del alma es una cuestión de fe, no de razón: más concretamente, de "fe cristiana".

Réplica: Completamente de acuerdo. Ya Kant demostró en su "Crítica de la Razón Pura" que las entidades metafísicas (la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, etc...) están fuera del alcance de la razón humana, que solo puede aplicarse a las realidades insertas las coordenadas del espacio y del tiempo, es decir, de las entidades físicas. D. Inmmanuel explicaba que hay que distinguir el "nohúmeno" o "cosa en sí" (lo que las cosas son real y objetivamente, más allá de cualquier punto de vista subjetivo) y el "fenómeno" (la manifestación de esas mismas cosas que nos es dado percibir). Como no podemos conocer el ámbito "nohuménico", nos vemos obligados a limitarnos única y exclusivamente al "fenoménico".

Entonces, ¿por qué ese empeño de seguir intentando, "erre que erre", demostrar racionalmente la existencia de entidades trascendentes en lugar de resignarnos al ámbito de las inmanentes?. Pues nada, no hay manera, el Sr. O´Callaghan ignora la existencia de Kant (Siglo XVlll d.c. -"que ya ha llovido..."-) y nos remonta a Platón (Siglo V a.c) y Santo Tomás de Aquino (S. Xlll d.c.). O sea, como los cangrejos: en lugar de ir hacia adelante, vamos hacia atrás. ¿Cómo se puede AVANZAR de ese modo....?.

B) Argumentos de Platón a favor de la inmortalidad del alma:

1.-Todo lo que llega a ser tiene origen en su contrario (p. ej.: lo que es frío se vuelve caliente); por ello "según el principio del eterno retorno" (!!!) la muerte debe ser el inicio de la vida; así pues, el alma es inmortal.

Réplica: ¡Menudo "cacao maravillao" arma aquí el Sr. O´Callaghan!. No he repasado en el Fedro este argumento, pero me extraña mucho que Platón haya dicho algo tan peregrino. Porque, si "todo tiene origen en su contrario", la vida -y con ella, el alma- provendría de la muerte -cuando todos sabemos que la vida proviene de la vida: los hijos de los padres, y así sucesivamente- y, según "el principio del eterno retorno" (me pregunto qué pinta "el eterno retorno en todo este asunto"), debería volver a la muerte: O sea, justamente la conclusión contraria a la que llega el autor citado.

Por otro lado, si "lo frío se vuelve caliente", nada impide que lo caliente se vuelva a enfriar (de hecho es lo que sucede habitualmente, según la experiencia cotidiana: uno calienta al microondas un vaso de leche y, como tarde mucho en bebérselo, se le vuelve a enfriar rápidamente) ; o, ¿en virtud de qué principio lo que se calienta debería mantenerse eternamente caliente?. Luego, el hecho de que la vida provenga supuestamente de la muerte no significa que no pueda volver a ella; al contrario: lo normal, con el paso del tiempo, es que retorne a la muerte. La "corriente" entre cualidades contrarias no es unidireccional, sino bidireccional: no un camino sin retorno, sino un camino de idea y vuelta.

2.-Las almas preexistían, antes de nacer, en el mundo de las Ideas (el Bien, la Belleza, la Justicia etc...), donde pudieron contemplar a éstas. Al venir al mundo, a las almas les quedó una reminiscencia de esa contemplación y de ahí que conocer (por ej., decir: "ésto es mejor que lo otro"; o "ésto es más bello que aquéllo") no sea más que recordar lo que el alma de algún modo ya sabía. Ese conocimiento demostraría que, efectivamente, el alma preexistía a su encarnación en cuerpo y, por tanto, continuará existiendo cuando se separe del cuerpo al morir.

Réplica. Esto ya parece más convincente: al menos es "coherente", lo cual ya es bastante, considerando el lío del argumento nº 1. Pero el hecho de que yo pueda valorar las cosas según grados cualitativos no significa que lo tenga que hacer necesariamente por referencia a un "patrón" trascendente como las "Ideas" del cielo empíreo: En realidad, lo hago por referencia a un "patrón" inmanente, existente DENTRO de mi propia mente, no fuera de ella. De lo contrario, todos coincidiríamos en qué es lo mejor o lo peor, lo más bello o lo más feo, lo más justo o lo más injusto...;mientras que la experiencia nos indica que, acerca de cada cualidad, las opiniones de los seres humanos son muy diversas ("sobre gustos no hay nada escrito" -dice muy bien el refrán-). Así, en materia de ética, hay personas que consideran la pena de muerte como un castigo legítimo frente a graves delitos, mientras que a otros les parece algo abominable; y, entrando en el terreno estético, está claro que no todos tenemos los mismos gustos artísticos ni nos enamoramos de la misma mujer -o del mismo hombre, según el sexo u orientación sexual de cada cual-. Más aún, yo puedo concebir mentalmente "ideas" de cosas inexistentes (ejemplo típico: el unicornio) que no he podido contemplar "antes" en ningún lado. En consecuencia, CONOCER ES DESCUBRIR algo que ignorábamos, NO RECORDAR algo que, de algún modo, ya sabíamos por haberlo contemplado antes de nacer en un lugar celestial en el que preexistíamos.

Por otro lado, suponiendo que nuestras almas hubieran preexistido en ese cielo empíreo de las Ideas antes de nacer, ¿por qué habríamos de "olvidar" esa preexistencia al nacer?. Deberíamos guardar un claro recuerdo de ella, mas allá de una vaga "reminiscencia". Y yo, personalmente, no recuerdo haber preexistido en ningún sitio antes de haber venido al mundo; mis primeros recuerdos se remontan a mi tierna infancia, una vez nacido y bien nacido. Creo que a la inmensa mayoría de las personas les pasa esto mismo. De modo que ¿dónde estábamos antes de nacer?: en ningún sitio; no existíamos; y ¿adónde iremos después de morir?: a ningún sitio; volveremos a la Nada, de la que venimos.

3.-Hay dos tipos de seres: los visibles (las cosas concretas) y los invisibles (las ideas). Los visibles mantienen siempre su propia identidad, mientras que los invisibles cambian. El alma es semejante a los seres invisibles y, por tanto, al igual que ellos, no cambiará nunca ni dejará de existir.

Réplica: Repito -como ya dije en el 2º punto- que esos "seres invisibles" (las ideas) no existen de forma separada e independiente de nosotros, sino dentro de nuestras propias mentes. Luego cambian también en la medida en que cambiamos nosotros. ¿O es que la gente, en general, tiene exactamente las mismas opiniones e ideas acerca de las cosas a los 40 años que a los 20?; ¿no notamos que, con el paso de los años y la experiencia, van cambiando nuestros puntos de vista acerca de muchas cuestiones?. No hay distinción entre seres "visibles" e "invisibles"; o, más exactamente: los "invisibles" son un producto mental de los "visibles". Luego, no cabe hacer distinción entre cuerpo y alma: ambos están inextricablemente unidos y sufren las mismas vicisitudes; ambos nacen, se desarrollan y mueren juntos. No cabe pensar en una inmortalidad del alma "separada" del cuerpo.

4.-La función del alma es la de dar vida. Pero la vida, por su propia naturaleza, no puede convertirse en su contrario, la muerte. Por tanto, el alma dura para siempre.

Réplica: De acuerdo en que la función del alma es dar vida: "animar" al cuerpo -si se prefiere decir así-. Pero ya habíamos concluído en la réplica al argumento 1º en que las cualidades -como la vida o lo caliente-, aunque provengan de sus contrarios -la muerte, lo frío-, sí pueden volver a convertirse en sus contrarios y en que, de hecho, lo normal es que así ocurra -que la vida vuelva a la muerte y que lo caliente se enfríe-. Cuando uno muere es, precisamente, porque el alma, por el motivo que sea, abdica de su función, que es la de dar vida (igual que cuando algo calentado se enfría es porque la fuente de calor ha cesado).

B) Argumentos de Santo Tomás de Aquino en favor de la inmortalidad del alma.

1.-El alma es capaz de conocer todas las cosas materiales, por lo tanto debe ser inmaterial y, en consecuencia, inmaterial -espiritual- e incorruptible, ya que, si no lo fuese, sería incapaz de conocer algunas cosas materiales.

Réplica: Santo Tomás introduce aquí un sesgo distinto -probablemente de origen aristotélico- y contradictorio con las tesis de Platón, ya que éste basaba la inmortalidad del alma en que podía conocer las cosas "inmateriales", de donde deducía que ella misma era de naturaleza inmaterial. En este caso se nos dice lo contrario: solo un ente inmaterial -el alma- es capaz de conocer todas las cosas materiales -los cuerpos-, y de esa inmaterialidad o espiritualidad se deduce su incorruptibilidad e inmortalidad. Ahora bien: la lógica nos dice que no se puede predicar de una cosa una cualidad y su contraria al mismo tiempo -es el "principio de no contradicción"-. O sea: no se puede decir de una cosa que sea a la vez blanca y negra; o es blanca, o es negra. En el mismo sentido, no se puede decir que el alma es inmaterial e inmortal porque es capaz de conocer las cosas inmateriales y afirmar al mismo tiempo su eternidad porque tiene el poder de conocer las cosas materiales: o lo es por un motivo o lo es por el otro. En consecuencia, ambos argumentos -el platónico y el aristotélico- se cancelan mutuamente por su carácter contradictorio.

2.-La corrupción y la descomposición de las cosas materiales son el resultado de condiciones contrarias. Sin embargo, el pensamiento humano, que tiene su sede en el alma, es capaz de concebir juntas condiciones contrarias sin corromperse ni descomponerse. Por tanto, el alma, sede del pensamiento, es incorruptible.

Réplica: "Concebir" mentalmente "condiciones contrarias", que son causa de la corrupción y descomposición de las cosas, no es "realizar" efectivamente esas condiciones. Mentalmente se pueden "juntar" esas condiciones sin peligro para quien lo hace, porque se trata de una simple operación anímica, no real. Ahora bien, solo cuando el sujeto lleva a la práctica real y efectivamente esa conjunción de oposiciones comprueba en sus propias carnes el efecto: que alguien sumerja la cabeza durante unos cuantos minutos en una cubeta de agua que le impida respirar (juntando un ser "aerobio" -que necesita aire- con un líquido "anaerobio" -que carece de él-), verá adónde se le va el pensamiento y el alma en que se sustenta...

3.-Los hombres desean vivir siempre y ser inmortales, pero ese deseo no se podría realizar si el alma muriese.

Réplica: Me la proporciona en propio Mr. O´Cahllaghan, al añadir a renglón seguido: "Este argumento carece de rigor" porque confunde lo subjetivo con lo objetivo. Efectivamente, "míster", no hay que confundir el deseo (lo "subjetivo") con la realidad (lo "objetivo"). El hecho de que todos deseemos ser inmortales no implica que en realidad hayamos de serlo. Sin embargo -continúa el autor-, "Tomás acepta su validez porque refleja la experiencia humana". Flojo argumento, el del "Doctor Angélico". También desearíamos todos ser guapos, ricos y famosos, lo cual no significa que lo vayamos a ser en realidad (ese privilegio solo lo obtienen unos pocos).

C) Conclusiones del propio Paul O´Callaghan.

El autor sostiene que las demostraciones de la inmortalidad del alma presentadas son "consistentes y coherentes"; que la idea de la inmortalidad radicada en el alma humana es "razonable y aceptable"; y que, en cualquier caso, vale la pena arriesgarse a creer en esa idea, porque "es un riesgo hermoso".

Réplica: Creo haber demostrado a lo largo de este artículo que las supuestas "pruebas" filosóficas de la inmortalidad del alma humana son cualquier cosa menos "consistentes y coherentes", así como que ese postulado no es ni "razonable" ni "aceptable". Otra cuestión es que uno quiera arriesgarse a CREER en esa idea porque es un "riesgo hermoso"; pero entonces ya salimos del ámbito de la RAZÓN y nos introducimos en el de la FE. Y, en cualquier caso, no constituye ningún RIESGO, porque, quien hace ese ejercicio de fe no corre con ello más peligro que el de equivocarse...

 

Pero, dicho todo lo anterior: ¿Qué es lo que pretende el Sr. O´Callaghan en su obra?; ¿alcanzar la Verdad con mayúsculas utilizando rigurosamente la razón, de tal modo que le permita afirmar: "el alma es inmortal"?; ¿o hacer un ejercicio meramente estético diciendo: sería tan BONITO que el alma fuera inmortal...?. ¡Y tanto que sería "bonito"!: Sería estupendo, quién lo duda...

Pongámonos serios ya. A estas alturas del siglo XXl, en el alba del Tercer Milenio, no creo que haya científico ni filósofo medianamente competente y respetable que pretenda que se puede "probar" sin ningún género de dudas, sea mediante experimentos de laboratorio o complicados razonamientos mentales, que el alma es inmortal.

El principal problema que se plantea a este respecto es una "cuestión previa de procedimiento", como dicen los juristas. La vida es un tipo muy especial de materia que se caracterizar por una peculiar organización y estructura, y que se conduce de acuerdo con dos principios fundamentales: el de conservación y el de reproducción; o, dicho de otra manera: sobrevivir lo más posible y hacer copias de sí misma que la vayan extendiendo paulatinamente por la faz de la Tierra. En una palabra: LA VIDA QUIERE SIEMPRE MÁS VIDA. No es extraño, por tanto, que el tipo de ser vivo que ha alcanzado la cima de la pirámide ecológica -el ser humano- haya llegado a concebir la posibilidad de a inmortalidad, no solo ya la del cuerpo -que, de por sí, sería mucho-, sino, mucho más ambiciosamente, la del alma, una entelequia inmaterial, espiritual e intangible que anima el cuerpo y supuestamente sería capaz de sobrevivir a la muerte del cuerpo en el que se asienta. La cuestión es que el ser humano, como ser vivo que es, se encuentra sujeto a la ley fundamental que rige la materia viva: "la vida quiere siempre más vida"; y, por tanto, ese aventurado juicio sobre la inmortalidad del alma que pretende justificar con razones supuestamente lógicas estuviera mediatizado por sus deseos, anhelos y temores. Sin embargo, según una regla básica que campea en el anodino y prosaico Derecho -pero llena de sentido común-, NADIE PUEDE SER JUEZ Y PARTE A LA VEZ. De modo que el ser humano está radicalmente inhabilitado desde un principio para emitir juicio alguno sobre la cuestión de la inmortalidad del alma, porque no puede ser imparcial y objetivo al respecto, ya que "en ello le va su propio ser" (Heidegger).

Ya Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, observó que, a pesar de todas las evidencias en contra que la conciencia del ser humano opone a la inmortalidad (todos sabemos que, tarde o temprano, vamos a morir...), el inconsciente SE CREE INMORTAL. Y es que la parte consciente del ser humano, que emerge como una pequeña isla luminosa sobre el oscuro y tenebroso mar del inconsciente, se rige por la RAZÓN y por el PRINCIPIO DE REALIDAD; mientras que el inconsciente, ese inmenso océano al que descendemos cada noche cuando, mientras dormimos, soñamos, se rige por el DESEO y por el PRINCIPIO DEL PLACER. Por tanto, sobre todo razonamiento humano consciente pende, como una "espada de Damocles", la eterna sospecha de si no estará condicionado y mediatizado por el inconsciente en el que se sustenta. 

Dicho lo anterior, y apelando de nuevo al viejo Kant (véase arriba, réplica al argumento B. del Sr. O´Callaghan), la cuestión de la inmortalidad del alma parece definitivamente zanjada, en el sentido de que no puede resolverse racionalmente y ha de quedar relegada al ámbito de la fe religiosa o de las convicciones personales de cada cual ("que cada uno crea lo que le parezca", podríamos decir).

Y en ésas estaba yo hasta que, un buen día, no sé si inspirado por las musas o por mi naturaleza de ser vivo que, "erre que erre", quiere, a toda costa, "más vida", se me ocurrieron dos ideas que creo pueden reabrir el debate sobre la existencia e inmortalidad del alma con ventaja sobre los débiles argumentos de los Platón o los Santo Tomás de Aquino -dicho sea con toda la modestia del mundo-:

PRIMERA.-Hablando un buen día distentidamente con el informático de mi trabajo, un tipo muy "friki" -como la mayoría de los informáticos-, pero que de informática sabe un montón y, además, es aficionado a la "ciencia ficción" , además de ser escéptico en materia religiosa -como yo-, le planteé la siguiente cuestión:

-"Oye Casto -que así se llama el chico-. Supongamos que tú, aprovechando todos los avances en materia de informática y de robótica actualmente existentes o futuros, "construyes" un ser idéntico a una persona humana, aunque con materiales sintéticos, no biológicos. Digamos que lo dotas de un cerebro con todas las redes y conexiones neuronales de un hombre medio; de un esqueleto que sustente su cuerpo, con sus pertinentes huesos y articulaciones; de unos músculos adecuados; de un sistema digestivo, respiratorio y cardiovascular; de un sistema nervioso que lleve los impulsos eléctricos cerebrales a todas las partes de su cuerpo. Luego lo dotas de todos los sentidos necesarios: un par de excelentes cámaras de alta resolución como ojos, otro par de audífonos de alta fidelidad como oídos, receptores olfativos en la nariz y receptores gustativos en la lengua. Después recubres todo el conjunto de una capa de silicona perfectamente moldeada de modo que su aspecto sea igual que el de una persona -incluyendo los receptores táctiles adecuados repartidos por toda esa piel-; lo dotas incluso de cabello, para que el parecido sea mayor. A continuación -y aquí viene la parte más difícil-programas su cerebro exactamente igual que el de un ser humano, de modo que huya de todo lo que tienda a menoscabarlo o destruírlo y, en cambio, sienta atracción y apego hacia todo lo que tienda a conservarlo, alimentarlo y reforzarlo; ponle la guinda de modo que pueda escuchar, comprender y hablar, empleando los avances punteros en inteligencia artificial...De ese ser exactamente igual a un hombre ¿se podría decir que es una PERSONA?".

Mi compañero dudó largamente, miró a las paredes, al techo y al suelo mientras reflexionaba, hasta que finalmente me contestó con tono inseguro:

-"Pues, francamente...creo que no".

-"¿Por qué no -inquirí yo-, si es idéntico en todos sus componentes a un ser humano?.

-"Porque le faltaría...le faltaría....ALGO..." -respondió él-.

-"¿Y qué es exactamente lo que le faltaría?" -le apreté yo las tuercas-.

-(.....)

-"¡Atrévete a decir lo que estás pensando, Casto!; ¡atrévete o lo diré yo por tí!" -le espeté, poniéndolo entre la espada y la pared-.

-"¡ALMA!, ¡ESPÍRITU!, Casto -exclamé, sin poder contenerme-: Éso es exactamente lo que le faltaría...".

Mi compañero quedó perplejo, casi tanto como yo, que había sido el iniciador del juego.

"El ejemplo no vale -oigo ya decir a algún crítico-, porque esa especie de `androide perfecto´ no estaría hecho de materia biológica, sino de materiales sintéticos: por éso no puede ser `persona´". "Pues el ejemplo vale perfectamente -replicaría yo-, porque es cierto que la materia biológica se basa en el carbono, pero, ¿por qué debería gozar un elemento como el carbono del privilegio de ser el único material a partir del cual formar materia biológica?. De hecho, hay científicos de reconocida autoridad y prestigio -el inolvidable y entrañable Carl Sagan, por ejemplo- que sostienen que la vida sobre la Tierra se ha originado a partir del carbono porque, dadas las condiciones ambientales de nuestro planeta, este elemento era el más adecuado para servir de asiento a la vida, pero es posible que, en otros mundos, con condiciones ambientales muy diferentes, pueda existir vida basada en otros elementos más adecuados a esos entornos, como el silicio, por ejemplo. En definitiva, que la vida no se caracteriza por estar "hecha" de un determinado elemento químico específico -como el carbono-, sino por la forma en que están estructurados y organizados los elementos químicos que la componen, sean cuales sean esos elementos".

De modo que ese ser que mentalmente habíamos construído mi compañero Casto y yo carecía de la cualidad de PERSONA, no porque estuviera hecho de un determinado material u otro, sino porque le faltaba algo etéreo, misterioso, intangible, casi innombrable, algo de naturaleza "espiritual" que podría denominarse....ALMA. ¡Menuda sorpresa para dos descreídos como nosotros...!.

SEGUNDA.-Todos estamos acostumbrados a decir de la manera más natural y espontánea, sin darle la mayor importancia: "mis piés", "mis piernas", "mis manos", "mis brazos", siendo capaces de designar cualquier parte de nuestro cuerpo físico como perteneciente a "algo" distinto de lo físico y material. Porque, ¿QUÉ O QUIÉN es ese misterios "MI" al que se atribuye la "propiedad" de todas esas partes?; ¿QUÉ O QUIÉN es ese ignoto ALGO que sintetiza las diversas partes del cuerpo en una CONCIENCIA DE UNIDAD, como si esas partes le pertenecieran pero fueran algo DISTINTO de "ÉL"?; ¿será...EL ALMA, quizá?. En realidad, al hablar de nosotros mismos, estamos distinguiendo constantemente, sin darnos cuenta, entre CUERPO Y ALMA, al referirnos a las diversas partes de nuestro cuerpo como algo DIFERENTE a NOSOTROS mismos.

Más aún: Incluso en en el plano espiritual somos capaces de decir "MI ALMA" (por ejemplo: "me duele el alma". Pero, ¿DE QUIÉN es ese alma?, ¿quién es ese MI al que pertenece el alma?. Podríamos decir "de mi YO", pero volvemos a lo mismo: ¿quién es ese MI al que pertenece el "yo"?. Ese MI puede que sea el ALMA en su sentido mas profundo: esa fuerza vital que "anima" mi cuerpo para que funcione (para que lata el corazón, p. ej.), esa CONCIENCIA  que me da un sentido unidad e identidad. ¿Qué se hace de esa FUERZA y de esa CONCIENCIA cuando el cuerpo muere?; ¿se esfuma la primera en el aire igual que se corrompe el cuerpo?; ¿se disgrega la segunda?. Pero si podemos "tomar distancia" respecto de nuestro cuerpo e, incluso, respecto de nuestra alma y de nuestro yo, ¿QUIÉN es ése que "toma distancia"?: tiene que ser algo distinto al cuerpo e incluso distinto de esa forma superior de materia que el cuerpo genera, se basa en él y sufre sus vicisitudes, y que llamamos alma o espíritu...: Un ALMA MÁS PROFUNDA que el "alma" misma que ME pertenece.

Con estos dos argumentos que acabo de exponer no pretendo demostrar que el alma sea inmortal. Solamente creo haber demostrado que se puede diferenciar conceptualmente entre cuerpo y alma como entidades DISTINTAS y, por tanto, de naturaleza DIVERSA. Ahora bien, si esas dos entidades son DIFERENTES, aunque estén inextricablemente unidas, ¿no podría ser que esa unión fuera meramente accidental y no necesaria?; ¿no podría ser que cada una haya podido tener un origen diferente y pueda tener un destino también diferente?; ¿no podría ocurrir, por tanto, que, al perecer el cuerpo, el alma, cuya naturaleza es distinta, pueda sobrevivir separada de él (igual que, cuando un automóvil deviene inservible, su conductor pueda perfectamente salir de él y continuar su vida sin mayores problemas)?.

 

Personalmente, sigo siendo escéptico respecto a la posibilidad de que el alma sea inmortal y pueda sobrevivir al cuerpo más allá de la muerte de éste, porque la obligación de alguien que busca la Verdad con mayúsculas es "andarse con piés de plomo" al abordar asuntos en los que está personalmente interesado e implicado. Sin embargo, esas dos ideas que he expuesto me dan -debo confesarlo- mucho que pensar...

Mi Música: "Comandante Che Guevara" -versión de Víctor Jara-.

CONSIDERACIONES "POLÍTICAMENTE INCORRECTAS" SOBRE LA HOMOSEXUALIDAD (O "MÁS ALLÁ DEL ARCO IRIS")

 

Ya avisé en la presentación de mi blog -y si no, lo hago ahora-, que este "cuaderno de bitácora" pretendía ser "polémico", en el sentido de constituir un "aldabonazo" a la conciencia social que despertara a la gente de la modorra intelectual en que nos tiene sumidos la sociedad contemporánea y la obligarla a hacer un esfuerzo por PENSAR de forma crítica.

Pues bien, recientemente se celebró en Madrid -supongo que también en el resto de España- el "día del orgullo gay". En la capital de España, la celebración fue particularmente bulliciosa: a todo "bombo y platillo". Multitud de carrozas y autocares descubiertos desfilaron por la Gran Vía, llenos de "chicos alegres" (creo que no hace falta aclarar que "gay", en las lenguas románicas -procedentes del latín- significa "alegre") de todo tipo, aunque prevalecían los de hombres musculosos, de cuerpo muy trabajado en el gimnasio y depilado -con mucho cuero y mucha gorra de marinero- (si bien también había "osos" luciendo orgullosamente sus cuerpos pilosos y menos cuidados): todo un canto a la belleza del cuerpo masculino (un griego clásico o un artista del Renacimiento hubieran encontrado ahí abundante materia prima para esculpir excelentes obras de arte). Numeroso público -"gay" y "hetero"- observaba desde los márgenes de la avenida el desfile, caracterizado por su ostentosa vistosidad, su ambiente festivo, su entusiasmo, su ruido atronador...Por las calles del centro de Madrid se veían parejas o grupos de chicos/as vestidos de forma llamativa, original y divertida, enarbolando la bandera del arco iris.

Sin embargo, uno no podía dejar de sentir en todo aquéllo, con cierta desazón, una especie de EXCESO en la "fanfarria", de EXHIBICIONISMO exagerado, de RUIDO ensordecedor. Quizá se debiera a que la tarde-noche era calurosa, y lo "candente"del desfile contrubuía a acentuar la sensación de calor sofocante. No obstante, cuando todo terminó, cuando las carrozas y autocares desaparecieron, cuando se limpió y reanudó el tráfico en la Gran Vía, cuando la concentración de gente se disolvió, cuando volví a casa a altas horas de la madrugada y me metí en la cama, mientras, solitario, fumaba un cigarrillo envuelto en un espeso silencio rodeado de oscuridad, inmediatamente antes de ponerme a dormir, me di cuenta de que ese sentimiento de desasosiego que me había asaltado durante la fiesta de celebración del "día del orgullo `gay´" no obedecía a meras razones de forma, sino a motivos de fondo más profundos...

Quiero aclarar que soy "heterosexual", es decir, un hombre que, desde el punto de vista sexual, se siente atraído por las mujeres, pero me considero una persona políticamente de izquierdas, de mentalidad abierta, pensamiento avanzado y sensibilidad progresista. Por tanto, no tengo nada contra los homosexuales, y si a alguien se le ocurriera calificarme de "homófobo", lo consideraría como un grave insulto...De hecho, yo mismo, cuando en reuniones con familiares, amigos o compañeros de trabajo se hace alguna alusión irónica o de mal gusto a los homosexuales o a la homosexualidad, suelo decir en broma que, bien mirado, yo también soy "lesbiano", puesto que, como a las "lesbianas", a mí me gustan igualmente las mujeres; y que ese calificativo podría aplicarse con toda propiedad a todo hombre heterosexual...Tan alejado estoy de la "homofobia" que, de hecho, el compañero de trabajo con el mejor me llevo y con el que más confianza tengo es.... ¡"gay"!. Tal es el grado confianza que nos une, que más que compañero de trabajo lo considero un amigo: hemos compartido despacho durante varios años (hasta que los avatares del trabajo hicieron que cada uno tuviera su propio "cubil", hecho al que yo me refiero jocosamente diciendo que, desde ese momento, dejamos de ser "pareja de hecho"), he estado varias veces en su casa y he tenido con él largas y sustanciosas conversaciones, llenas de libertad y desenfado, en las que él me ha contado sus aventuras y desventuras amorosas y sexuales, lo que me ha permitido conocer y familiarizarme indirectamente con los entresijos del mundo "gay".

Por otro lado, cuando la mentalidad social comenzó a mostrarse más permisiva con el fenómeno homosexual, me alegré profundamente, porque consideré que "era de justicia". Como Licenciado en Derecho, sé que, en la mayoría de los países del mundo, la homosexualidad se considera -o se consideraba hasta hace poco- como un delito merecedor de graves penas que, en algunos lugares, llegaban incluso hasta la abominación de aplicar a los homosexuales la pena de muerte. Sabía de primera mano que, en España, durante la dictadura franquista, la Ley de Peligrosidad y Rehabiltación Social consideraba la homosexualidad casi un delito al que se aplicaban "medidas administrativas" bajo las que se encubrían verdaderas sanciones penales. Por éso, cuando, tras la liquidación del régimen franquista y la instauración de la democrácia, los homosexuales fueron conquistando poco a poco parcelas de libertad, apoyé íntimamente aquel fenómeno. Y ahora que España ha pasado, de ser un paradigma de represión y conservadurismo, a ser uno de los países del mundo occidental más avanzados en materia de derechos y libertades individuales, y de apoyo a las minorías antes marginadas, me siento orgulloso de mi país. Sí: me siento orgulloso de vivir en un país donde los homosexuales pueden casarse y adoptar hijos, donde las parejas de gays y lesbianas pueden ir paseando, abrazados o cogidos de la mano, por cualquier avenida céntrica, besarse sin recato o hacerse carantoñas, sin suscitar más que la atención de los turistas extranjeros, que observan boquiabiertos ese fenómeno, como diciendo: "¡ésta no es nuestra España, que nos la han `cambiao´" (mientras los "nacionales" pasan apresurados yendo a sus cosas y pensando en sus asuntos, sin darle al hecho mayor importancia). Entonces, cuando veo la cara pasmo de los "guiris", yo también me siento partícipe en cierto modo de una especie de "orgullo gay". Es más, podría decirse que, desde hace un tiempo, en España, ser "gay" está de moda: no hay película o serie de televisión española que se precie donde no aparezca un "gay" para darle un toque de colorido, originalidad y modernidad; innumerables personajes de relevancia pública (desde conocidos actores, directores de cine o cantantes hasta políticos) han "salido del armario" proclamando su homosexualidad...

Sin embargo, seamos sinceros: todo lo anterior no puede ocultar el hecho de que la homosexualidad es una ANORMALIDAD y que los homosexuales son personas ANORMALES. ¡Cuidado!: he dicho A-NORMALIDAD y A-NORMALES, sin ánimo de injuriar, (no "sub-normalidad" ni "sub-normales", lo cual sí podría interpretarse como un insulto) desde un punto de vista estrictamente lingüistico y estadístico, es decir, como algo que supone una "desviación de la norma". Los especialistas (sociólogos, psicólogos, antropólogos) consideran que los homosexuales constituyen, aproximadamente, entre un 10 y un 15% de la población total: es desde este punto de vista que me tomo la licencia de afirmar que los homosexuales son "a-normales" y que la heterosexualidad es lo "normal" (en el mismo sentido, los genios también son "a-normales", porque su coeficiente intelectual está muy por encima de la media y constituyen una parte ínfima de la población: ¿y alguién podría sentirse insultado si lo calificaran de "genio"?).

Lo cierto y verdad, es que, pese a quien pese, "la madre Naturaleza" ("tantas veces madrastra", como dijo melancólicamente el poeta italiano Giaccomo Leopardi)  ha hecho de la heterosexualidad la norma y de la homosexualidad la excepción: de lo contrario, no ya la especie humana, sino prácticamente ninguna especie animal o vegetal hubiera sobrevivido y se hubiera extendido por la faz de la tierra. Si la mayoría de los humanos no fuéramos heterosexuales, la especie humana se hubiera extinguido hace millones de años. Basta, simplemente, con examinar nuestra configuración fisiológica: el pene masculino está hecho para penetrar en la vagina femenina y ésta se encuentra configurada para recibir a aquél.

¿Qué pensarían los "gays" si los "heterosexuales" decidiéramos, en un momento dado, comenzar a celebrar anualmente, "a bombo y platillo", el "día del orgullo `hetero´?. Pensarían, lógicamente, que estamos locos. ¿Por qué?: porque ser heterosexual es lo NORMAL, y la normalidad no necesita expresarse a través de "fanfarrias" ni fiestas llenas de sonido, luz y color; la normalidad se ejerce cotidianamente sin más, y punto.

Parece lógico que, tras una larga, oscura y represiva dictadura de casi 40 años, al llegar la democracia, los homosexuales comenzaran a reivindicar su rehabilitación legal y social, a exigir la retirada de la estigmatización que pesaba sobre ellos. Sigue pareciendo lógico que, al conseguirlo, su éxito estallara en una fiesta de música, luz y color; de globos, serpentinas, confetti y fuegos artificiales. Pero, una vez logrado su objetivo: ¿Qué sentido tiene seguir haciendo tanto ruido?. Acabada la fiesta, ¿no podrían dedicarse a ejercer cotidiana y normalmente su orientación sexual?. Y aquí viene el "quid" de la cuestión, la razón de ser de este artículo: ¿No será la continuidad de la fiesta, la exhibición del orgullo y el ruido un medio que los homosexuales emplean para acallar una voz interior que les susurra al oído que, en el fondo, HAY ALGO DENTRO DE ELLOS QUE NO ENCAJA, ALGO QUE NO MARCHA, ALGO QUE NO FUNCIONA BIEN, ALGO QUE NO ES COMO DEBERÍA SER DEDE EL PUNTO DE VISTA NATURAL...?.

Mientras me fumo el último cigarrillo del día antes de echarme a dormir reflexiono: es probable que, por lo que acabo de decir, se me tache de retrógado, de reaccionario, de ser "políticamente incorrecto". Pero, filias y fobias aparte, la verdad está por encima de todo y no tiene sexo...

PERSONAJES ILUSTRES DE NUESTRO TIEMPO: FELIPE AMÍLCAR DE BRUSELAS Y BRABANTE.

Nuestro personaje de hoy nasció un frío 14 de enero hace 42 años en Bruselas, enclavada en la región de Brabante, inserta como una cuña bilingüe entre las dos nacionalidades irreconciliables que actualmente conforman Bélgica: Flandes (de religión protestante e idioma flamenco -muy parecido al holandés- y Valonia (de religión católica y francófona). Por ello merece, con toda legitimidad los títulos de "Señor de Bruselas" y "Duque de Brabante".

Fue hijo de un modesto matrimonio español que, como tantos otros españolitos de la época, emigraron desde la subdesarrollada España (con sus maletas atadas con cuerdas, sus colchones enrrollados, sus tarteras llenas de filetes empanados y tortillas de patata -¡ay, aquellos abigarrados transbordos ferroviarios nocturnos en Hendaya...!-) a la desarrollada Europa, para currar a destajo durante unos años gastando lo menos posible y volver a su país de origen con unos ahorrilos que les permitieran mejorar un poco su "status económico" (comprarse un piso, montar un negocio: preferentemente un bar -en aquel entonces, todo el mundo que quería emprender un negocio en la "España cañí" de la época soñaba con montar un bar, que era lo más socorrido que había...).

El susodicho matrimonio tenía ya dos hijos, chica y chico ("la parejita", vaya), por lo que no entraba en sus planes la procreación de un tercero. Consecuentemente, nuestro héroe vino al mundo sin estar "planificado", fuera de las previsiones de sus padres, por un afortunado error en el método anticonceptivo que sus progenitores utilizaran, que, tratándose de españoles educados en la catolicidad, es de suponer que no sería otro que "la marcha atrás". ¿No pudo retenerse y retirarse a tiempo el padre, "cayéndose con todo el equipo"; ¿o más bien en los preliminares del acto se le escapó algún travieso espermatozoide que alcanzó su objetivo -el óvulo materno- contra viento y marea?. Son misterios de alcoba que nos está vedado conocer. Lo único cierto y positivo es que Don Felipe mostró una voluntad inquebrantable de venir al mundo y lo consiguió sorteando todo tipo de obstáculos, precauciones y barreras: ¡Vaya que sí!.

¿Y por qué le pusieron por nombre Felipe Amílcar?. Sencillamente, por una excentricidad de su padre, que decidió ponerle como primer nombre a su nuevo vástago el de su propio padre, al abuelo Felipe; y como segundo apelativo, un nombre extrañísimo que sabe Dios dónde habría oído -pues no era una persona especialmente culta-, pero que le llamó la atención: "Amílcar", como "Amílcar Barca", el general cartaginés fundador de la ciudad de Barcelona ("Barcino") y padre de Aníbal, que trajo en jaque a los romanos durante la segunda guerra púnica (hasta estar a punto cambiar la Historia de Occidente y sustuír a Roma por Cartago como gran potencia mediterránea). El caso es que el desconocimiento del progenitor de Don Felipe o la estulticia del funcionario competente llevaron a que nuestro ilustre personaje fuera inscrito en el Registro Civil de la embajada española en Bélgica con el erróneo nombre de "Almilcar", en el que sobraba flagrantemente la primera "l", equivocación que causó a Don Felipe no pocos quebraderos de cabeza a la hora de enfrentarse a trámites burocráticos de todo tipo, hasta que, ya de mayorcito, y tras muchas vueltas y revueltas, el error fue, por fin, corregido (gracias a su partida de bautismo, donde estaba bien puesto: ¡Alabado sea Dios y la Santa Madre Iglesia!) y su segundo nombre quedó correctamente escrito para la posteridad: "Amílcar".

Nombre del que, por otra parte, nuestro héroe se siente muy orgulloso y exibe sacando pecho, pues, todo hay que decirlo, el chico es un poco "vanidosillo" (nadie es perfecto...).

Don Felipe solamente vivió 3 años en su natal Bruselas, por lo que, para él, la ciudad de su nacimiento no es más que un nombre vacío de recuerdos (para sus dos hermanos mayores, en cambio, el nombre de Bruselas ya evoca recuerdos y sentimientos...), aunque nuestro héroe lo exhibe igualmente -lo mismo que su segundo apelativo- con un mal disimulado orgullo ("vanitas-vanitatis", como decía antes este humilde Cronista). En Bruselas, sin embargo, nuestro héroe fue amamantado a base de biberón en "la crèche" ("la guardería", en francés), donde su madre se veía obligada a dejarlo cada día para poder salir pitando hacia su trabajo; también en la capital de Bélgica, Don Felipe dio sus primeros pasos y aprendió a balbucear sus primeras palabras. Sus cuidadoras en la guardería informaron a su madre de que el bebé comenzaba a mostrar dos marcados rasgos de su personalidad que lo acompañarían toda su vida: era "inquieto" y "nervioso" en sumo grado. Otros componentes importantes de su carácter que ya comenzaron a manifestarse desde su más tierna infancia son el de "alegre", "extrovertido", "parlanchín", "dicharachero" y "sociable". El primero, que es un compendio de todos los demás, aparece perfectamente reflejado en una fotografía del álbum familiar, en la que Don Felipe, con no más de dos añitos y enfundado en un tierno jersey azul celeste, aparece luciendo una amplia, espontánea y enorme sonrisa, con dos dientecillos de leche asomando en sus encías, mirando con ojos chispeantes y llenos de vitalidad a un punto indeterminado, arriba a su izquierda (quizá al "pajarito" que le mostraba el fotógrafo profesional que lo retrató). Ese niño sonriente que fue inmortalizado a los dos años es su más auténtica y acabada imagen, porque Don Felipe continúa siendo, en el fondo, pese a haber entrado ya en la cuarentena, un niño grande: posee una encantadora alma infantil que continuará conservando hasta el fin de sus días ("genio y figura hasta la sepultura").

El rasgo más polémico que se le atribuye es el de haber sido un niño "travieso". En cualquier caso, se trata de una travesura exenta de maldad, fruto más bien de su carácter inquieto y nervioso que de otra cosa. ¿Hazañas infantiles que demuestran su traviesa forma de ser?. Pongamos dos, como botón de muestra: La primera en Bruselas, donde un día, sin saberse muy bien por qué, arrojó irreflexivamente un "pasapuré" por la ventana abierta del tercer piso que constituía la residencia familiar, estando a punto de abrirle la cabeza con el artefacto metálico a un despistado viandante pasaba por allí, lo que provocó una dura reprimenda del susodicho viandante a los padres de nuestro héroe, por su negligente "culpa in vigilando" sobre el chavalín. La segunda anécdota tiene más enjundia y un claro matiz político: En plena década de los sesenta del siglo XX, España vivía aún inmersa en la oscura y casposa dictadura franquista; en Bruselas vivían algunos españoles exiliados de la Guerra Civil -o sus descendientes-, a los que se unían un tropel de trabajadores emigrantes por razones económicas que, de pronto, se encontraron con la sorpresa de un país en el que existía un pluralismo político y sindical, con libertad de pensamiento, expresión y manifestación incluídas, algo totalmente desconocido para ellos hasta el momento. Esos dos grupos confluyeron políticamente y, aprovechando que Bruselas era ya la capital de la Comunidad Económica Europea y el "escaparate de Europa", organizaban periódicamente manifestaciones contra el régimen franquista, al sonoro grito de "¡España sí, Franco no!". Cuando Don Felipe no había cumplido aún los tres añitos, viajó a España durante unas vacaciones veraniegas con el resto de la familia. Un día, mientras toda la parentela paseaba por las calles de una innominada ciudad española, a nuestro héroe, que iba en brazos de su padre, no se le ocurrió otra cosa que proferir, a voz en cuello, el famoso grito que había oído a los manifestantes bruselenses y del que, pese a su tierna edad, había tomado buena nota: "¡España sí, Franco no!", se puso a berrear reiteradamente, con la consiguiente alarma social de los viandantes y la no menos alarmada angustia de sus padres, que intentaban taparle la boca a toda costa para evitar males mayores...

En fin: travesuras de un niño inquieto, no más, se dirá...Pero no, amigos míos, porque ese carácter "travieso" y "bromista", constituye uno de los rasgos más característicos de su forma de ser, que ha conservado a lo largo de los años hasta el día de hoy. Así, en su juventud, nuestro ilustre personaje disfrutaba acojonando a quienes lo acompañaban en sus paseos, cuando, al ir a cruzar un paso de cebra, pegaba un rápido y felino salto hacia atrás como si hubiera advertido la llegada de un vehículo, lo que provocaba un inconsciente "efecto imitación" en sus acompañantes, asustados por el peligro imaginario, mientras nuestro héroe se reía a mandíbula batiente. Otra de las aficiones de Don Felipe era producir un subidón de adrenalina a sus allegados, como cuando, una noche, advirtiendo la vuelta a casa de su hermano, escondióse tras la puerta de entrada al domicilio familiar; el confiado hermano abrió rutinariamente la puerta, vio que no había en el piso ninguna luz encendida y antes de que le diera tiempo a encender la primera, sintió cómo una sombra se abalanzaba sobre él en la oscuridad con un sonoro grito, cual vampiro dispuesto a merendarse a su víctima, con el consiguiente susto del susodicho hermano, al borde del infarto de miocardio. En su primera juventud era también nuestro Don Felipe un tanto "tocapelotas": cuando advertía en alguien algún punto débil en su personalidad, hurgaba en la herida para su propio divertimento y bochorno del agraviado; así, es de recordar cómo la emprendió con un amigo de su hermano que iba un poco de chuleta por la vida pero en el fondo era un incorregible tímido: al atascarse en una ocasión el mencionado amigo al pronunciar el nombre de una plaz a del barrio en que vivían (la de Cuacos de Yuste, para más señas) con una Cuá-Cuá-Cuá parecido al graznido de un pato mientras enrojecía como un tomate, nuestro ilustre personaje tomó nota y, cada vez que veía al amigo, intentaba hacerlo caer en la trampa de pronunciar el nombre maldito con preguntas capciosas del tipo: "Oye: ¿cómo se llama la plaza ésa que hay cerca de tu casa?" o "ahora tenemos que pasar por esa plaza que hay junto al Centro Comercial que no me acuerdo qué nombre tiene...", con el consiguiene bochorno del amigo de su hermano. Aún hoy, entrado en la cuarentena, es capaz de hacer creer cosas inverosímiles a sus allegados, cuando, con expresión muy seria y sin mover una ceja, anuncia eventos extravagantes como: "¿Sabes que han encontrado vida en Marte?" o "¿no te has enterado de que han inventado un motor para coches que funciona solo con aire?", todo ello para pasmo y asombro de su interlocutor, hasta que una irónica e incontenible sonrisa en el bromista delata la burla y chanza, para oprobio de su crédulo contertulio.

Total, lo dicho: inocentes payasadas de un niño-adulto o de un adulto con alma de dicho, que viene a ser lo mismo (el orden de los factores no altera el producto).

Pero nos hemos ido un poco por las ramas, así que retomemos el hilo de su biografía: al cumplir Don Felipe los tres años, sus padres decidieron retornar con toda la familia a España y se establecieron en La Coruña, donde el padre tenía una hermana casada con un gallego y encontró, a través de ellos, una oportunidad de trabajo. Nuestro ingénuo héroe se dio de pronto de bruces con la dura realidad cuando, un día, mientras jugaba en la calle, le prestó inocentemente un juguete a un crío de su edad, juguete que no le fue devuelto pese a sus demandas, con lo que volvió a casa profundamente cariacontecido. Mis padres tuvieron que explicarle como pudieron que Bélgica era un país civilizado donde se respetaba la propiedad ajena, mientras que España vivía aún en un estado semi-salvaje regido por el aforismo: "Santa Rita-Rita, lo que se da no se quita". En aquel momento, creo que nuestro héroe comenzó a perder parte de su inocencia infantil y a madurar interiormente...En cualquier caso, la estancia de Don Felipe en La Coruña constituyó, a juicio de este modesto cronista, una etapa feliz de su vida -salvo que el biografiado me desmienta-: En los estudios iba bien, sus ratos de ocio los pasaba en la calle jugando con sus amigos, allí recibió la primera hostia de su vida...(quiero decir: Que hizo la primera comunión, vaya)...

No obstante, en el año 1975, la familia -por razones aún no muy bien aclaradas- se trasladó a Madrid ("rompeolas de todas las Españas" -como dijo el poeta-). Se instalaron en un barrio de clase trabajadora en la zona sudoeste de la capital y comenzó una nueva etapa en la vida de nuestro héroe. Don Felipe siempre fue notablemente inteligente: hubiera podido llegar hasta donde hubiese querido tanto en el campo académico como profesional. Pero, ¡ay!, tenía un defecto: Era un vago redomado para los estudios. La autodisciplina, el espíritu de sacrificio, el esfuerzo y la voluntad que se requieren para marcarse y alcanzar un objetivo ambicioso en la vida no iban con él: para empezar, no era nada ambicioso, así que, inexistente el fin, sobran los medios necesarios para lograrlo. Sufría de una extraña alergia -que nunca mereció la debida atención médica- no solo a los libros de texto escolares, sino a cualquier cosa escrita en papel impreso (jamás le gustó leer ni, por tanto, adquirió una sólida cultura -solamente esa cultura superficial que a uno va absorbiendo "de oídas"-. Lo suyo era "la calle, la calle y la calle": pasarse el tiempo jugando con los amigos al fútbol, a las canicas (en las que demostró ser un fuera de serie), al escondite, a lo que fuera...con tal de no estar en casa; si el techo de su domicilio se hubiera desplomado, desde luego a él "no se le hubiera caído la casa encima". Como lógica consecuencia, su expediente académico empezó a resentirse: arrastró como buenamente pudo los últimos cursos de la enseñanza primaria y los primeros de la enseñanza secundaria, hasta que, en el tercer curso del Bachillerato se quedó estancado como un coche que ha "petado". A ello contribuyó seguramente el hecho de que diera con sus huesos en un Instituto de Enseñanza Media de un modesto barrio madrileño, donde, el que estudiaba y sacaba buenas notas no debía estar demasiado bien visto, precisamente, por sus compañeros de clase (que probablemente lo calificarían despectivamente como "empollón" -o algo por el estilo-). El caldo de cultivo perfecto para nuestro ilustre personaje, ya que ahí "se juntaban el hambre -la poca disposición del biografiado para los estudios- con las ganas de comer -el pretexto ideal: `Si los demás no estudian, ¿por qué yo iba a estar obligado a ello?´". O sea, el sitio ideal para "no dar ni palo al agua".

A todo esto, Don Felipe llegó a la adolescencia, esa etapa tan difícil y complicada en la vida de una persona. Para empezar, comenzó a adoptar comportamientos un tanto estrambóticos: Le dio por llevar un peinado muy peculiar que se fabricaba él mismo, con el pelo muy corto, decolorido con agua oxigenada, dejándose una especie de coletilla torera en la nuca y rapándose las sienes (lo cual, unido a los pantalones "pitillo" que lucía invariablemente, le daba el inquietante aspecto de un joven "jarraitxu", cachorro radical vasco curtido en la "kale borroka" -aunque Don Felipe no ha roto un plato en su vida-). Otro gesto de rebeldía adolescente que adoptó nuestro héroe fue encerrarse en su habitación a escuchar música -si se puede llamar así- "heavy-metal", que oía en una castaña de radio-cassete alimentado con cintas piratas compradas en el Rastro madrileño, de esas que dejaban los cabezales del cassette sucios como la veta de carbón de una mina. Así, se hizo un auténtico especialista -catedrático, casi, diría yo- en el citado tipo de música, de la que conocía todos los pormenores de grupos, solistas y temas. De su cuarto salían los aullidos de AC-DC, Kiss, Barricada, Leño, Ñu, etc..., etc...berreando a pleno pulmón sobre un fondo infernal de guitarras eléctricas. Por otro lado, para ambientar convenientemente el escenario de aquellos solitarios aquellarres musicales, Don Felipe empapeló literalmente su habitación con "posters" de los citados grupos, hasta no dejar ni un solo espacio vacío en paredes y techo. Aquella decoración de carteles siempre oscuros, casi negros, llenos de diabólicas estrellas de cinco puntas, de tipos de aspecto satánico con extravagantes indumentarias, maquillajes y gestos (el paradigma era, quizá, el solista del grupo Kiss exhibiendo una monstruosa lengua a la que había cortado el frenillo para que sobresaliera más de la boca), toda aquella parafernalia, digo, convirtieron el cuarto de nuestro Don Felipe adolescente en una especie de antesala del Infierno, que ni Dante pudo llegar a concebir en "La Divina Comedia". Su madre, religiosa a "machamartillo", entraba horrizada a hacerle la cama y limpiarle la habitación como si penetrase en el mismísimo Hades, protegida por un crucifijo -y expandiendo agua bendita, si la hubiera tenido a mano- y temiendo que en cualquier momento se le apareciese el Diablo en persona.

Y con la adolescencia le llegó a Don Felipe la pubertad, con la que sufrió una enloquecida revolución hormonal que lo sumió en una especie de "transtorno mental transitorio": Caminaba por la calle como alelado, mirando de arriba a abajo y viceversa, con ojos desorbitados, a cualquier hembra "en edad de mercer" que se cruzara en su camino, como si, más que mirarlas, las "radiografiara", delectándose, sin sentimiento de vergüenza ni pudor alguno, en las turgencias y curvas de la carne femenina, mientras movía la pelvis de atrás a adelante, con un sentido muy procaz, en tanto emitía jadeos y gemidos que imitaban los sonidos del fornicio. Hasta tal punto que sus acompañantes sentían un natural bochorno e incomodidad ante aquel lascivo espectáculo. En definitiva: Don Felipe estaba "más salido que el pico de una plancha".

Hormonas aparte, la vida de Don Felipe iba transcurriendo entre el "dolce far niente" del Instituto por las mañanas (tuvo que repetir el tercer curso de Bachillerato tropecientas veces, con unos cuadernillos de notas en que el  "muy deficiente" era la calificación más alta que nuestro ilustre personaje lograba alcanzar y equivalía, para él, a un "sobresaliente") y las tardes en compañía de su pandilla del barrio, un grupo de vagos bebedores y gamberretes (aunque, todo hay que decirlo, jamás en su vida rompieron la marquesina de una parada de autobús ni quemaron contenedor alguno), que se pasaban el tiempo sentados en el pretil de algún banco riéndose de la vida y de sí mismos,  mientras consumían litros de cerveza (una especie de "botellón" anticipado a su tiempo) y supongo que fumándose algún que otro porrete... A todo ésto, una allegado cercano de cuyo nombre no quiero acordarme y que ya había conseguido un trabajillo decente, conociendo la afición de Don Felipe por los coches (conduce como un maestro y es un auténtico "manitas" en materia de mecánica automovilística, aunque de joven le pisaba al acelerador más de la cuenta, gustaba de hacer maniobras inverosímiles que infringían todas las normas de tráfico y se "picaba" como una mona ante las infracciones de los demás), regaló a nuestro héroe un viejo Ford Fiesta dorado, además de abonarle periódicamente una paguilla semanal nada despreciable para "sus gastos". Así que, imagínense a nuestro personaje llegando a su Instituto al volante de su flamante automóvil, como un Señor, y con dinerillo fresco en el bolsillo: "El Rey del Mambo", vamos.

Pero, ¡ay, queridos lectores!: "A todo cerdo le llega su San Martín" -perdón por la vulgaridad de la expresión- y en la vida de todo hombre se cruza siempre, en un momento dado -que suele ser un momento crucial de su existencia- "la mujer". No la mujer en sentido abstracto y genérico, no; sino una mujer particular y concreta, con nombres y apellidos, que atempera la natural rebeldía e impetuosidad masculina para conducir al hombre "por el buen camino". O sea, para "llevárselo al huerto", vaya. Y así le sucedió a nuestro héroe. Don Felipe era de aspecto físico apuesto y atractivo -cualidad que había heredado de su padre-, con un varonil perfil greco-latino, unos bellos ojos verdes y unas rutilantes pestañas que los enmarcaban. Esta circunstancia, unida a su carácter extrovertido, sociable, abierto, simpático y dicharachero hubiera podido pemitirle "traer a las tías de calle" y elegir a la que le viniese en gana, que, sin dudarlo, hubiera caído rendida a sus encantos. Pero el chico no era mujeriego (como, curiosamente, tampoco lo fue su padre, del que heredó todas las cualides físicas y psicológicas que les hubieran permitido a ambos gozar de mujeres a mansalva). Así que no fue él quien eligió, sino él quien fue elegido...El caso es que una compañera de su Instituto, una chica de aspecto modesto, tímido y recatado, con cara de no haber roto un plato en su vida, se fijó en Don Felipe. Seguramente no fue la única que lo hizo, pero ella fue la primera tuvo la virtud y la fuerza de decisión de ir directamente a por él. Al principio nuestro héroe fue bastante reticente a los fervores que por él mostraba aquella muchacha, que interfería en su independencia y su apego a los amigotes del barrio: De modo que fue ella la que tuvo que tomar la iniciativa y, llamada telefónica a llamada telefónica, recibiendo desplantes sin cuento, ir horadando la voluntad de nuestro personaje a base de un tesón y una abnegación sin límites, inasequible al desaliento y "con más moral que el Alcoyano".

Y como dicen que "el que la sigue la consigue", esa tenacidad y ese tesón obtuvieron su premio, y las defensas de nuestro héroe fueron cayendo paulatinamente ante las acometidas de la pretendiente, hasta que, en un momento dado, Don Felipe abandonó absolutamente a los amigos de su edad, olvidándose prácticamente de ellos para siempre, y comenzó a frecuentar la pandilla de su hermano mayor, formada por tipos más serios y circunspectos, al tiempo que se iba dejando querer por la chica, aunque guardando aún las distancias. Decía el filósofo decimonónico danés Soren Kierkegaard -al que se considera abuelo del existencialismo- que el hombre puede adoptar ante la vida dos posturas: el estadio "estético" (disfrutar despreocupadamente de vida, divirtiéndose y extrayendo de ella el mayor "quantum" de placer posible, como la cigarra de la fábula) y el estadio "ético" (madurar, tomarse la vida en serio, hacerse un hombre de provecho y asumir responsabilidades, como la hormiga fabulesca). Normalmente el primer estadio corresponde a la temprana juventud, mientras que el paso al segundo tiene lugar en la etapa adulta de la vida (aunque algunos nunca llegan a realizar esa transición y permanecen eternamente en el estadio "estético"). Don Felipe se encontraba, pues, a esas alturas de su vida, sumido en un profundo dilema existencial: seguir de eterna francachela con sus amigotes o virar hacia la elección de una pareja estable -con su previsible correlato futuro de trabajo remunerado, formación de una familia y demás-. De ahí su desprecio inicial por aquella modosa chica, su posterior aceptación con reservas y....su final entrega plena a ella. Como nuestro héroe no se decidía sobre qué camino tomar, ella recurrió a una artimaña muy femenina para forzar su decisión: la estrategia de los celos. Don Felipe, al advertir la posibilidad de perderla en brazos de otro, y tras una corta etapa de triste melancolía, reaccionó con fuerza, se dio cuenta de que la quería de veras y le propuso entablar un noviazgo formal: Ahí fue cuando nuestro ilustre personaje dio el paso del estadio "estético" al estadio "ético" kierkegardiano y decidió sin vuelta de hoja el camino que quería seguir en la vida...

A todo ésto, al ya joven Don Felipe le llegó también la hora de dejar de vivir "a la sopa boba" de sus padres (la patética pérdida de tiempo en el Instituto empezaga ya a "cantar" demasiado) y buscarse un trabajo remunerado como sustento. Al principio se hallaba dubitativo: Que si conductor de un vehículo de transporte (dada su notable habilidad al volante), que si Policía Municipal (puesto que un tío político suyo por el lado paterno ya lo era), que si ésto, que si lo otro, que si lo demás allá...De nuevo la indecisión y la duda hamletiana.Sin embargo, de esta difícil encrucijada vino a rescatarlo su  "hada madrina" en forma de un amigo suyo que ya estaba trabajando en una empresa privada; en el área administrativa de la susodicha empresa había quedado un puesto de trabajo vacante, y aquel buen amigo recomendó ante los gerentes de la entidad a nuestro héroe para ocuparlo, cosa que éste aceptó gustoso.

Mientras tanto, sin embargo, la tragedia se cernía sobre el escenario familiar en que vivía Don Felipe: Sus padres, tras un fracasado y tormentoso matrimonio, decidieron separarse legalmente. A la hora de repartir los bienes gananciales, acordaron que la madre se quedara con la vivienda familiar, mientras al padre se le adjudicarían los ahorros bancarios de la pareja -dinero con el que el buen hombre compró otro piso-. Esta circunstancia fue vivida por nuestro ilustre personaje como un auténtico y lacerante drama personal, dividido como estaba entre el amor a su padre (con el que se llevaba "a partir un piñón", dadas sus afinidades caracteriales), cuya presencia regular iba a perder al abandonar el progenitor el hogar familiar, y su afecto por la madre. El conflicto íntimo que desgarraba a nuestro héroe llegó hasta tal punto que, años más tarde, confesaría a este cronista que, durante el proceso de separación de sus padres, muchas mañanas, mientras se dirigía a su trabajo en metro, no podía evitar que se le saltaran las lágrimas y se ponía a llorar "como una Magdalena". Aquí sale a relucir otro rasgo característico de la personalidad de Don Felipe: su profunda sensibilidad. No obstante, con un envidiable sentido práctico, nuestro ilustre biografiado eligió permanecer en la casa de su madre, que, al fin y al cabo, le hacía la comida, le lavaba la ropa y matenía limpio y en orden el hogar -todo lo cual no carece de importancia, si bien se mira- (eso sí: sin descuidar las frecuentes visitas a su padre y pasar mucho tiempo con él, dado el cariño mutuo que se tenían).

A todo esto, el noviazgo entre Don Felipe y su amada progresaba normalmente, a lo que debió contribuír no poco el ámbito y el espacio de intimidad necesario a toda pareja que les proporcionaba el viejo Ford Fiesta, donde probablemente llevaríana cabo algunos naturales escarceos eróticos ("¡Qué difícil es hacer el amor en un Simca mil-en un Simca mil...!", sonaba una canción de la época: pero algo es algo y menos da una piedra...). Y como dice la sabiduría popular que "a Rey muerto, Rey puesto" y que "un clavo saca a otro clavo", el fracaso matrimonial de los padres de nuestro ilustre biografiado fue sustituído al poco tiempo por un nuevo y prometedor enlace matrimonial. Y es que, una radiante mañana de julio de hace no sé cuantos años, Don Felipe y su prometida contrajeron solemne matrimonio eclesiástico dándose el "sí quiero", y yéndose a vivir a un piso que ambos habían comprado sumando las respectivas ayudas familiares y unos ahorrillos que la pareja había acumulado para pagar la entrada, y comprometiéndose a abonar el resto del precio del inmueble en cómodos plazos a costa de un préstamo hipotecario que un señor muy agradable e impecablemente vestido al servicio de un Banco les concedió; hipoteca en la que todo eran ventajas...menos los elevados intereses que importaba. Por cierto, un pequeño detalle: El piso del nuevo matrimonio estaba ubicado, curiosamente, en el mismo barrio y a pocos metros de la vivienda en que moraban los padres y la hermana de la esposa -además de una tía muy apegada al núcleo familiar que vivía por la misma zona-. ¿Por qué será que las mujeres siempre consiguen arrastrar a los hombres a su círculo familiar y no al revés?. De nuevo la sabiduría popular nos indica que "cuando un hombre y una mujer se casan, la familia de la esposa gana un hijo, mientras que la del esposo lo pierde": ¡naturaleza masculina, cuán débil eres ante la mujer...!.

Al principio, los nuevos esposos pasaron una buena temporada "con el agua al cuello" por el tema de la hipoteca. Don Felipe era el único que aportaba recursos económicos a la unidad familiar con su trabajo, ya que su señora esposa abandonó el suyo porque tenía vocación de ama de casa y dejó de desempeñar actividad remunerada alguna fuera del hogar. Nuestro héroe no solo no protestó ante esta paradójica situación sino que, al contrario, en el tiempo libre que le dejaba su trabajo, contribuía en pié de igualdad con su mujer a la realización de las tareas domésticas (desde pasar el mocho, hacer la colada, fregar los cacharros o hacer la compra): Era, por tanto -otro de sus rasgos positivos- un hombre de mentalidad moderna, radicalmente alejada de la típica mentalidad tradicional del no menos típico "macho ibérico".

Los años fueron pasando, los cónyuges consiguieron saldar el préstamo hipotecario de la vivienda familiar (momento en que, sorprendentemente, y cuando menos falta hacía, la esposa de nuestro héroe decidió ponerse de nuevo a trabajar: curiosa e incomprensible estrategia...) y, con ello, mejoró la situación económica de la pareja. A continuación, la cigüeña les trajo de París por vía aérea -y certificada- una preciosa niña: su primera -y de momento única- hija. Don Felipe ascendió de categoría en el trabajo (gracias a su encomiable esfuerzo y capacidad de organización: el hecho de que fuera un vago estudiantil no quita para que fuese un currante "de tomo y lomo", entregado en cuerpo y alma a sus obligaciones laborales) llegando a convertirse en la mano derecha y persona de confianza de su Jefe. La niña fue creciendo hasta convertirse en una preciosa chiquilla de 8 añitos, cuya belleza y gracia natural la acabarán convirtiendo en modelo de alta costura, presentadora de televisión o quién sabe qué (aunque a este humilde Cronista, que es su padrino -y que, como tal, se siente moralmente obligado a velar por el desarrollo espiritual de su ahijada-, le gustaría verla convertida en Ingeniera de Telecomunicaciones, Alta Ejecutiva de una imprtante Multinacional, Informática de Sistemas, alpinista o algo así -a cuyo efecto, quien esto escribe trató arteramente de inclinar a la niña hacia estos campos de actividad, regalándole mecanos, juegos de construcción, coches teledirigidos y en ese plan...: pero como si nada; me temo que la chiquilla va a elegir en el futuro dedicarse -como su progenitora a "cosas de mujeres").

Y, en fin, aquí tenemos a Don Felipe ya superada la cuarentena, el pelo ligeramente encanecido (cosa que creo no es de su agrado, sin darse cuenta de que las canas dan a un hombre maduro un aire..."interesante"), inmerso en un matrimonio razonablemente feliz, con una hija adorable "más buena que un cacho pan", que durante la semana laboral cumple esforzadamente con su trabajo por las mañanas, dedica las tardes a un tranquilo y reposado "dolce far niente", más las salidas las tardes-noches de los viernes a pasear con la familia por el barrio y tomarse unas cañitas, alguna que otra comida los sábados con otras parejas casadas...En fin: lo normal en un matrimonio.

Sin embargo, hay un punto oscuro en la apacible vida de Don Felipe, y es que se ha visto obligado a convertirse en el "ángel tutelar" de su problemático y tortuoso hermano mayor, personaje complicado donde los haya: Sumido en una depresión crónica desde los 21 años; en tratamiento psiquiátrico por el mismo motivo desde los 29; a punto de irse a "criar malvas" a consecuencia de una intoxicación debida a tanta pastilla y tanto antidepresivo -circunstancia que lo mandó al hospital en estado crítico, del que, sin embargo, se recuperó: "bicho malo nunca muere", dice el refrán-; en un "tris" de irse nuevamente al cementerio debido a un grave accidente de automóvil, cuando en la madrugada de un sábado, tras una noche de copas y mientras volvía a casa a "dormir la mona", perdió el control de su vehículo en la curva de una autopista de circunvalación de Madrid, yendo a chocar con la mediana, lo que hizo dar al coche una vuelta de campana y quedar boca arriba, dejando aprisionado al susodicho hermano en el interior, hasta el punto de que tuvieron que venir a sacarlo los bomberos -con grúas, sierras mecánicas y demás-, tras lo cual fue conducido en ambulancia al hospital más próximo, pero milagrosamente indemne -apenas unas cortaduras de poca monta en el dedo meñique de la mano izquierda-: un tipo duro de roer, la verdad-; sumido luego en un par de años de adicción al alcohol, de la que solo pudo salir gracias a una rigurosa y dura terapia que casi vuelve a terminar en tragedia debido a un pequeño "error técnico" de los terapeutas, que llevó al sujeto que nos ocupa a un grado de desesperación tal que realizó una "tentativa de autólisis" (el informe médico "dixit") que lo sumió en un coma profundo que casi acaba con él, otra vez, en el camposanto, aunque volvió a salvarse milagrosamente gracias a la casualidad de las circunstancias y a un par de semanitas en el hospital, otra vez -no hay quién pueda con este tío: ni él mismo...-); y, además de todo éso, delincuente convicto y confeso: condenado judicialmente a la pena de privación del permiso de conducir durante un año y medio por un delito contra la seguridad del tráfico con la agravante de reincidencia -¿adivinan por qué?: por superar ampliamente la tasa de alcoholemia permitida al volante, claro-. En fin, un pájaro de mucho cuidado, el hermanito éste de las narices...

Así que, mientras el chico travieso, gamberrete, vagaina y cabra loca, se ha terminado convertiendo en un "pilar de la sociedad", en un marido intachable y en un padre ejemplar, su hermano mayor, el chico introvertido, solitario, callado y estudioso que tanto prometía, se ha acabado transfomando en un "mangarrán", un rebelde sin causa o con ella, un "outsider" en permanente conflicto consigo mismo y con el mundo, sometido a la tutela de su hermano menor, que lo tiene sujeto a un estrecho "marcaje", preocupado por cuál será la próxima locura que cometerá ese sujeto antisocial que le he tocado en desgracia como "broder".

Sobra decir que, durante todas las penalidades antedichas, Don Felipe, en su papel tutorial, desempeñó su cometido con una generosidad, entrega y abnegación admirables, otros tres elementos definitorios de su personalidad.

Y bueno, se preguntaran ustedes, queridos lectores: ¿Por qué un tipo con una vida normal y corriente como Don Felipe -con sus lógicos altibajos y vaivenes- había de merecer el honorable título de "personaje ilustre de nuestro tiempo"?. Por dos razones de mucho peso, estimado público:

1.-Porque Don Felipe desempeña en el mundo el papel de "alegría de la huerta": ese tipo optimista, vital, extrovertido, sociable, dicharachero y conversador que expande generosamente alegría a raudales allí por donde va, y hace más llevadera la vida a los demás en este triste "valle de lágrimas" que es el mundo.

2.-Porque nuestro ilustre personaje es el arquetipo de "pilar de la comunidad" que con sus virtudes de hombre trabajador, fundador de una familia, marido abnegado y padre intachable sostiene una sociedad, evitando que ésta se hunda en el caos y en el nihilismo.

En definitiva, Don Felipe, ese prototipo de "héroe anónimo de nuestro tiempo", tras jubilarse, envejecerá tranquila y apaciblemente viendo crecer a sus nietos, con la expresión satisfecha y serena de quien siente que ha cumplido con creces su deber en la vida: Conservarla y expandirla. De ahí que merezca, con toda justicia, el título de "personaje ilustre".

                                                    19 de agosto, "Anno Domini MMIX".

 

                                                                           El Cronista.

(P.D.: La imagen que preside este artículo no podía ser otra, lógicamente, que la de Don Felipe de Habsburgo (esposo de Doña Juana la Loca), apodado "el Hermoso", puesto que, aparte de ser tocayo y paisano de nuestro ilustre biografiado, era casi tan apuesto como éste).             

 

EL PROBLEMA VASCO.

Ahora que ya se han calmado los ánimos tras los últimos atentados de ETA, creo que es hora de hacer un análisis serio, riguroso y profundo del problema vasco, del que deriva el problema de ETA.

Por una serie de razones geográficas, históricas, económicas y sociales en las no voy a entrar porque harían este artículo demasiado largo, España es un país variado y diverso, una "nación de naciones", como dijo alguien. Esa pluralidad característica de España hizo que, durante el siglo XlX, comenzara a aflorar el problema de los "nacionalismos", fundamentalmente de los nacionalismos catalán y vasco.

El nacionalismo vasco, que es el que aquí nos interesa ahora, cobra verdadera carta de naturaleza con el nacimiento del Partido Nacionalista Vasco (PNV), sobre la base de las doctrinas de Sabino Arana. Durante la Guerra Civil española de 1936-1939, las autoridades republicanas conceden al País Vasco el primer Estatuto de Autonomía de su historia. Esto hace que los vascos, pese a sus ideas esencialmente conservadoras e impregnadas de religiosidad católica, se decanten por apoyar a la República frente a los sublevados. Terminada la Guerra Civil e instaurada la dictadura franquista, se suprime el Estatuto de Autonomía vasco y comienza una labor de represión de la identidad cultural del País Vasco, especialmente de su vía de expresión linguística, el euskera.

En los años 60 del siglo XX, nace la organización terrorista ETA como una escisión del PNV, porque algunos de los hijos de los nacionalistas vascos acusaban a sus padres de pasividad y cobardía ante la represión de la dictadura franquista y pensaban que ya era hora de dejar de guardar silencio, pasar a la acción y responder a esa represión con sus mismas armas: La violencia. Por tanto, ETA comenzó a realizar una serie de atentados que tenían por objeto, fundamentalmente, a las fuerzas encargadas de mantener el orden público (Policía Nacional y Guardia Civil), aunque, poco a poco, fue aumentando el ámbito de esos atentados hasta englobar también en ellos a los miembros del Ejército. El mayor éxito de la actuación etarra fue el asesinato en 1973 del entonces Presidente del Gobierno, el Almirante Carrero Blanco, en quien Franco había depositado su confianza para que operase como elemento de continuidad del franquismo una vez muerto el dictador (o sea, como una especie de figura aglutinante de "un franquismo sin Franco").

Muerto el dictador, comienza el proceso de transición política hacia la democracia, que culmina con la Constitución de 1978 y la configuración de España como "Estado de las Autonomías", en el que el gobierno central se va desprendiendo de parcelas de poder para entregárselas a las nacionalidades o regiones que conforman el mosaico español. Se aprueba el Estatuto de Autonomía del País Vasco, al que se reconoce cierto "status" especial y privilegiado entre las demás regiones de España (concierto económico, policía autonómica, etc...). A ETA se le plantea entonces un dilema: renunciar a las armas para participar en el juego político democrático o continuar la lucha armada. Se produce un conflicto en el seno de la organización, en la que se decantan dos bandos: ETA político-militar, que acabaría abandonando las armas, aceptando las regla del juego democrático e integrándose en las instituciones (bajo la batuta de un nuevo partido político: Euzkadiko-Ezkerra, creo recodar, cuya figura más destacada era Juan María Bandrés -un político extraordinario, inteligente y lleno de sentido común al que yo admiraba-). ETA militar -a secas-, en cambio, decidió continuar la "lucha armada" con el "argumento" -más bien "pretexto", habría que decir- de que el nuevo régimen político español surgido tras la muerte de Franco no era una verdadera democracia, dado que venía auspiciado por un Rey que había sido nombrado a dedo por el dictador; por tanto, según ellos, la situación seguía siendo la misma: Tras el decorado de un falso régimen democrático seguía existiendo, en realidad, una dictadura que continuaba reprimiendo al pueblo vasco; y ello pese a todas las evidencias que demostraban lo contrario (soberanía popular, elecciones libres, existencia de partidos políticos, derechos humanos, libertades de pensamiento, expresión, asociación, manifestación...; y, en cuanto al País Vasco, las que he mencionado arriba: Estatuto de Autonomía, parlamento propio, ejercicio de competencias cedidas por el Estado central, régimen especial de "concierto económico en materia fiscal, creación de una policia autonómica -la primera de estas características en España-, posibilidad de representación en las instituciones centrales en Madrid -Congreso, Senado-...).

Daba lo mismo: ETA militar y su entorno crearon, para su uso y consumo, un mundo ideal, autista, esquizofrénico, cerrado y delirante, completamente desconectado de la realidad, en el que "ellos", que por su cuenta y riesgo, y sin contar con nadie, se atribuían en exclusiva la representatividad de TODO el pueblo vasco -incluso contra la voluntad de la mayoría de ese pueblo-, eran "los buenos", y todos los demás, empezando por el dictatorial y represivo Estado español, eran "los malos". Fabularon una historia rocambolesca en la que "ellos" eran los "gudaris", vanguardia armada pura y concienciada del pueblo vasco destinada a luchar por medios violentos contra los "malos" hasta liberar a su patria de las garras del malvado ocupante foráneo. Su lema era "quien no está conmigo, está contra mí" (no admitían matices) y su estrategia se basaba en la teoría de la "acción-represión": a cada acto de violencia que cometieran, el Estado español se vería obigado a aumentar la represión (medidas de seguridad, controles, detenciones, registros domiciliarios, encarcelamientos, quizá torturas), hasta que, al final de esta loca espiral que ellos concebían, el Estado español acabara decidiendo "meter los tanques al País Vasco", es decir, implantar en Euzkadi el "estado de guerra", haciendo intervenir al Ejército, que iniciaría un especie de movimiento de "limpieza" indiscrimada en el que quizá acabasen "pagando justos por pecadores". Ello haría que el malvado Estado español se quitase por fin "la careta", dejando ver su verdadera naturaleza represiva y dictatorial, y que los vascos terminaran cayendo en la cuenta de que, efectivamente, habían estado engañados y sometidos si darse cuenta. Todo lo cual propiciaría una rebelión general y en masa de País Vasco contra España, un enfrentamiento bélico a gran escala que terminaría....con la independencia del País Vasco, el objetivo final de ETA.

(Obsérvese la paradoja que el mayor número de atentados y víctimas de ETA se produjo, no durante la dictadura franquista, sino durante la transición a la democracia y las primeras etapas del nuevo régimen democrático, cuando no estaba aún firmemente asentado, como si la banda terrorista pretendiera hacer "decarrilar" el tren de la incipiente democracias y propiciar una reacción de los elementos más vinculados a la recien liquidada ditadura -Ejército, Guardia Civil, Policía Nacional- que los llevara a dar un golpe de Estado y reimplantar de nuevo un régimen dictatorial -con la supresión de todas las libertades trabajosamente alcanzadas hasta el momento y, por supuesto, del amplio grado de autonomía que el País Vasco había conseguido: ¿No se suponía que ETA luchaba por la libertad del pueblo vasco?; y sin embargo, objetivamente, su acción iba encaminada...a la liquidación de esa libertad que decía defender. Esto demuestra el grado de contradicción, esquizofrenia y paranoia que insufla la ideología de la banda terrorista...).

En esta línea, ETA -a secas ya, porque es la única que queda- continuó su escalada de atentados, con períodos de mayor o menor actividad, según los vaivenes de sus intereses, del panorama político vasco y de la eficacica de la acción policial contra la banda. Mientras tanto, en el PNV también se produjo un conflicto interno que culminó con la escisión de Eusko-Alkartasuna, de la mano del primer lehendakari, Carlos Garaicoetxea. El Partido Nacionalista Vasco colocó en su lugar a un nuevo lehendakari, José Antonio Ardanza, suscribió un pacto antiterrorista con las demás fuerzas políticas democráticas vascas y se inició una "luna de miel" entre el PNV y el PSOE, las dos fuerzas mayoritarias, con varias coaliciones de gobierno. En un momento dado, sin embargo, el PNV decide romper esta actitud "pactista" (aliarse con el resto de los demócratas vascos frente al terrorismo etarra dejando relativamente a un lado la cuestión nacionalista: "demócratas contra violentos", podría decirse) y opta por emprender una vía "frentista" (aliarse con el resto de las fuerzas nacionalistas vascas independientemente de su actitud ante el terrorismo: "vascos frente a españoles" -valga la expresión-). Entre bambalinas, movimendo los hilos en la sombra, la enigmática y polémica figura del Presidente del PNV, Xabier Arzaluz. Es el momento del "Pacto Lizarra", que propicia la tregua más larga de ETA, aunque el cerril dogmatismo de la banda terrorista dio al traste con él y recomenzó su espiral de violencia. A partir de ahí, la confusa etapa de José Ibarretxe como lehendakari, intentando "moverse entre dos aguas": conseguir el apoyo de los demócratas para asuntos puntuales sin renunciar al apoyo de los violentos como sostén fundamental en el parlamento vasco (la "cuadratura del círculo", vaya). Mientras tanto, se promulga la "Ley de Partidos Políticos", que supone la ilegalización de Batasuna en cuanto representante del sector social del nacionalismo más radical que apoyaba a ETA.

Y llegamos a la actualidad:

Es evidente que en el País Vasco hay una mayoría social "nacionalista" que desaría la independencia (una mayoría bastante ajustada entre el 50-60% del electorado, pero mayoría al fin y al cabo). En esa mayoría habría que incluir a los "nacionalistas radicales" (los votantes de Batasuna, el brazo político que ETA, que, en sus mejores momentos, llegó a alcanzar hasta un 20% de los sufragios, para ir bajando luego paulatinamente -en torno al 15%- hasta quedar reducida a un 10-12%) y los "nacionalistas moderados" (o sea, los votantes del PNV), que también quieren la independencia, pero por medios pacíficos (y cuyo apoyo político oscila entre el 30-40% de los vascos). Frente a ellos, se encuentran los "vascos españolistas", que desean un mayor o menor grado de autonomía para el País Vasco, pero continuando vinculados a España; este sector social está representado por el PSOE y el PP, que entre ambos, tienen un apoyo político de entre el 40-50% del electorado.

Por tanto, en este complejo "totum revolutum", salta a la vista que, pese pese a lo fragmentado que está el panorama político vasco, el partido mayoritario allí es el PNV, representante de los "nacionalistas moderados". El PNV se halla, sin embargo, en una situación paradójica, difícil y complicada, porque, como he dicho arriba, ETA surgió hace décadas como una escisión del propio PNV, y el Partido Nacionalista Vasco se debate constantemente entre su carácter primigeniamente "nacionalista" (que lo lleva, en último extremo, a propugnar la independencia del País Vasco -compartiendo por tanto, objetivo final con ETA) y su naturaleza indudablemente democrática (que lo conduce a aceptar, aunque sea transitoriamente, el régimen de autonomía de que goza el País Vasco, a repudiar la violencia terrorista y a tratar de conseguir por vías pacíficas, democráticas e institucionales un grado gobierno cada vez mayor que, a largo plazo, desemboque en la independencia).

Por éso, hasta ahora, siempre que había un atentado etarra, los nacionalistas moderados callaban la boca y miraban hacia otro lado, diciendo: "son cosas de "chicos descarriados" a quienes su juventud y su idealismo llevan por el camino equivocado y los induce a hacer estas cosas...Al fin y al cabo, ambos tenemos el mismo objetivo: la independencia del País Vasco, aunque por vías diferentes". La estrategia de los nacionalistas moderados era la del "apaciguamiento" de los extremistas, no defenderlos, pero tampoco atacarlos expresa y directamente; no jalear los atentados de ETA, pero tampoco condenarlos en voz demasiado alta; defender el derecho de los nacionalistas extremistas a permanecer en la legalidad y estar representados en las instituciones; intentar atraerlos a su terreno por la vía del diálogo; incluso pactar con ellos en determinadas circunstancias (ya se ha hablado del "Pacto de Lizarra"). Esta actitud y estrategia de los nacionalistas moderados ha fracasado estrepitosamente, como el tiempo ha demostrado: Los "hijos pródigos" etarras, en lugar de "volver al redil", se envalentonaron aún más y continuaron matando, y a los nacionalistas vascos moderados les ha acabado suponiendo ser desalojados del poder en el País Vasco en las últimas elecciones autonómicas, gracias al arriesgado pacto entre el PSOE y el PP.

Ante cada atentado de ETA, se desata por toda España y por la mayor parte del País Vasco una ola de indignación y repulsa que se plasma en un río de manifestaciones, reuniones, manifiestos, condenas verbales y escritas...Todo es inútil, los terroristas y su entorno siguen encastillados en ese loco mundo ficticio que se han creado ellos mismos y ante cada cascada de muestras de rechazo por parte del resto de la sociedad, se refuerzan y reafirman en sus condiciones, considerando que éso es un síntoma de que están en el camino correcto ("¿ladran?: luego cabalgamos" -se dicen-).

Mientras tanto, estamos hartos de oír a nuestras autoridades proclamar machaconamente, una y otra vez, que "ETA cada vez está más débil", que "el final de ETA está cada vez más cerca", que "ETA no tiene futuro alguno", mientras constatamos que, pese a todo, ETA sigue matando y destruyendo a discreción (a nuestras autoridades se les podría recitar la frase teatral que dice: "los muertos que vos matais-gozan de buena salud...).

El problema de ETA parece, por tanto, irresoluble, inacabable, como una sombra que amenazara con prolongarse por toda la eternidad. Frente a él, se dice, no hay más actitud posible que seguir el método habitual: estrechar el cerco policial contra los terroristas y su entorno, no permitir ningún ámbito de impunidad, manifestar claramente el rechazo de la sociedad ante cada acción violenta, continuar apelando al discurso de la razón para intentar convencer a los asesinos de que no tienen nada que hacer...O sea: Lo de siempre.

Sin embargo, yo creo que sí hay una forma de solucionar el problema definitivamente y para siempre, y la clave está en la actitud de los "nacionalistas moderados", los votantes del PNV, que siguen siendo -pese a quien pese-, la "mayoría mayoritaria" en Euzkadi. En su mano está dar el paso decisivo para acabar con ETA, dando un paso al frente y proclamando clara y abiertamente que NO ESTÁN DISPUESTOS A ACEPTAR BAJO NINGÚN CONCEPTO LA INDEPENDENCIA DEL PAÍS VASCO OBTENIDA A TRAVÉS DE LA VIOLENCIA; dejar de guardar silencio, de mirar para otro lado ante los atentados de ETA (o criticarlos en voz baja, para que no se les oiga demasiaddo); comprender que esos chavales díscolos han dejado de ser jóvenes y se han convertido en hombres maduros, y que sus acciones ya no pueden ser consideradas travesuras de chiquillos inquietos, sino en asesinatos inaceptables. Es decir: convencerse de que EL FIN NO JUSTIFICA LOS MEDIOS.

Algo así se vio en la temporada posterior al asesinato del Concejal del PP de Ermua Miguel Ángel Blanco, en que no solo los españoles, sino también la inmensa mayoría de los vascos, incluyendo a los nacionalistas moderados, manifestaron en bloque y de forma masiva su repulsa ante aquél acto incalificable de fría y calculada crueldad sanguinaria. Entonces, hasta los propios nacionalistas moderados sintieron vergüenza de sus presuntos "hermanos" extremistas y corearon en voz alta: "¡No son vascos-son asesinos". El resto de los españoles se le unió transmitiéndoles una corriente de simpatía solidaria que se reflejó en el lema: "¡Vascos sí, ETA no!". Fue un momento esperanzador, como si de pronto un rayo de sol atravesara un cielo encapotado de nubes negras. La posibilidad de una unión fuerte y sólida entre los nacionalistas vascos moderados, los vascos españolistas y el resto de los españoles en general. Pero todo aquello quedó en agua de borrajas. Desde entonces, la crítica de los nacionalistas vascos moderados ante los atentados de ETA subió algo de tono, su permisividad ante el entorno que apoya a los etarras disminuyó de margen...Pero, en el fondo, la situación, en el fondo, volvió a ser la misma.

Luego, hubo algunos destellos, como cuando la batalla por la sucesión de Arzalluz al frente de la presidencia del PNV la ganó Iosu Ion Imaz frente a Egibar. Imaz me pareció el prototipo de nacionalista vasco moderado ideal para contribuir a la derrota de ETA, porque era un hombre realmente comprometido en la lucha contra la violencia etarra, que ponía los principios éticos por encima de los intereses partidistas, que pensaba que el fin no justica los medios...Ese tío me encataba como político. Pero poco después hubo un movimiento interno en el seno del PNV, probablemente alentado por el lehendakari Ibarretxe y fomentado en la sombra por Arzalluz, al que no les gustó el nuevo modelo de nacionalismo moderado que propugnaba Imaz. Así que se lo cargaron al frente de la dirección del PNV a un tipo de perfil políco tan "plano" como Iñigo Urkullu, cuyo papel era hacer de árbitro entre las dos facciones del partido y evitar que éste supusiera un obstáculo a la política de Ibarretxe: El resultado, como he dicho, es que al final, los nacionalistas moderados, por andar jugando con fuego, han acabado quemándose y perdiendo el poder en Euskadi a manos de los vascos españolistas (PSOE-PP), con Patxi López al frente. Moraleja: la sociedad vasca está empezando a hartarse de la eterna ambigüedad de los nacionalistas moderados...Y éste es el camino que hay que seguir.

Porque cuando los nacionalistas moderados se pongan decidamente a la vanguardia de la lucha contra ETA, la situación habrá dado un salto cualitativo importantísimo, un verdadero paso de gigante: entonces, cada vez que ETA cometa un atentado, ya no podrá legitimarlo diciendo que lo hace en nombre de la mayoría del pueblo vasco (porque esa supueta mayoría ya no existirá: al 40% de los vascos españolistas se habrá unido el 50% de los nacionalistas moderados, y solo quedará el habitual 10% de los nacionalistas radicales), se tendrá que quitar definitivamente la careta y saldrá a la luz su proyecto totalitario en toda su crudeza: que un exiguo 10% de los vascos imponga sus ideas al restante 90%.

Tal vez entonces, algunos nacionalistas radicales inteligentes se darán cuenta de que la vía de la violencia no les lleva a ningún lado (de hecho, ya está ocurriendo, como ha sucedido con el partido "Aralar", que está formado por nacionalistas radicales que, sin abdicar de sus ideas independentistas, han abjurado de la violencia como método para conseguirla, y que ha cosechado unos excelentes resultados en las últimas
elecciones autonómicas), e irán abandonan poco a poco el mundo radical hasta dejarlo casi absolutamente vacío de contenido, de modo que ETA ya solo podrá arrogarse la representación, no ya de todos los vascos, ni de la mayoría de los vascos, ni de una minoría de vascos más concienciada que los demás, sino solo y exclusivamente la representación...de sí misma como banda terrorista sin apoyo social alguno y sostenida sobre el vacío y la nada.

Y entonces es posible que incluso algunos de los mismos etarras se empiecen a dar cuenta de que la violencia no los va a llevar a la victoria y comenzarán a abandonar la banda (el caso "Yoyes" fue un ejemplo aislado y anticipado a su tiempo, pero muy significativo y simbólico) hasta dejarla vacía: ese será el verdadero fin de ETA.

Mientras tanto, me parece muy bien que a los asesinos etarras se les condene al cumplimiento íntegro de las penas, que se aumenten las penas para ellos, que se los condene incluso a cadena perpetua -hasta con el añadido de trabajos forzados, si se quiere- (lo de utilizar sus cuerpos para la experimentación médica me suena ya un poco "nazi"). Pero el fin de ETA no va a llegar exclusivamente por la vía policial, sino por una acción combinada de ésta con la acción política: y, en este contexto, la llave la tienen los nacionalistas moderados. Ellos tienen la palabra.

Y a ellos les planteo la siguiente pregunta: ¿Creen que, en el hipotético e improbable caso de que el País Vasco alcanzara la independencia gracias a la violencia etarra, el nacionalismo vasco radical y la banda terrorista ETA iban a desparecer y dejar de actuar?; más bien lo contrario: los radicales, envalentonados por su éxito, pretenderían entonces alcanzar también por la fuerza el poder en ese nuevo País Vasco independiente para convertirlo en una especie de Corea del Norte "a la vasca", y si alguien pretendiera oponerse a ello, ¿qué mejor que echar mano otra vez de los etarras como instrumento de coacción política?.

Ustedes verán lo que hacen: Reflexionen y decidan.

ADDENDA A "CANARIAS: MI PARAÍSO DESCONOCIDO"

Mi artículo precedente había quedado -desde mi punto de vista- razonablemente bien (salvo en el apartado gráfico: perdón, Padre Teide), porque incluía épica, lírica y hasta dramática, los tres elementos esenciales del género literario.

Sin embargo, el geniecillo travieso que llevo dentro no podía quedarse conforme con ese "happy end" y tenía que decir su última palabra...

Recordarán, estimados lectores, que, hacia el final de dicho artículo, hacía una breve referencia al tema musical que da título al trabajo de la cantautora canaria Rosana, "Lunas Rotas". Ese diablillo interior que se esconde en mi interior me impulsó a rebuscar en mi discoteca el CD correspondiente y ¡bingo!, lo encontré. Inserto en el cajetín que lo contiene, hay un pequeño folleto con las letras de las canciones, entre ellas, la que yo buscaba, la de "Lunas Rotas", que transcribo a continuación en la parte que aquí interesa:

"Te doy lo que soy y lo que tengo-un jardín en flor en pleno invierno...pero no me pidas que te dé la luna-quitársela al cielo no tiene perdón-y no te amo menos si te digo no. No te doy la luna llena, porque es la eterna rosa-que regalan los amantes con el aire de la boca-y si el amor se nos rompe, porque el amor se equivoca-el mundo amanecería...repleto de lunas rotas".

Por una mención honorífica a la sagacidad y la perspicacia: ¿A qué se refiere la cantante canaria con las expresiones metafóricas "un jardín en flor en pleno invierno" y, sobre todo, "la luna", más en concreto, "rota"?.

Puede haber interpretaciones para todos los gustos, pero mi intuición masculina me dice que la mía es la acertada...

Primera llamada a resolver el enigma, la homenajeada, Clito, dada su inteligencia: ánimo hermosa, que, con tu apelativo, estás físicamente muy cerca de la verdad; caliente, caliente: tan caliente que casi te quemas (no te doy más pistas, con ésta seguro que es suficiente...).

                                                                                                                                                    

CANARIAS: MI PARAÍSO DESCONOCIDO.

Comienzo reconociendo que soy un tipo "peninsular", en el sentido de que tengo la equivacada idea de que España es la Península Ibérica -menos Portugal- y "poco más". El territorio peninsular de España me lo he "pateado" a conciencia, de Norte a Sur y de Este a Oeste, porque -y no es por chovinismo- estoy enamorado de mi país y pienso que es uno de los más bellos y atractivos del mundo, por su situación, su historia, su arte, su variedad geográfica y climática, por tantas cosas...

Sin embargo, ese "poco más" al que me refería arriba existe y tiene nombre: Son dos archipiélagos (Baleares y Canarias) y dos ciudades enclavadas en el norte del continente africano (Ceuta y Melilla). Pero esos territorios, tan españoles como el que más, me son, por desgracia -y por mi comodona estulticia- prácticamente desconocidos. Conozco mínimamente Baleares, más en concreto, la isla de Menorca, porque mi hermana mayor se casó en su momento con un menorquín y se fue a vivir allí. Cuando mis padres, mi hermano menor y yo fuimos a su boda, mi hermana y su marido nos llevaron a hacer un pequeño recorrido turístico por lo más destacado de "la illa del vent" ("la isla del viento"), como llaman a Menorca.

Salvo éso, nada más. Tras recorrer y explorar a conciencia el territorio peninsular español, mis intereses se dirigieron a los países europeos más inmediatos a España: Portugal, Francia, Italia -incluso Alemania-; países que visité sucesivamente, olvidándome de esa "otra España", la de las islas, como si fueran una especie de "resíduo" -perdón por la expresión: la utilizo simplemente en sentido matemático, equivalente al "resto" de una división- del que no valía la pena ocuparse.

A ello contribuyó quizá el hecho de que soy un poco "claustrofóbico" geográficamente hablando: la idea de estar en una isla me produce un poco de ansiedad, como si me enontrara confinado en una especie de "prisión" de la que no se puede salir sino por mar o por aire, pero no por tierra, y en la que uno está condenado a dar vueltas y vueltas alrededor de los mismos lugares y paisajes, una y otra vez, como un prisionero sin posibilidad de escapatoria. A mí lo que me tranquiliza es poder coger el coche y sentir que, si quisiera, podría llegar con él, por tierra, hasta Moscú, Pekín o Nueva Delhi; aunque en realidad no pretenda más que llegar hata Alcorcón o Getafe...

Una cuestión psicológica, obviamente, porque tengo entendido que a los "isleños" es muy difícil sacarlos de sus islas y son reticentes a poner pié en el Continente. Lo sé por mi cuñado menorquín, al que no lo sacas de Menorca si no es obligado por una compañía de "geos" armada hasta los dientes. Los isleños son, por tanto, gente muy apegada a su pequeño territorio, y sus motivos tendrán. A lo mejor a ellos les pasa lo contrario que a los peninsulares, y sienten una especie de vértigo cuando se encuentran en el contienente, como si estuvieran en un epacio demasiado grande, deshumanizado, en el que es fácil perder los puntos de referencia y extraviarse sin saber adónde ir, para aparecer sabe Dios dónde...La psicología, ya digo.

Recientemente, una honorable comunera de "la coctelera" ha publicado en su blog, a propósito de los incendios veraniegos en la isla de La Palma, una serie de artículos en que se hacía referencia a las Islas Canarias, de donde ella es originaria. Ello ha hecho que mi foco de atención se volviera hacia esas Islas y empezara, por fin, a verlas y a reparar en ellas.

Al hacerlo, me he dado cuenta de lo poco que sé sobre las Canarias. Y ese poco que sé voy a exponerlo aquí, a modo de "sueño onírico" de un peninsular sobre unas islas que no conoce, pero sobre las que tiene la vaga idea de que son algo así como un "paraíso desconocido" para él. Y para ello no voy a cometer la vulgaridad de recurrir a la "Wikipedia", que sería lo más fácil y cómodo, y me haría quedar como todo un erudito ante la concurrencia. No: lo voy a hacer "a pelo", como es de ley, basándome en lo que he visto, leído u oído hasta ahora en novelas, en la tele, en los periódicos, en comentarios de otras personas...

Empecemos por el principio, o sea, por la mitología. Según tengo entendido, las islas Canarias serían, al parecer, un resto no sumergido del enigmático y misterioso continente de "La Atlántida", que ya aparece incluso mencionado en los Diálogos de Platón, nada menos. Y los "guanches", los pobladores indígenas de las Canarias, serían los únicos descendientes conocidos de los míticos "Atlantes", cuyo solo nombre evoca un poder antiguo y ancestral, casi esotérico, desbaratado por el hundimiento en el mar de su continente, a consecuencia de una catástrofe apocalíptica de resonacias bíblicas, del que no se ha vuelto a saber más...

Por tanto, ya, para empezar, las Canarias se nos aparecen envueltas en un halo de misterio, emparentadas con una remota antigüedad perdida, con una civilización al parecer muy avanzada, que daba "sopas con honda" a los pobres y primitivos "neanderthales" que poblaban en aquellos tiempos el frío, inhóspito y solitario continente europeo. Y luego está el tema "racial" o "étnico" -como se prefiera-. Los "guanches", digo. En imágenes y fotografías he observado que muchas canarias (a uno, como hombre que es, le tiran las mujeres y se fija primordialmente en ellas -servidumbres de la condición masculina-) conservan en fisonomía unos rasgos peculiares (ojos ligeramente rasgados, labios especialmente carnosos...) distintos a los de las europeas. Supongo que son la descendientes más "puras" (menos "mezcladas", digamos), de aquellos antiguos guanches que poblaban originariamente las islas afortunadas. Y son tremendamente guapas, las condenadas, hay que reconocerlo...En cierto modo me recuerdan los rasgos de algunas Sudamericanas especialmente atractivas. ¿Será ésto un indicio de que, efectivamente, como cuentan los relatos míticos, en tiempos ancestrales hubo entre Europa y América una especie de continente-puente en medio del Océano Atlántico, cuyos habitantes dejaron su huella genética a un lado y a otro?. No lo sé: solo lo apunto como hipótesis.

Y luego está la dulzura del acento canario, con su tierna y suave cadencia, tan alejado del áspero, duro y cortante acento peninsular, y tan parecido, en cambio -nuevamente-, al acento que imprimen al idioma castellano en los países hispanoamericanos. Esto me lleva a una reflexión más general: Es curioso cómo el lenguaje castellano, que en su lugar de nacimiento, Castilla, suena -como he dicho arriba- con un tono tan áspero y duro, se suavice tanto en los territorios conquistados por la Corona de Castilla allende la Península Ibérica, volviendose tan tierno, cadencioso y agradable al oído, como si, al recibir el idioma de aquellos rudos conquistadores castellanos, los naturales de los territorios conquistados hubieran adaptado ese lenguaje a su propia naturaleza de pueblos más pacíficos, dulces y sosegados. Algunos dirán que es un acento empalagoso que desnaturaliza la fuerza original del castellano, nacido de un pueblo guerrero en lucha permanente, primero contra los árabes que ocupaban la Península Ibérica; luego, para conquistar nuevos territorios más allá de ella (Canarias, América...). Pero qué bonito suena ese acento a unos oídos acostumbrados a la sequedad del tono castellano, agravada por el chulesco tono del acento madrileño...

"Los godos" nos llaman los canarios a los peninsulares, con fina ironía, haciendo referencia a ese carácter rudo y primitivo que se nos supone, casi germánico; a los fríos gélidos y los calores tórridos que por aquí sufrimos; a ese "trabajar y venga a trabajar", como "alemanes del Sur", ajeno a la "dulzura de vivir" canaria...

Ahora viene la Historia. Por lo que sé, las islas Canarias fueron "conquistadas", "colonizadas", "ocupadas" -o como se quiera decir- por la Corona de Castilla durante la Baja Edad Media, cuando el ímpetu guerrero castellano, templado en una guerra de casi 8 siglos contra los "moros" que ocupaban la Península, continuó desbordándose por el Sur, al otro lado del estrecho de Gibraltar, poniendo pié en África y sus aledaños, y apropiarse de todo territorio que hubiera por allí...incluídas esas curiosas islas situadas frente al continente africano, de clima paradisíaco y pobladas por una gente al parecer bastante pacífica, que no iba a dar mucha "guerra". Ahí se produjo la conquista de las Canarias; el sometimiento del pueblo guanche (me suenan lejanamente batallas desiguales cuyos nombres desconozco, actos de resistencia de héroes indígenas cuyo nombre no recuerdo: hechos que, sin embargo, creo que han perdurado hasta la actualidad en la memoria colectiva de los canarios); la construcción de las primeras ciudades de casas encaladas, al estilo andaluz; el levantamiento de las primeras iglesias, ya en estilo colonial -de nuevo esa conexión con hispanoamérica-; la organización administrativa de los territorios recien conquistados...Tengo entendido que la primera capital de las Canarias bajo el dominio castellano fue la ciudad de la Laguna, donde se instaló el gobierno, la universidad y la diócesis, localidad emplazada un poco haia el interior de la Isla de Tenerife. Quizá por razones estratégicas, para proteger mejor el epicentro del poder de posibles invasiones externas por mar. Solo más tarde, una vez establecida la seguridad martítima y delimitados los ámbitos de expansión de las distintas naciones emergentes de la Europa del Renacimiento, la capital se trasladó a Santa Cruz, al borde del mar.

Luego, las Canarias quedan sumidas, para mí -o mejor, para mi desconocimiento-, en siglos de letargo y olvido, como un agujero negro en la memoria, dirigido mi foco de atención al epicentro de la "movida" de la Historia de España en la Edad Moderna: la conquista del continente americano, las guerras en Europa, el auge y decadencia del Imperio español...Durante el siglo XX, Canarias me suena de que fue, circunstancialmente, "la madre del cordero" de la Guerra Civil española de 1936-1939 (nuestra "Guerra Civil" por antonomasia): Durante la 2ª República, cuando el enfrentamiento fratricida ya se veía venir, Franco, que había sido Jefe del Estado Mayor del Ejército en la época del bienio radical-cedista (1934-1936), fue trasladado por las autoridades republicanas a Canarias como Gobernador Militar de la región, porque sospechaban que podía tener veleidades golpistas y querían mantenerlo alejado de Madrid, la capital de España. Lo cierto es que, en aquel momento, "el comandantín" -como se le conocía desde su boda con Dª. Carmen Polo, hija de una ilustre familia asturiana- estaba en dudas y aún no sabía bien qué partido tomar. Sentó sus reales en Santa Cruz de Tenerife como Gobernador Militar de Canarias. Finalmente se decidió por participar en la conspiración pero -como tipo cauto y detallista que era-, no sin antes cubrirse bien las espaldas: se aseguró de que, caso de un eventual fracaso del golpe, él, su mujer y su hija pudieran huír de España rápidamente y vivir exiliados en el extranjero a costa de una bien nutrida cuenta corriente bancaria que el financiero Juan March -uno de los más conspícuos partidarios civiles de la rebelión- había abierto a su nombre en Suiza. Una vez hecho ésto, aceptó que un avión particular fletado por el susodicho financiero, el famoso "Dragón Rapide" lo trasladara hasta Marruecos, donde se hallaba "la flor y nata" del Ejército español de aquélla época: la Legión, de la que había sido creador y Jefe en su juventud, y los Regulares, tropas mercenarias moras, cuerpos militares, ambos, extraordinariamente disciplinados, arriesgados y curtidos en la guerra de Marruecos. Para no despertar las sospechas de las autoridades republicanas, Franco aprovechó que, casualmente, días antes de la rebelión, había fallecido en Las Palmas el Gobernador Militar de esa Provincia; suceso que le vino "como anillo al dedo", porque le dio el pretexto perfecto para trasladarse desde Santa Cruz a Las Palmas para asisitir, aparentemente, a las exequias fúnebres de su subordinado. Tras hacer el "paripé", el "comandantín" se dirigió a la base aérea de Gando, donde ya lo esperaba el "Dragón Rapide", que había llegado procedente de Londres tras hacer escala en Lisboa, que lo trasladó a Tánger, en Marruecos, donde no le costó nada convencer a sus antiguos subordinados -la Legión y los Regulares- de que se unieran al alzamiento. Mientras tanto, en Melilla, la tarde del 17 de julio de 1936, comenzaba anticipadamente la rebelión militar, que dio lugar al episodio más trágico de la España contemporánea: una terrible guerra fratricida cuyos ecos aún perduran en la memoria colectiva de los españoles.

Pero, como ya digo, el papel de las islas Canarias en estos episodios fue meramente circunstancial y accidental (a Franco podían haberlo destinado a cualquier otra región periférica de España), y no manchan en absoluto el nombre del Archipiélago. Ya avanzado el siglo XX, caída la dictadura franquista y puesta en marcha la transición a la democracia y el "Estado de las Autonomías", Canarias me suena porque allí hubo un conato de movimiento independentista -de tintes incluso violentos- protagonizado por un movimiento denominado "MPAIAC" -o algo así- que fue rápidamente sofocado. Hasta que finalmente, el Archipiélago obtuvo su Estatuto de Autonomía y hoy consituye una Comunidad Autónoma más en el seno de España, aunque con importantes peculiaridades derivadas del "hecho insular" (un régimen fiscal especial, subvenciones en los viajes aéreos para los naturales de las islas que quieren desplazarse a la Península, etc...).

Vamos ahora con la Geografía. Sé que el Archipiélago canario está formado por siete Islas: Tenerife, Gran Canaria, Fuerteventura, Lanzarote, La Palma, El Hierro y La Gomera, situadas frente al continente africano, a la altura del Sáhara, más o menos. Hasta ahí, todo correcto. El problema llega a la hora de ubicar exactamente dichas Islas y determinar a qué Provincia pertenecen, si a la de de Santa Cruz de Tenerife o a la de Las Palmas. Y ahí es cuando un ignorante "godo" como yo "se hace la picha un lío" -con perdón-.  Vamos a intentar ordenarlas sin tener ningún mapa delante, a riesgo de "meter la pata hasta el zancajo" -como se suele decir-. Partimos de la base de que hay dos Islas centrales, las mayores del Archipiélago, enfrentadas geográficamente: Tenerife al Oeste y Gran Canaria al Este, alrededor de las cuales se articulan las demás. A través del brazo de mar que las separa corre la línea divisoria entre ambas Provincias. La isla más occidental es la de El Hierro -capital: Valverde, creo-, verdadero "Finisterre" de España y de Europa (con permiso de Madeira y Las Azores, que pertenecen a Portugal). A la Provincia de Santa Cruz creo que pertenece también La Gomera -capital: San Sebastián- (que me suena porque en ella permanece aún "el silbo" una peculiar forma de comunicación a distancia mediante silbidos procedente de la época guanche que se adelantó, a su manera, a la moderna telefonía móvil -igual que los apaches norteamericanos se comunicaban a distancia mediante señales de humo-). También en el demarcación provincial de Santa Cruz creo que está incluída la isla de La Palma -capital: Santa Cruz-, desgraciadamente asolada este mes de agosto por los incendios veraniegos. A la Provincia de Las Palmas pertenecen, además de Gran Canaria, la isla de Lanzarote (de resonancias míticas y literarias, ya que "Lancelot" o "Lanzarote" fue uno de los Caballeros de la Tabla Redonda del Rey Arturo) y la isla de Fuerteventura, la más oriental y cercana a África del Archipiélago canario.

No sé si he acertado plenamente: espero haberme aproximado lo más posible a la realidad. En cuanto a las características peculiares de cada isla, ya me pierdo aún más. Sé que en Tenerife se encuentra el pico del Teide, la montaña más alta de España, con sus más de 4.000 metros de altitud, alrededor de cuya volcánica altura se desparrama en pendiente la topografía del resto de la isla (al norte, más húmedo y umbrío, La Orotava y el Puerto de la Cruz; al Este, Santa Cruz -la capital actual- y la Laguna -la capital histórica-; al Oeste, las playas de Las Américas y de los Cristianos, los principales centros turísticos de la isla; sin olvidarnos de Icod de los Vinos, en el interior, con su drago milenario). La isla de Gran Canaria tiene una forma más redondeada que la de Tenerife -más alargada-, y además de la capital, Las Palmas -que supera en población a Santa Cruz y es, por tanto la primera ciudad canaria por número de habitantes-, alberga ciudades como Telde (en el interior -que en los tiempos de la conquista cumpliera quizá respecto a Gran Canaria un papel análogo al de La Laguna respecto a Tenerife-) y Maspalomas, en la costa, el gran centro turístico grancanario. De la isla de Lanzarote tengo entendido que se caracteriza por sus paisajes desérticos y volcánicos, casi lunares. Y de Fuerteventura tengo que reconocer humildemente que no sé nada de nada.

Por lo demás, me suenan nombres aislados e inconexos de localidades y parajes naturales: El Parque Natural de Las Cañadas del Teide; su homónimo de Garajonay; la montaña de "El Roque de los Muchachos", en la que se encuentra el mayor observatorio astronómico de Europa -tan caro para mí, enamorado de la astronomía como soy-; playas de arena negra y volcánica, españoles y europeos tostándose al sol fuera de temporada, gracias al privilegiado clima de "las Islas Afortunadas" (mientras en la Península Ibérica y en el resto de Europa los "godos" de allende y aquende los Pirineos sufrimos el rudo y duro invierno del Viejo Continente...

Y terminamos con un par de referencias artístico-literarias. No voy a hablar del escritor canario más famoso, Benito Pérez Galdós, porque, que yo sepa, en sus obras no hay referencia alguna a su tierra de origen y su trabajo literario está centrado en Madrid, su tierra de adopción. En cambio, sí voy a referirme a otro escritor más desconocido para el público español, el francés Michel Houellebecq, un literato extraordinario que, para mi gusto, es una de las mejores plumas del sigo XXl, una de cuyas novelas, titulada "La Posibilidad de una Isla" tiene como protagonista...a la isla de Lanzarote, precisamente: en ella, sobre el escenario de un mundo futurista de tintes terriblemente sombríos, donde los seres humanos viven, cada uno de ellos, aislados y sólos en una especie de "bunkers" de alta seguridad (ya que existe una especie de desconfianza larvada entre todos, que cumple el pesimista adagio de Hobbes: "homo homini lupus"), el protagonista emprende un largo y peligroso viaje hacia el Sur de Europa, en busca de una isla de la que ha oído que, en ella, al contrario que en el resto del mundo, los seres humanos viven en comunidad y armonía: la "tierra prometida", vaya. La lectura de las novelas de Houellebeqc no es recomendable para espíritus con tendencia al pesimismo, a la depresión o a la melancolía, sino solo a las almas fuertes, dado su carácter nihilista, cínico, desgarrado y desesperado. Pero, curiosamente, en este mundo tenebrista, apocalíptico e invivible que construye el escritor galo, siempre aparece al final una rayo de luz y esperanza: el amor como única posiblidad de redención del ser humano. Curiosa paradoja.

Pasamos a la música, para hablar de la cantante canaria Rosana Arbelo -o Rosana a secas, su nombre artístico-, cuyo arte admiro profundamente, porque me gustan sus canciones, la pasión que pone al cantarlas y la preciosa voz con que las entona. Tengo, como oro en paño, su álbum "Lunas Rotas", en el que aparecen temas inolvidables, aunque, como nos estamos refiriendo a las Canarias en concreto, destacaré uno magnífico cuya protagonista es una antigua deidad canaria llamada "Diré", cuyo llanto, según el relato mítico, es el que provoca la lluvia sobre el Archipiélago -la condensación del agua de las nubes, como equivocadamente creen los meteorólogos-.

En fin que, cuando alguna fría noche de invierno esté desvelado por el insomnio, trataré de pensar en las islas Canarias como mi "paraíso desconocido" (parodiando al "paraíso perdido" de Milton), e invocaré a la diosa Diré para que me acune con su dulce llanto ayudándome a conciliar el sueño como un niño.

Ya se habrá adivinado que este artículo es un homenaje a Clito -canaria egregia, aunque residente en Barcelona-, mi "hada madrina" en "la coctelera", como agradecimiento a la comprensión y humanidad que ha mostrado siempre hacia mí, su díscolo "ahijado"....

Pues éso...