Tarde de Sábado. Quedo con Jose -mi amigo del barrio de toda la vida- en el bar "La Cachimba", en la esquina del edificio de mi casa (el eterno "bar de la esquina" que hay en todas partes), para ver el partido entre el Real Madrid y el Deportivo de La Coruña. A mí, francamente, el Real Madrid me la trae floja: el que me interesa es el Deportivo, el tercer equipo de mis amores. Me gustaría ver cómo el Dépor se le sube a las barbas al super-galáctico Madrid en el mismísimo Santiago Bernabeu, parándole los piés en el primer partido de la temporada, para poner a esos chulitos de mierda en su sitio bajándolos a la realidad y haciéndoles comprender que no todo el monte es orégano (y ayudando de paso al Barça -el cuarto equipo de mis desvelos-, para que empiece sacándole dos o tres puntillos a su eterno rival desde el principio). Comprendo que la cosa está difícil: el Madrid tiene una excelente plantilla, un buen entrenador (me gusta Pellegrini por su seriedad, por su excelente capacidad como técnico -consiguió llevar a un modesto equipo como el Villarreal a la Champions, nada menos-, por esa mirada melancólica que tienen los uruguayos, por qué se yo...), juega en casa...; el Depor, tras unas temporadas "de vino y rosas", se ha convertido en un equipo vulgar, que bastante tiene con mantenerse en primera división -eso sin contar a ese "agonías" de entrenador "amarrategui" que es Lotina-. Pero me da lo mismo: la esperanza es lo último que se pierde.
A las 8 menos 5 de la tarde salgo zumbando de casa, bajo las escaleras de tres en tres y me meto como un rayo en "La Cachimba". Aunque ya hay mucha gente en el bar, afortunadamente aún queda una mesa libre cerca de la pantalla del televisor, un poco escorada hacia la derecha, pero fenomenal para ver tranquilamente el partido. Pido una Fanta de naranja; tengo sed (aunque rechazo las patatas fritas que me ofrece el camarero como aperitivo -hay que guardar la línea-): el día en Madrid ha sido sofocante; aunque el mes de Agosto está agonizando, el calor se resiste a dejar de apretar, implacable, en el secarral meseteño. El Bernabeu está a reventar; lleno total: la expectación por ver al equipo super-galáctico de Florentino Pérez es máxima.
Empieza el partido, primeros minutos de tanteo, hasta que el Madrid consigue romper la defensa del Depor y marca el primer gol (Raulito tenía que ser, claro, siempre de "cazagoles", a la espera de un rebote, de un fallo del contrario, de lo que sea: tiene su mérito como futbolista, en su ocaso como jugador -y además tiene un excelente gusto para las mujeres: ¿Mamen, se llama la suya?; no sé igual me cofundo con el nombre, pero es una mujer preciosa-). "Empezamos bien" -pienso apesadumbrado, mientras le pego un buen chupetón a la Fanta, para consolarme-. Pero el Depor no tarda en reaccionar, Riki "le roba la cartera" a la defensa blanca y cabecea espléndidamente a la red el pase largo de un compañero. Golpeo rabiosamente la palma de mi mano izquierda con el puño de la derecha, para celebrar el empate. Es lo más que puedo hacer. El bar se ha ido llenando hasta parecer un gallinero infernal de gritos, conversaciones, rumores, idas y venidas, jaleo a tutiplén. Estoy rodeado de "enemigos" y tengo que ser muy cauto en la expresión de mis emociones futboleras. Sigue el partido. Penalti más que dudoso de un defensa del Depor sobre Raúl -otra vez-. Lo va tirar el figurín de Cristiano Ronaldo (me jode este tío por su aire de chulería y suficiencia). Aranzubía, el portero del Depor, adivina la trayectoria del lanzamiento y está a punto de atraparlo, pero no llega por centímetros. 2-1 para el Madrid. El bar estalla en un grito unánime de júbilo, mientras yo bajo la cabeza apesadumbrado: "¡Qué poco dura la alegría en casa del pobre!" -pienso filosóficamente, mientras le doy otro largo chupetón a mi Fanta-; me gustaría fumarme un cigarrillo para reforzar el consuelo, pero no quiero caer en el descontrol tabaquero: me aguantaré hasta el descanso.
Llega el intermedio con ventaja para el Madrid. Lo previsible. Terminada la Fanta, me levanto, aprovecho para acercarme a la barra a pedir un Bayleys -el camarero ya desiste de ponerme aperitivo alguno, advirtiendo mi ascético voto de ayuno- y a echar una meada. Entretengo el cuarto de hora del descanso fumándome el ansiado cigarrillo mientras contemplo tranquilamente a la "parroquia" que llena el bar y haciendo un somero estudio sociológico de la concurrencia.
El primer objeto de analísis que aparece ante mi vista es el Ledesma ("el-Ledehmma" -pronunciado en madrileño cheli: con "h" aspirada y marcando bien la doble "m"-). El Ledesma es un tipo de la misma edad que yo, apoximadamente, y formaba parte de la pandilla del barrio en la que yo estuve integrado en mi adolescencia y mi juventud. Lo veo ahí, sentado, en la mesa de al lado, a pocos centímetros de mi. Pero ni nos saludamos, aunque él sabe que yo lo conozco a él, él sabe que me conoce a mi, ambos sabemos que nos conocemos, que él vive en el edificio enfrente del mío, pero la comunicación está rota entre nosotros desde siempre. En realidad nunca hubo comunicación, porque, aunque formábamos parte de la misma "panda", no nos caíamos especialmente bien. Él era un chaval bastante agraciado físicamente, pero intelectualmente era un "zoquete" de tres pares de narices; yo era todo lo contrario: de hecho a mi me llamaba "nuestro Woody Allen" particular, más que nada por mi aspecto esquelético y desaliñado (en aquella época, mi uniforme de campaña eran el pantalón y la camisa vaqueros; el pelo largo, rebelde, despeinado; los cuatro pelos que me salían en el bigote y la barbilla..), mis gafas de miope y mi conversación de intelectual neurótico y neoyorquino; yo era serio y circunspecto; él era alegre y expansivo. Yo a él no le caía bien probablemente porque no soportaba su estupidez ni respondía a sus bromitas de "tocapelotas"; él no me caía bien a mí precisamente porque no tragaba su cerebro de lagartija ni sus estúpidas gracietas de payaso. Un ejemplo: Durante una época a él le dio la venada de emprenderla contra los "porreros"; que si eran unos delincuentes, que si había que matarlos a todos, que si no sé qué, que si no sé cuantos...Yo intentaba razonar con él; como progre que era, y pese a que no había fumado -ni fumaría- un puto porro en mi vida, trataba de convencerlo de que echar un canuto de vez den cuando no era lo mismo que ser un delincuente ni significaba que al fumador hubiera que condenarlo a la silla eléctrica, que los porreros, por el mero hecho de consumir un poco de hierba, no hacían daño a nadie. Era inútil: él seguía con lo suyo, dale que te pego...Conociendo su nivel de inteligencia rayando en la subnormalidad, yo sospechaba que aquella animadversión hacia los porreros no la había concebido él "de su cosecha", sino que debía obedecer a que habría oído en casa, a sus padres, alguna crítica hacia los fumadores de porros; él había asumido esa crítica de forma totalmente "a-crítica" y había iniciado por su cuenta una fanática campaña dialéctica contra los consumidores de haschis o de marihuana. No me equivocaba lo más mínimo: tiempo después, abandonó nuestra pandilla y se empezó a juntar con un grupo de "pasotas" que se pasaban el día sentados en un banco del barrio...fumando porros -él incluido, claro-. "He ahí un excelente ejemplo de coherencia intelectual" -pensaba yo irónicamente, cada vez que lo veía empuñando un canuto...-. Además de éso, el Ledesma era un cobarde y un aprensivo que se cagaba por la pata abajo a las primeras de cambio. Recuerdo que, en una ocasión, parte de la panda fuimos un verano de acampada al Valle del Tiétar; al Ledesma debía haberlo prevenido su padre contra los peligros de la "selva africana" en que nos íbamos a meter -dicho sea con toda la ironía del mundo-, haciendo especial hincapié en las arañas y los escorpiones que podíamos encontrarnos bajo las piedras. Una noche, mientras yo estaba durmiendo "a vivac" a la entrada de la tienda de campaña y los demás roncaban en el interior (yo no soportaba dormir dentro, porque los muy cerdos se dedicaban alegremente a tirarse pedos en plan festivo antes de ponerse a descansar -como quien tira fuegos artificiales-, y además les olían los piés a Roquefort -por su escaso apego a la higiene personal-; yo, por mi parte, ya era un "tiquis-miquis" con un olfato excesivamente delicado para soportar aquella peste y prefería dormir al raso lejos de ellos, contemplando el límpido cielo estrellado de la Sierra de Gredos); el caso es que una noche, como decía, todos nos despertamos sobresaltados por los desaforados gritos del Ledesma, que aullaba a voz en cuello: "¡La araña-la araña!", "¡el escorpión-el escorpión!"...Tenía una pesadilla, obviamente, provocada por el acojone que le había insuflado su padre ante tan dignos animalitos del Señor. Lo despertamos entre todos y continuamos descansando. Lo malo es que la pesadilla del Ledesma era recurrente y se repetía una noche sí y otra también, hasta ponernos a todos de los nervios...
Lo dicho: el Ledesma era un subnormal, un cerdo, un pedorro, un cagueta y un tocapelotas que a mi me repugnaba instintivamente. De modo que, cuando él encontró trabajo como dependiente en una tienda de ropa para caballero de la Gran Vía ("has tenido suerte -le dijo su padre cuando consiguió ese empleo-: el comercio es un trabajo de señoritos": el "comercio -pensaba yo-: ¡qué expresión más rancia y más antigua!"); cuando la pandilla del barrio se empezó a disolver con los años por las cosas de la vida, el Ledesma y yo, cuando casualmente nos cruzábamos por el barrio, nos hacíamos los tontos para evitar saludarnos, mirando hacia otro lado. Desde luego, no había "feeling" entre nosotros, no...Fue pasando el tiempo, lo perdí de vista una temporada y, unos años después, reapareció en mi campo visual, viviendo en el edificio frontero al mío, casado y con un par de hijos. Y ahora, tanto tiempo después, lo tenía sentado a unos centímetros de mi. en el bar. Junto a él estaba su mujer, una estrambótica tía fea, gorda, con gafas y pelo corto teñido de color zanahoria. La vulgaridad y la ordinariez en persona. Siempre me pregunté por qué el Ledesma se había casado con esa tía, siendo como había sido, un tipo agraciado físicamente y con esa simpatía simplona y esa conversación interminable -pero anodina- que tienen los tontos del culo. De joven, tenía bastante éxito entre las chicas. Me malicio que en alguno de sus innumerables escarceos amorosos, dejaría embarazada a la gorda y, por éso de seguir las convenciones sociales, se sentiría moralmente obligado a casarse con ella. Pero, de ser así, a sus cuarenta y tantos años, a él no se le veía especialmente frustrado o deprimido. Tenia la expresión bovina de cuarentón básicamente satisfecho con su vida de casado, padre de familia y "dependiente del comercio". El Ledesma y la foca de su mujer compartían mesa con una pareja más o menos de la misma edad que ellos: él, un tipo normal y corriente, con gafas, en pantalón corto, camiseta y chancletas, con el mismo aire atontado que el Ledesma propiamente dicho; ella, su mujer, era bajita, delgada, menuda y nerviosa como un gorrión, de facciones relativamente agradables; tenían dos hijos: un chaval muy majete de unos diez años y una niña más pequeñita, de seis o siete años; el chaval miraba atentamente el partido, sentado en una silla colocada un poco por delante de la mesa de los padres, y a su lado estaba la chiquilla, nulamente interesada en el partido, que se dedicaba a corretear por el local y a entrar y salir del establecimiento. Pues bien, mientras el chaval estaba absorto en el partido comiendo tranquilamente una bolsa de frutos secos, el Ledesma se dedicaba constantemente a tocarle las pelotas, dándole collejas o tirándole del lóbulo de la oreja sin venir a cuento...Exactamente igual que cuando era joven, con las mismas payasadas de siempre ("genio y figura hasta la sepultura", pensé yo para mis adentros): su evolución espiritual se había detenido y estancado, como la de los dinosaurios, en los 18 ó 20 años. Lo miré por última vez de reojo con más detenimiento, mientras él se limpiaba con un palillo los restos de la ración de patatas bravas o de calamares -vete tú a saber- que acaba de ingerir: estaba empezando a perder pelo (en concreto, por la coronilla, en la que apuntaba una especie de "tonsura" como la que se hacen los curas cuando son ordenados sacerdotes) y a echar una incipiente barriguilla, modelo "tripa cervecera". Me lo imaginé en el futuro, calvo y barrigón, como una especie de clon de Hommer Simpson, obligado a compartir cama con la vacaburra de su mujer, cada vez más gorda y menopaúsica, ambos estúpidamente autosatisfechos con su vulgar y aburrida vida. Me dio una especie de arcada de asco (como al protagonista de "La Naúsea" de Sartre, cuando, al ver las raíces de un árbol, comprende lo absurdo de la existencia y el sinsentido de la vida, mientras los demás siguen inconscientes, enfangados en sus anodinas ocupaciones cotidianas) y escupí disimuladamente en el suelo para aliviar mi repugnancia, mientras le echaba una nueva calada a mi cigarrillo.
Continúo con mi ejercicio de sociología barata, a la espera de que comience el segundo tiempo del partido. Detrás de mi, una pareja de treinta y tantos años: él, con pinta de español; ella es indudablemente sudamericana; morena, pelo liso, monilla de cara, con gafas; está embarazada de bastantes meses, ya que luce una prominente barriga. "¡Qué falta de responsabilidad! -pienso-: meterse, en su estado, en este garito infestado por una atmósfera como de `smog` londinense, donde el humo del tabaco acumulado en el ambiente podría cortarse un un cuchillo, con el riesgo que ello podría conllevar para el feto que lleva dentro". Supongo que la idea de venir a ver el partido habrá sido de él, y a ella no le habrá quedado más remedio que acompañarlo resignadamente: parece una chica sana, porque su consumición se reduce a una modesta botellita de agua mineral. Chupo otra vez ávidamente mi cigarrillo, contribuyendo inconscientemente con el humo que expelo a esos potenciales riesgos para la criatura que la sudamericana lleva dentro...
Un poco más allá, en otra mesa, un matrimonio de sesenta y tantos años, ambos callados y silenciosos. Son de esas parejas que ya llevan tantos años juntos que han agotado todos los temas de conversación posibles y no tienen nada que decirse. Se dejan llevar por la vida y el curso natural de las cosas, envejeciendo plácidamente el uno junto al otro. Supongo que cada uno de ellos habrá llegado ya a ver al otro más como un apacible perro de compañía que como a una persona...La mesa que me queda por analizar está ocupada por dos treintañeros ruidosos, que hablan y bromean a voces mientras consumen unas cervezas y una ración de patatas "ali-oli"; uno de ellos es especialmente escandaloso: en él reconozco al tipo que ha estado gritando como un poseso durante toda la primera parte cada vez que había una ocasión del Madrid, atronándome los oídos con sus aullidos y sus estúpidas bromas sin gracia que él cree muy graciosas y vocea para alborozo de la concurrencia. Tras las mesas de mármol, al fondo del local, donde están los servicios, la máquina de tabaco y la típica tragaperras, una pléyade de rostros anónimos y desconocidos amparados en la penumbra que invade esa parte del establecimiento, adonde no llega bien la luz de los fluorescentes. Del lado derecho de la pared en la que se encuentra instalada la pantalla del televisor me llega regularmente un chisporroteo extraño cuyo origen no consigo identificar, vuelvo la vista hacia esa esquina y mi mirada se topa con un artilugio metálico colgado del techo que emite una especie de luz ultravioleta: de vez en cuando, sobre su superficie se produce un imperceptible fogonazo acompañado de un leve chasquido. Comprendo inmediatamente: es una máquina mata-insectos, que los atrae con sus radiaciones y los quema en un santiamén. Vuelvo a sentir un poco de asco: menos mal que no estoy comiendo nada, porque, de lo contrario, creo que lo vomitaría...
Sigo con mi ejercicio de psicología barata, para entrenerme, más que nada...Dirijo mi atención hacia la barra del bar. Veo un par de caras conocidas. Se trata de dos tipos de alrededor de sesenta años, pero muy diferentes en cuanto al aspecto físico. Uno es enjuto, delgado, con el pelo cano, nervioso como un rabo de lagartija (tics incluídos). El otro es orondo, gordo, tranquilote. Tiene la particularidad de leer el periódico con lupa -sic-, a pesar de que usa gafas: algún defecto visual incorregible con las gafas, supongo....Yo los llamo "los viudos", porque siempre andan sólos por los bares del barrio, sin esposa o pareja conocida. Como las estadísticas demuestran que las mujeres, pese a su inferior fuerza muscular, son mucho más resistentes que los hombres desde el punto de vista biológico (hay muchas más viudas que viudos), imagino que esos dos caballeros son viudos y han perdido a su pareja/mujer. De modo que pasan su vida arrastrándose por los bares del barrio, uno inquieto y nervioso, hablando sólo; el otro más tranquilo y circunspecto, leyendo los periódicos con lupa. Ambos me dan pena y suscitan en mi un sentimiento de compasión. Son como dos borreguillos que sienten horror a estar en casa sólos y por éso se dedican a integrarse en rebaño, para huír de ese sentimiento de soledad. De ahí que dediquen su vida a recorrer una vez y otra también los bares del barrio, buscando, justamente, el calor del rebaño. "El hombre es un animal gregario", dijo no sé quién. "El hombre es un ´zoon politikon´", dijo el filósofo Aristóteles: no un "animal político", como equivocadamente se suele traducir, sino un "animal social" -como traduzco yo más correctamente, creo-; en la antigua Grecia, la "polis" era una pequeña Ciudad-Estado en la que todo el mundo se conocía, hablaba, se relacionaba y se sentía integrado. Ser viudo es mucho más difícil que ser viuda, por las razones estadísticas que he apuntado antes. Las viudas se lo montan bien: como son muy numerosas, hacen amigas enseguida -mujeres mayores en su misma situación-, para tomar un café con un bollo, jugar a las cartas o simplemento charlar. Ser viudo es más jodido, porque hay poco hombres en esa situación. Ser viuda es lo "natural" -digamos-. Ser viudo es "antinatural" -continuamos diciendo-: el viudo se ha atrevido a desafiar las leyesde la naturaleza, viviendo más que su mujer. Su castigo es duro: verse obligado a deambular por los bares de cualquier extrarradio madrileño buscando "el calor del rebaño". A mis dos viudos, el partido de fútbol les importa un pijo: lo que quieren es no sentirse sólos, simple y llanamente. Por éso estan en el bar.
Pego una fuerte calada a mi cigarrillo para dejar de sentir pena por mis dos viudos: la vida es así, chicos, y hay que joderse. Sigo dirigiendo mi atención hacia el panorama de la barra del bar. ¡Vaya: el "aristócrata"me saluda desde su banqueta!. Es un tipo alto, delgado, enjuto, de pelo cano, con pinta de Lord inglés. Por éso yo lo llamo "el aristócrata". A sus sesenta y tantos años largos se conserva estupendamente (no sé si hace deporte o es cosa genética). Vive en el portal de al lado de mi casa, aunque los dos damos al mismo patio. Este hombre me ha cogido una simpatía especial, no sé muy bien por qué. Aunque está jubilado, éso esta claro, regenta una especie de almacén de ropa -o no sé yo qué- muy cerca del bar "La Cachimba". Cuando nos cruzamos por la calle o nos enontramos en algún sitio -tienda, bareto, lo que sea-, siempre me llama "amigo" o "caballero". Un día me dijo: "¡'Menudo cochazo tiene usted -siempre me trata de ´usted`-!"; "no hombre, no, -le repliqué yo-: es simplemente un modesto ´Hyunday coupé´, un coche coreano de lo más normalito". "Pero esa pinta de ´deportivo` que tiene está fenomenal -me contestó él-". Tenía su parte de razón: el Hyunday coupé lo compré cuando mi viejo y entrañable Peugeot 205 se fue "a tomar p´ol culo" en un aparatoso accidente en la M-30, una madrugada de Sábado que volvía a casa con unas cuantas copas de más. Me gustó porque tiene una preciosa línea deportiva, cuatro asientos y un maletero de capacidad considerable. Es un "deportivo" con unas características parecidas a las de un choce normal; aunque también tiene sus inconvenientes: por ejemplo, al ser "coupé" ("cortado", en francés), los asientos de atrás son muy reducidos e incómodos, y el techo baja bruscamente, de modo que solo pueden sentarse en ellos personas de baja estatura -de lo contrario darían con la cabeza en el techo-. Pero bueno, el "aristócrata" tiene razón y, para mi situación personal -soltero y sin compromiso- y económica, es un coche fenomenal. No tengo ni puta idea de mecánica ni entiendo un carajo de autómóviles. A mi los coches me llaman la atención por lo bonitos que son (soy un "esteta": ¡qué le voy a hacer!). Mi sueño es tener algún día un "Ferrari testarrosa" -aunque mi hermanito pequeño, que entiende de coches mucho más que yo, dice que ya no se fabrican-; un Sábado por la noche, de farra nocturna, mientras yo iba al volante de mi modesto -pero bonito- Peugeot 205, vi un Ferrari en pleno Paseo de La Castellana que me dejó sin aliento. Era un verdadero Ferrari, pero no de color rojo -como suele ser habitual-, sino de una especie de color azul cobalto metalizado que me enamoró. Desde entonces, sueño con ese coche -. Si algún día llego a ser rico y famoso (cosa segura e indudable -si algun vez decido empezar a jugar a la "primitiva"...-), me compro el coche ése de todas-todas (¡anda que no voy a fardar yo ni nada con él! -y de paso, a ligar como un demonio: las mujeres, pese a su supuesto romanticismo son unas materialistas que se fijan mucho en ese tipo de detalles-. Volviendo a la realidad respondo con un cansado gesto anodino al saludo del "aristócrata". Yo he bajado al bar a ver un partido de fútbol, no a hacer "vida social".
Continúo con mis pesquisas "sociologueras", mientras doy el enésimo chupetón a mi interminable cigarrillo. De pronto encuentro clavada en mí la mirada de Pepe, el dueño del bar. Pepe es un tipo muy peculair. En realidad se le llama familiarmente "Pepito", porque el verdadero "Pepe" era su padre, un asturiano orondo y bastante "pelota", que sabía ganarse a la clientela con su sonrisa melílfua y sus muchas reverencias a los parroquianos del bar. Pero el padre murió -como todos los padres biológicos: los padres "espirituales" no mueren nunca, ya digo-. El caso es que "Pepito" tenía una obesidad mórbida, o sea, genética, que había heredado de su padre. Una noche estaba yo en casa, viendo tranquilamente en la tele una peli; en un momento dado me entró sed y me dirigí a la cocina a beber; al pasar por el vestíbulo de la entrada oí afuera una especie de jadeo o resuello como de alguien que estuviera agonizando; un poco preocupado, observé discretamente por la mirilla de la puerta: era Pepe-padre que subá las escaleras. Algo muy chungo. Poco tiempo después, más o menos en las mismas circunstancias, vi a Pepito hijo resollando de agonía. De modo que Pepito, con buen criterio, decidió hace unos pocos años operarse de una "reducción de estómago", segura y principalmente por razones de salud -quizá también por razones estéticas, no sé-. El resultado de la intervención quirúrgica fue impresionante: bajó como 50 kilos, más o menos. Ahora, probablemente por contraste con su apecto anterior, parece hasta anoréxico y todo....Pepito es un tipo misterioso: se pasa la vida trabajando en su bar. Tiene una mirada vacía y hueca. Yo creo que está a medio camino entre el "apático" y el "amorfo" de Le Senne (para más información consúltese el "Tratado de Caractorlogía" de Renné Le Senne - ¿PUF: "Pesses universitaires de France"? -no sé, ya no me acuerdo bien: esta edad mía es lo que tiene: empiezan a dar lata el Alzheimer y la próstata-); según la clasificación caracterológica de Le Senne, yo sería un "Apasionado para-sentimental" o un "Sentimental para-apasionado", que viene a ser algo parecido; la inefable Clito sería una "Activa exhuberante" clarísima; Hetero una "Nerviosa" atenuada, quizá. El caso es que Pepe -vamos de dejarnos de diminutivos y a llamarlo así, a partir de ahora: su padre ya murió, como he dicho, y él ha heredado su nombre-, tiene su mirada clavada en mí. No sé por qué será. Quizá sea simplemente porque soy el único parroquiano del bar que está más solo que la una -mi amigo Jose que no acaba de llegar...-; porque le gusto (cosa improbable, aunque su orientación sexual me es desconocida...); o, más probablemente, porque, de algún modo, se siente identificado conmigo: ambos estamos en la cuarentena, somos de carácter "serio", vivimos aún en el nido familiar (ese "miedo a volar" del que hablaba Erika Jong en su famosa novela), estamos solteros y sin compromiso, con pocos o ningún amigo...Tenemos muchas cosas en común, Pepe y yo. Pero tras la mirada vacía y la aparente frialdad temperamental de un supuesto "apático/amorfo" como Pepe, hay vida: hace una temporada -según me contó mi madre-, el chico estuvo sumido durante un par de meses en una depresión "porque no le gustaba lo del bar" (bar que alquiló durante ese tiempo de "bajón" anímico a otro tipo, muy amable, por cierto). Llevar un bar es difícil, porque tienes que abrir a las 8 de la mañana como muy tarde -para acoger a los obreros que vienen a trabajar al barrio y entran a desayunar su cafe con churros y a tomarse su carajillo para enfrentar con ánimos su dura jornada laboral- y cerrar a las tantas de la noche -los impenitentes borrachos que siguen dando la lata a esas horas, contándoles su vida, que a nadie interesa, a los sufridos camareros...-; aparte, los fines de semana, cuando todo el mundo se está divirtiendo, tú tienes que estar jodido, atendiendo a la clientela; además, si eres el dueño -como es el caso de Pepe- recae sobre ti la responsabilidad de vigilar que todo funcione bien, fijar los precios, establecer el menú del día, gestionar las facturas para entenderte con Hacienda...Un auténtico coñazo, ya digo. Pepe podía haber aprovechado que heredó de su padre un notable patrimonio (el bar, los tres pisos que tiene en nuestra Comunidad, otra pléyade de locales comerciales y pisos alquilados que sería prolijo relatar aquí, más -probablemente- unas bien nutridas cuentas bancarias...) para hacer lo que quisiera, si no le gustaba el bar. Por ejemplo: estudiar una buena carrera que le gustara -qué sé yo: Derecho, Económicas, Teleco; lo que fuera-. Tiempo y recursos tenía para ello, pero nada: se quedó en casa hundido en la depresión. Su abulia constitucional le impidió buscar "la luz al final del túnel·, y después de esos dos meses de "bajón" anímico, volvió a retomar lo del bar porque se dio cuenta de que no servía para otra cosa. Pepe me cae bien: es muy amable conmigo, y tal; y la simpatía es recíproca: me gusta ese chico serio y ex-obeso que ha demostrado tener sensibilidad cayendo en la depresión (los imbéciles sin sentimientos no se deprimen nunca: por ejemplo, el Ledehmma -ya sabeis cómo se pronuncia-). Vivimos en la misma planta del edificio contiguo, puerta con puerta, pero nuestras relaciones no pasan de un protocolario "hola y adiós" cuando nos encontramos por la escalera. Me gustaría ser amigo suyo, pero no sé cómo decírselo. Sin embargo, ojo: no hay que dejarse llevar por las apariencias. El día de descanso de Pepe es el Lunes, cuando cierra el bar; recuerdo que un Martes, por la mañana temprano, cuando yo salía a trabajar, mientras caía una tormenta impresionante sobre nuestro barrio, me encontré a Pepe entrando en el portal: venía todo trajeado, apretándose el cuello de la americana con una mano para minimizar los efectos de los goterones que habían caído sobre él, tras dejar aparcado su Ferrari -él sí tiene uno- frente a nuestro edificio (ése sí que es un cochazo, y no el miserable Hyundai coupé que yo tengo, pese a que al "aristócrata" le parezca el colmo automovilístico). Pepe, por tanto, volvía de pasar la noche fuera de casa, ya de madrugada. Me entró la curiosidad: ¿tendría un "picadero" secreto? -con su nivel económico se lo podría permitir perfectamente-; ¿volvería de una noche de juerga con amigos para mi desconocidos? -nunca lo he visto con amigo alguno-; ¿habría salido de putas para aliviar sus necesidades sexuales en la noche de su día libre?. No sé, todo son hipótesis: el caso es que Pepe llevaba una doble vida, éso está mas claro que el agua. Un misterio más que añadir a un tipo ya tan misterioso por naturaleza como él.
Me desengancho de la mirada de Pepe y vuelvo a analizar al personal ubicado en la barra del bar. "¡Coño -exclamo para mi-: pero si ahí están Carlitos y su mujer!". ¿Cómo su presencia se me ha podido pasar por alto?. Supongo que porque debieron entrar en el bar mientras yo estaba embobado viendo el partido y no me había dado cuenta hasta ahora. Carlos (un tipo fornido y fuertote que gasta un buen bigote de los de antes, tiene una voz muy masculina y grave, trabaja como oficinista en una sucursal de Cajamadrid y políticamente es comunista -mi hermano me contó que una vez lo vio repartiendo propaganda de Izquierda Unida o de Comisiones Obreras por la calle-) y Mercedes -su mujer- viven en el Bajo D de mi edificio. Ese piso tiene la particularidad de ser el más pequeño de toda la Comunidad -en la que ya de por sí los pisos "normales" son auténticas "cajas de zapatos"-. Así pues, el piso de Carlos es una ratonera, por lo que, de acuerdo con los Estatutos comunitarios en relación con la Ley de Propiedad Horizontal, le corresponde una cuota del 3,1% en los gastos de la Comunidad, mientras que a los demás vecinos les corresponde una participación del 5,1%. Hasta aquí, todo normal. El caso es que, hará como unos 10 años o así, a mi madre le tocó la Presidencia rotatoria de la Comunidad. Mi madre ya estaba mayor para asumir esa función, de modo que "el marrón" recayó sobre mis espaldas (un treintaañero Licenciado en Derecho: el "pringao" ideal para hacer de Presidente comunitario); y encima, en aquella época, no teníamos administrador (el Presidente de turno tenía que encargarse absolutamente de todo: llevar la contabilidad, controlar que todos los vecinos pagaran sus cuotas a tiempo, entenderse con las empresas suministradoras de agua, gas y electricidad -cuidando que en la cuenta comunitaria hubiera siempre dinero para pagar los recibos, a riesgo, de lo contrario, de que nos cortaran el suministro-: o sea, un auténtico coñazo). Yo ya había oído -por mi madre- que Carlitos era mal pagador. Siempre andaba remiso a la hora de abonar el dinero que le correspondía para sufragar los gastos comunitarios (por ejemplo: una de sus costumbres era pagarlo todo -éso si pagaba- a final de año, en Navidades o así, sin entender que cada trimestre venía el recibo del agua, de la luz, del gas, de la señora de la limpieza: o sea, que si todo el mundo hiciera como él, nos quedaríamos "a dos velas"). Claro que yo oía todo aquello "como quien oye llover", porque no me afectaba lo más mínimo. Hasta que tuve que asumir la Presidencia de la Comunidad "de facto" (la Presidencia "de iure" correspondía a mi madre, que ni siquiera bajaba a las Juntas). En la reunión anual en la que se produjo el "traspaso de poderes" (poderes que, por cierto, recibí de Pepe-padre, el fundador y dueño del bar "La Cachimba", que por entonces aún vivía) estaba casualmente Carlitos -muy bien trajeado-, que no tiene por costumbre acudir a las Juntas. El Presidente saliente entrega las cuentas de la Comunidad al entrante, y la contabilidad se somete al voto de ratificación de los vecinos. Al entregarme Pepe las cuentas, advierto que Carlos no ha pagado aún absolutamente nada: ni las cuotas mensuales ni las derramas por obras ni nada. "Mal empezamos -me dije-". Le pido a Pepe que me explique por qué Carlos no ha pagado (el resto de los vecinos está completamente al día en sus pagos); él empieza a remolonear e irse por las ramas (Carlos es uno de los mejores clientes de su bar: de hecho, siempre se le ve con su mujer recorriendo, por las tardes/noches, todos los bares del barrio; es su peculiar entretenimiento -otros se dedican a morder esquinas...-). Mi cabreo va aumentando, hasta que, en un momento dado, exclamo a voz en grito: "¡Pepe!: ¿cuánto debe exactamente Carlos a la Comunidad?. Pepe baja la cabeza abrumado y me contesta, mirando al suelo: "todo". Mi mala leche alcanza su más alto extremo. Me vuelvo hacia Carlitos pidiéndole explicaciones: el tío va y me contesta "con más morro que un oso hormiguero" que él no le debe nada a la Comunidad; que es más bien la Comunidad la que le debe dinero a él. No me lo puedo creer.
La historia es la siguiente: hace años, Carlitos, que, como he dicho, vive en un bajo que es una auténtica ratonera, decidió construir en su patio una especie de saliente techado, a modo de prolongación de su piso, como almacén o cuarto trastero para guardar cosas. Los patios son zonas comunes y las obras eran, por tanto, ilegales a todas luces (con el agravante de que para hacerlas, Don Carlos -no el de Schiller, precisamente-, no se había molestado en pedir la autorización de la Comunidad). Hubo un follón del demonio, aunque al final se llegó a un acuerdo que era una transacción: los vecinos consentían en que Carlos conservara el "chiringuito" que se había constuído en su patio a cambio de que él contribuyera a los gastos de la Comunidad en igualdad de condiciones con los demás (en lugar de su cuota estatutaria del 3,1, pasar al 5,1). Ahí quedó la cosa. Carlitos, mal que bien -más mal que bien, todo hay que decirlo- fue pagando. Hasta que la Presidencia le tocó a mi madre. "Charly" consideraba que había llegado el momento de volver al "statu quo" anterior, aprovechando malévolamente -hay que ser cabrón...- que la nueva Presidenta era una vieja que ya estaba "un poco p´allá". Sin embargo, nuestro amigo no había contado con que el verdadero Presidente iba a ser el hijo de la vieja, un tipo cabezota y con muy mala hostia que no estaba en absoluto dispuesto a permitir la artera maniobra de "Charly". Menudo hijoputa: quería romper unilateralmente el trato de años atrás y volver a su cuota de 3,1 -escaqueándose por su cara bonita del 5,1 que en justicia le correspondía-. "Menudo COMUNISTA está hecho éste -pensé yo-, que no paga ni lo que debe a su COMUNIDAD de vecinos". A partir de ese momento "se armó el pitote padre". El caso es que Pepe, el patriarca fundador de "La Cachimba", como hábil comerciante que era, había "maquillado" las cuentas comunitarias. El "traspaso de poderes" se produjo a mediados del mes de Enero y las cuentas que me entregaba daban saldo positivo. "Stupendo" -me dije yo-. Sin embargo, durante el año anterior se habían realizado en la Comunidad unas obras de cierta consideración. El bueno de Pepe -supongo que sin malicia...- había imputado el importe de tales obras al ejercicio siguiente -en el que a mi me tocaba ser Presidente-, ignorando los fundamentos elementales de una ordenada contabilidad, uno de cuyos principios básicos es el del "devengo", que obliga a imputar los GASTOS al momento en que se realizan -el año anterior-, no al instante en que hay que proceder al PAGO -el año vigente- (es como si uno compra algo con la VISA: cuando se realiza el gasto es en el momento en que se lleva a cabo la adquisición, mientras que el pago te lo pasan por la cuenta bancaria al mes siguiente). De modo que, en realidad, las cuentas comunitarias no presentaban un saldo positivo -como yo, al principio, creía ingénuamente- sino un salvo negativo "del copón bendito": La Comunidad debía pagar en mi año de Presidencia una considerable deuda...Bueno, el caso es que, mal que bien, fuimos tirando hasta el comienzo del verano. Pero en ese momento me di cuenta de que estaban a punto de venir una serie de recibos -agua, electricidad, luz, limpieza- que no íbamos a poder atender, porque la cuenta de la Comunidad estaba más seca que el río Manzanares a finales de Agosto (una vez, al insigne literato Don Francisco de Quevedo y Villegas, le ofrecieron un vaso de agua mientras estaba catando un buen vino en una taberna de la época: "¡Que se lo den al Manzanares -dijo con desprecio-, que lo necesita más que yo!"). Se imponía, por tanto, convocar una Junta General Extraordinaria para pedir a los vecinos una derrama especial a fin de atender el pago de los recibos que se nos venían encima. Yo, con mi "ordenata", me encargué de redactar e imprimir el cartel de convotaria, cuidando de poner al final, como último punto del orden del día: "problema de la deuda del vecino del Bajo D con la Comunidad". Era un Sábado por la mañana, y bajé a colocar el cartel de convocatoria en el lugar acostumbrado: el vestíbulo del portal comunitario, junto a los buzones...y, casualmente, al lado del piso de "Charly". Luego salí a hacer la compra semanal. Al volver, el cartel de convocatoria había desaparecido. No lo dudé un momento y pulsé el timbre de la casa de Carlos; salió a atenderme su mujer, a la que pregunté: "Mercedes: ¿tú sabes quién ha quitado el cartel de convocatoria a la Junta Extraordinaria?"; "sí -respondió ella sin cortarse un pelo-: ha sido Carlos, mi marido". Yo, obviamente, ya lo sabía, pero, como buen jurista que soy, quería una certificación -aunque nada más fuese verbal- del hecho. "¿Y por qué lo ha hecho -le repliqué a Mercedes-?"; "porque se ha sentido herido en su dignidad por el tema ese que has puesto de la deuda: nosotros no tenemos ninguna deuda con la Comunidad -me dijo ella con t´ol morro-". Vale: se había declarado la guerra entre Carlitos y yo. Subí a casa, encendí mi ordenador, busqué el documento de convocatoria a la Junta que tenía archivado e imprimí unos 10 ó 12 ejemplares, que coloqué en todas partes: en el vestíbulo, junto a los buzones -su sitio natural-; en el espejo del susodicho vestíbulo; en la puerta de entrada a los cuartos trasteros; en el bajo, junto al interruptor de la luz; en todas y cada una de las plantas del edificio; en las paredes anejas escaleras y, para remate, pegué con "celo" el último cartel que me quedaba en la mismísima puerta del Bajo D, el piso de Carlos. "¿No quieres caldo: pues toma taza y media?" -me dije yo- (en este caso, unas 10 ó 12 tazas...). Luego salí a tomar mi habitual Martini rojo del aperitivo de los Sábados y Domingos antes de la comida. Al volver a casa me quedé estupefacto: todos y cada uno de los carteles habían sido arrancados. Está bien: "aquí se está preparando una buena batalla" -me dije-.
Subí a casa, comí, dormí un rato la siesta, me duché y cené. Había quedado con Jose y otro amigo -Javi- para irnos de farra sabatina nocturna. Javi era el que iba a llevar su coche, pasando primero a recoger a Jose y viniendo luego a buscarme a mi. Serían algo así como las 11 de la noche y bajé a la calle a esperar a que llegaran Jose y Javi en el coche de éste. Sin embargo, mientras los esperaba, pensé en los carteles arrancados y se me subió la sangre a la cabeza (yo es que soy un poco "bronca", qué le vamos a hacer). Sabía que Carlitos y Mercedes eran mucho "de bares"; no tenían dinero para pagar sus deudas comunitarias, pero desde luego les sobraba para vino y cerveza (¡mira que me jode éso!: el deber es antes que el placer; tal es mi opinión). Intuí que a aquellas horas la pareja estaría ya de recogida y, ¿dónde solían acabar su habitual "ronda barística"?: En "La Cachimba" precisamente, "el bar de la esquina", que yo tenía allí mismo, a pocos metros de distancia. No lo dudé: calculé que Javi y Jose tardarían aún unos minutos en llegar y decidí aprovecharlos bien aprovechados. Me dirigí directamente a "La Cachimba" con cara de muy mala hostia: a la entrada, el dueño y patriarca Pepe estaba tomando el fresco, e intentó detenerme: "Miguel, por favor..." -me suplicó-. Pero yo estaba "como una moto" y creo que ni oí su ruego. Entré en el bar y ¡bingo!: allí estaban -como yo suponia- Carlitos y su mujer trasegando su vino o su cerveza (o lo que coño fuera) con un par de parejas compañeras de "tapeo". Me dirigí directamente hacia Carlos y le dije: "Oye: ¿tú por qué has arrancado los carteles de convocatoria a la Junta que yo coloqué?"; "porque me ha salido de los cojones" -me contestó el tío con todo su descaro-. Entonces, ya, yo estallé como una bomba, y le eché una bronca monumental a gritos, que incluía todo tipo de lindezas, cual Júpiter o Zeus tronante. Al terminar mi arenga, "Charly", con hipócrita sonrisa (la misma que se dibujaba en la cara de su mujer), me dijo, muy tranquilo: "Oye chaval, tú te estás buscando un par de buenos cachetes"; "¡venga -repliqué yo-: aquí tienes mi careto; atrévete a dármelos, si tantos cojones tienes!". Carlos, como ya he dicho, es un tipo fuerte, corpulento y musculoso (yo soy más bien endeble muscularmente hablando): una hostia suya podría mandarme directamente a Madagascar o a la Antártida... Pero Carlos comprendió que yo estaba muy alterado y, haciendo gala de madurez, no abusó de su fuerza física (lo cual le honra, todo hay que decirlo, porque yo le había dado con mi arenga motivos bastantes para darle el pretexto de pegarme una buena leche). "Mira, chico, déjame en paz, anda" -se limitó a decirme-; "¿en paz -insistí yo como una furia infernal-: mañana voy a volver a poner los carteles y como los quites otra vez, me dirijo directamente a la Comisaría más cercana y te meto una denuncia que te vas a cagar por la pata abajo"; "es más -continué ya como una locomotora de tren que ha descarrilado y sigue corriendo, desbocada, fuera de la vía-: ni voy a poner cartel alguno ni voy a esperar a que tú lo quites: mañana voy a denunciarte a la Comisaría de Campamento, sin más". Él me miró como si me perdonara la vida y se limitó a decirle a su gente que ya era hora de retirarse. Ellos salieron primero y yo después. Al abandonar el bar, Pepe, el patriarca, se limitó a apretarme suavemente el brazo con gesto de comprensión. Volví frente a mi portal. Ya estaban allí Javi y Jose; Javi me preguntó que dónde estaba, que habían llamado al timbre de mi casa y no me encontraban, que por qué había tardado tanto...No obstante, al ver mi cara desencajada, me preguntó finalmente -ya debería haber empezado por ahí- que qué me había pasado; mientras íbamos hacia el centro de la ciudad en su coche, aproveché para desahogarme con mis amigos (los amigos están para éso, ¿no?, para eschucar y aguantar las neuras de sus colegas, supongo).
Bueno, pues "dicho y hecho": el Domingo por la mañana, tras levantarme y asearme, sin desayunar siquiera, me dirigí a la Comisaría más cercana a mi domicilio, la de Campamento, donde interpuse una denuncia contra Carlos por un delito de coacciones (que el Código Penal define, en su vertiente "negativa", como "impedir a alguien hacer lo que quiere y tiene derecho a llevar a cabo" -o algo por el estilo: no lo tengo delante, sorry...-). O sea, impedirme a mi, como Presidente "de facto" de mi Comunidad de vecinos realizar algo a lo que tenía perfecto derecho -y obligación, incluso-: convocar una Junta Extraordinaria. El "madero" que me tomó declaración me miraba con expresión escéptica y cansina, como diciendo: "otro puñetero follón de Comunidad de Vecinos: nada nuevo bajo el sol...". Debe ser duro ser "poli" en una espléndida mañana de domingo, cuando a uno le toca trabajar y, encima, aguantar el rollo patatero de fanáticos idealistas como yo, que reclaman Justicia a toda costa, aunque se hunda el mundo -"fiat iustitia et pereat mundo", dice el adagio latino- (creo que el tío hasta bostezó alguna vez y todo, mientras ponía por escrito mi diatriba). Sin embargo, debo reconocer que a mi la "vía penal" me importaba un carajo y, en realidad, no era más que una maniobra de distracción en mi estrategia contra Carlitos. De hecho desembocó en un juicio rápido en el que la Magistrada no se anduvo por las ramas y empezó la vista oral preguntándole directamente a Carlos (que asistía al acto muy trajeado y "repeinao"): "¿Por qué arrancó usted los carteles de convocatoria a la Junta?". Nótese el matiz; su interrogación no fue "¿Arrancó Vd. los carteles....?": La Jueza, obviamente, daba por hecho que los había arrancado. El cabrón contestó con cara de inocente: "yo de ese asunto no sé nada". "Otro puñetero lío de Comunidad de Vecinos", pensaría también seguramente la Jueza, que acto seguido se dirigió a mi: "¿Realmente quiere Vd. que se condene a este señor?" -me espetó-. Yo contesté: "Mire señora Jueza, yo no quiero hacerle a ese señor ningún daño; solo pretendo `pararle los pies´, intento que entienda que no se puede ir por la vida de prepotente, haciendo lo que a uno le da la gana. Ese era el verdadero propósito de mi denuncia, que estoy dispuesto a retirar ahora mismo si ese caballero reconoce públicamente ante Su Señoría su desafuero, me pide disculpas y promete no volver a hacerlo". La Jueza miró a Carlos, pero él ni pestañeó: no estaba dispuesto a reconocer culpa alguna, ni a pedirme disculpas ni a hacer propósito de enmienda. La Magistrada zanjó el asunto como era de ley hacerlo, dictando verbalmente sentencia en la que se absolvía al denunciado por falta de pruebas -aunque estoy seguro de que tenía la convicción moral de que Carlos era culpable- (yo no aporté ningún testigo ni nada por el estilo; quizá nadie vio siquiera cómo Carlos arrancaba los carteles: yo estaba en manos de él, y solo el reconocimiento de su falta "de motu propio" hubiera podido operar como prueba de cargo). Él, claro, en su prepotencia, no podía dejar que yo manchara su estimada "honorabilidad" -casi me da risa aplicarle esta cualidad-, y menos ante un Juzgado, pese a que yo me había mostrado dispuesto a retirar la denuncia -lo cual implicaba su absolución- si reconocía su culpa. Cuando el juicio terminó, nos levantamos y salimos de la sala. Entonces se me volvió a subir la sangre a la cabeza (a lo mejor, contra mi convicción de que creo ser un buen chico, en realidad soy un "pendenciero" de la hostia...), me acerqué a Carlitos, lo cogí por un brazo y le espeté a la cara: "¡Así que ése es tu tan apreciado honor, cabrón mentiroso!: ya que presumes de tener tantos güevos, ¿por qué no te atreviste a decir la verdad ahí dentro, cobarde de mierda?". Visto que la cosa se estaba calentando más de la cuenta, su abogada tuvo que separarnos, por si acaso...
No obstante, repito que a mi la "vía penal" me importaba un güevo: haber demostrado a chulito de "Charly" que había alguien dispuesto a enfrentarse a él y pararle los pies me era suficiente (aunque en el juicio hubiera sido absuelto: algo irrelevante, porque no odiaba tanto a Carlos como para querer verlo entre rejas). Lo que a mi me interesaba realmente era la "vía civil": o sea, que Carlitos pagara religiosamente lo que debía a la Comunidad y, sobre todo, que un Juez emitiera una sentencia en la que declarase que, en virtud del acuerdo alcanzado con los demás vecinos años atrás, debía en adelante pagar una cuota del 5,1%, aunque los Estatutos comunitarios le adjudicaran una cuota de solamente el 3,1%. Ahí estaba el "quid" de la cuestión. Así que, ni corto ni perezoso, me dirigí al Colegio de Abogados a fin de obtener una habilitación para defender a mi madre en el proceso civil que pensaba entablar contra Carlos (los Licenciados en Derecho, aunque no ejerzan como Abogados -como es mi caso: yo soy funcionario-, gozan del privilegio de poder actuar como tales en juicio, sea en defensa propia o de familares hasta el 2º grado -previo pago de unas tasas, claro-). Interpuse la demanda en cuestión y se celebró el juicio. O más bien, la "parodia de juicio", porque aquello fue una auténtica payasada. La Ley dice que la vista oral de los juicios tiene que celebrarse necesariamente en presencia del Juez o Magistrado y en un local adecuado. Al subir al Juzgado -que creo recordar que estaba en la Gran Vía-, nos pasaron directamente a las oficinas. Yo iba acompañado de mi madre y de un vecino llamado Ángel, que era justamente el Presidente de la Comunidad cuando lo del lío por el "chiringuito" que Carlos había montado en su patio. Ángel estaba ya bastante mayor, pero su ayuda me resultó de un valor inestimable: me explicó bien todos los entresijos del asunto, me indicó la fecha aproximada del acta de la reunión en que se llegó al acuerdo que zanjó el problema (lo que me facilitó localizarla y fotocopiarla en el Libro de Actas de la Comunidad, como prueba) y, sobre todo, pese a su avanzada edad, fue el único de todos los vecinos que estuvo dispuesto a "mojarse el culo" y dar la cara (los demás, todos unos caguetas: en las Juntas mucho "que sí, que sí, que hay que pararle los pies a Carlos, que lo estás haciendo muy bien, chaval"; pero, a la hora de la verdad, cuando les comuniqué el día y la hora en que se iba a celebrar el juicio -pidiéndoles implícitamente que acudieran como testigos-, todos bajaron la cabeza, se miraron las uñas de las manos, silbaron mirando al techo o dieron las excusas más peregrinas para no acudir: lo que yo digo, todos unos malditos cagones de mierda); Ángel, en cambio, era un hombre valiente, recto y honesto, probablemente otro idealista fanático de la Verdad y de la Justicia -como quien suscribe-. Bueno: el caso es que estábamos en las oficinas del Juzgado. Yo esperaba que nos pasaran a la Sala de vistas, donde la Magistrada -al parecer era una mujer- escucharía mis alegaciones como demandante y las de la abogada de Carlos como demandado (una chica relativamente joven que, al parecer trabajaba para Comisiones Obreras y a la que probablemente Carlos habría conocido en sus devaneos de "comunista que ni siquiera paga la comunidad"), tomaría tranquilamente declaración a mi madre y a Ángel. Incluso cometi la enorme ingenuidad de preguntarle a una empleada del Juzgado si se necesitaba toga para actuar como Abogado en el juicio, interrogación a la que ella contestó haciendo un gesto negativode con la cabeza, mientras en su cara se dibujaba una sonrisa irónica cuyo significado no entendí al principio. Pronto lo entendería: De repente, aparece un Oficial del Juzgado, apresurado y con cara de pocos amigos, trayendo el expediente del proceso; lo coloca sobre la mesa de una Auxiliar y da por iniciado el juicio, mientras las cinco personas interesadas permanecíamos de pie ante la mesa en cuestión. Ni presencia de la Magistrada, ni Sala de vistas, ni nada de nada. Una auténtica vergüenza, vamos (¡Cómo está la Justicia en este país, Señor...!). Yo muestro mi extrañeza ante aquella parodia, pero el Oficial me ataja rápidamente diciendo que el Juzgado tiene mucho trabajo y la Magistrada y la Sala de vistas están reservadas para los casos más importantes, mientras que nuestro asunto es una "nimiedad". Protesto: "¡será una nimiedad para usted -exclamo-, pero para nosotros es muy importante!". El Oficial me mira con cara de cabreo, como diciendo: "¡anda, qué se habrá creído el `pijotero´ éste...!.". Desde ese momento, el mal rollo entre el Oficial y yo es patente. "Mal asunto -pienso-: me temo que tenemos medio juicio perdido, considerando la importancia e influencia que este tipo parece tener en el caso". Paso a exponer mi alegato; el Oficial le dicta a la Auxiliar lo que tiene que poner en el acta y lo hace tan telegráficamente que buena parte del sentido de mis alegaciones se pierde; por más que protesto, el tío desestima todas mis quejas. Cuando me toca preguntar a Carlos y a su Abogada, el Oficial desestima la mayor parte de mis preguntas por considerarlas "improcedentes". En cambio, cuando la Abogada de Carlos pregunta a mi madre y a Ángel cuestiones bastante complejas para dos personas mayores, para cuya respuesta se requiere consultar datos (fechas, cifras, etc...) y el asesoramiento del Letrado, el Oficial ése de los cojones no pone reparo alguno; intento cortar el interrogatorio, comprendiendo que es una encerrona que la Abogada de Carlos ha preparado a dos personas viejas a las que empieza a fallar la memoria y tienen dificultades de expresión por su escasa cultura. Protesto de nuevo ante el Oficial argumentando que está impidiendo mi labor de asesoramiento de mis defendidos, e intentando hacerle ver que a dos personas de las condiciones de mi madre y Ángel no debería estar permitido hacerles ese tipo de preguntas. El tipo contesta con tono sarcástico: "a lo mejor se les están haciendo`ese tipo de preguntas´ PRECISAMENTE porque son dos personas mayores con mala memoria, ¿entiende lo que le quiero decir?". "¡Claro que te entiendo, hijoputa -pienso para mí-: lo que no comprendo es por qué tú dejas a la Abogada del demandado las manos libres para que toree a mis defendidos y les tienda una trampa tan rastrera!". El juicio termina. Cuando el Oficial de las narices (para mí que este tío debe tener úlcera de estómago o algo así) me presenta el acta del juicio para que la firme, me encaro con él y le digo: "Quiero que conste formalmente en acta mi protesta por la forma vergonzosa en que se ha celebrado esta parodia de juicio, por la falta de presencia de la Magistrada, por las condiciones en que hemos tenido que estar los interesados -ni una silla, nos han ofrecido: ni siquiera a mi madre ni a Ángel, pese a la avanzada edad de ambos-, por la encerrona que la Abogada de la parte contraria ha preparado a mis defendidos con la anuencia de Vd., y por haberse impedido mi función de ejercer el derecho de defensa de las dos personas a las que represento". El tipo se queda boquiabierto, abandona un momento las oficinas y vuelve al poco rato, diciéndole a la Auxiliar (probablemente tras consultarlo con la Magistrada) que haga constar en acta mi protesta. Se acabó la historia; ahora solo queda esperar a la sentencia, pero la cosa me huele mal, muy mal. Mientras abandonamos el Juzgado y nos dirigimos a la calle, no puedo evitar que me de una nueva "venada" y empiezo a "darle caña" otra vez a Carlitos (repito: ¿tras mi faz de niño bueno no se esconderá en realidad un "camorrista" al que le gusta más la pelea que a un tonto una tiza?). Su Abogada nos tiene que separar de nuevo para que la sangre no llegue al río, porque estamos enganchados por la cornamentea como dos ciervos peleando en tiempo de "berrea" para ver cuál monta a la hembra...
Poco tiempo después, me encuentro en el buzón un aviso de correos comunicándome que allí tienen depositada una comunicación dirigida a mi sobre la notificación de la sentencia de un Juzgado. Vuelo a recoger el aviso. Efectivamente, la Magistrada ha dictado ya sentencia -ha sido rápida, la tía- y se me comunica que la resolución judicial está a mi disposición en el Juzgado. Inmediatamente cojo el coche y me dirijo a la sede judicial a toda pastilla. Subo a las oficinas, recojo la sentencia previa firma del acuse de recibo y, sin poder esperar más -tanta es mi ansiedad por conocer el contenido-, me siento en la sala de espera y abro el sobre. Al leer la sentencia en cuestión no puedo dar crédito a lo que veo: "¡Pero si hemos ganado, joder: hemos ganado!" -me grito interiormente a mí mismo con alborozo incontenible, como si no acabara de asimilarlo-. La Magistrada ha dado preferencia al fondo sobre la forma. Me explico: ella podía haber "escurrido hábilmente el bulto" basándose simplemente en la de la Ley de Propiedad Horizontal, según la cual, la cuota con que corresponde a cada vecino contribuír a los gastos comunitarios ha de ser proporcional a la superficie de su vivienda. Sin embargo, esa Jueza inteligente ha comprendido perfectamente que, sobre la pura literalidad de la ley, ha de prevalecer la Justicia -con mayúscula-, de modo que el pacto privado que en su momento Carlitos suscribió con los vecinos es lo que vale: tiene que contribuír a los gastos de la Comunidad en igualdad de condiciones con el resto de los vecinos. Hay Jueces/as que aún entienden el Derecho en su sentido verdadero, como método de realización del ideal de la Justicia (la Magistrada en cuestión puede que sea otra "fanática" idealista, como Ángel, como yo mismo -en qué mundo de mierda viviríamos si no hubiera gente idealista, ché, pibe...-).
Cojo mi maravilloso -aunque modesto- Peugeot 205 para volver a casa. Casualmente (si es que existen las casualidades...), Carlitos ha ido a recoger más o menos a la misma hora que yo la notificación de la sentencia, acompañado de Mercedes, su mujer. De nuevo por casualidad (aunque yo intuyo que es cosa de éso que llamamos Destino), ellos van en su automóvil detrás de mí. Yo estoy exultante: mi primera experiencia como Abogado ha sido un éxito total y completo (he ganado un juicio muy difícil de ganar, a base de mucho trabajo y mucho esfuerzo, pese a las rastreras artimañas de Carlitos y su abogada..); no quepo en mi de alegría (si alguna vez pierdo mi trabajo como funcionario del Estado, creo que podría ganarme bien la vida como Abogado: en mi primera e imprevista actuación como tal he conseguido ganar un juicio que se presentaba bastante difíl de ganar -no está nada mal-...). Pero observo por el retrovisor de mi coche que Carlos y su mujer tienen "cara de circunstancias"; Obviamente no se esperaban esa sentencia y por supuesto que no les ha gustado nada...Los muy cabrones se dedican a provocarme: se acercan demasiado a mi coche, sin mantener la debida distancia de seguridad y, en un momento dado, me adelantan por la derecha haciendo sonar el claxon como posesos. "Ajo y agua, Charly and company -me digo sin perder la calma-: has perdido, socio; la vida tiene esas cosas...").
Después de este incidente que he relatado, Carlitos ha pagado religiosa y puntualmente su cuota comunitaria, así como las derramas para obras: era lo que yo quería, precisamente. Paradojas de la vida, poco después de la sentencia, Carlos sufrió un infarto de miocardio -sorry...- a consecuencia del cual la Seguridad Social le concedió la incapacidad laboral absoluta: que lo pre-jubiló, vaya. No pretendo decir que entre mi actuación de "pararle los pies" al chulito de mierda ése y su desgraciado incidente cardio-vascular hubiera una relación directa causa-efecto. Pero he leído que muchos prestigiosos cardiólogos sostienen que el "stress" y los disgustos son un elemento decisivo en buena parte de las enfermedades cardio-vasculares...
Lógicamente, Carlos me retiró el saludo: cuando nos encontrábamos en el portal de nuestro edificio -o en cualquier parte-, miraba para otro lado como si yo no existiera. Sin embargo, Mercedes, su mujer, se lo tomó mucho peor, y cada vez que me veía, lanzaba sobre mí una mirada de "odio africano", como si yo fuese el mismísmo diablo en persona (si las convenciones sociales no lo hubieran impedido, estoy seguro de que me hubiera matado -en el sentido literal del término-). El tiempo fue pasando y las cosas cambiaron un poco. Con quien primero me reconcilié fue con uno de sus hijos, también Licenciado en Derecho, quien, al principio, no sabía como tratarme: cuando nos encontrábamos dudaba, no sabía si decirme algo o no decirme nada; al final, como buen jurista, comprendió que yo tenía razón en el asunto de su padre y comenzó a responder a mi saludo cuando nos veíamos: contra él yo no tenía nada. Paradójicamente, la siguiente en responder a mi intento de reconciliación fue Mercedes, la mujer de Carlos (yo no tenía nada contra ninguno de los dos: hubiera actuado igual frente a cualquier moroso de la Comunidad; no era una cuestión personal, sino de Justicia -de la cual soy un "fanático" idealista, ya digo-). Ella empezó también a contestar a mis saludos. El último en volver a la senda de la normalidad fue Carlitos, profundamente resentido -su enfermedad psico/somática lo demuestra claramente- con ese yogurín gilipollitas que le había plantado cara; pero finalmente acabó "entrando por el aro", comprendiendo que él no tenía razón y...¡respondiendo también a mis saludos!. Han pasado muchos años: ahora tengo a Carlos y Mercedes ahí mismo, en la barra, a pocos metros de mí. Merche no ha tenido suerte -o quizá sí-: debió sufrir un cáncer, porque durante una época se la vió con mala cara, calva, como quien está siendo sometido a un tratamiento de quimioterapia; calvicie que ella intentaba disimular poniéndose una peluca. Pero, finalmente, Mercedes, a Dios gracias, triunfó sobre su enfermedad: le ha vuelto a crecer el pelo natural y se la ve como a una rosa. Me imagino que lo suyo sería un cáncer periférico, probablemente de mama, de ésos que tienen unas altas probabilidades de curación. Enhorabuena, Merche: a pesar de todos los pesares, me alegro de que hayas superado esa inquietante y terrible enfermedad. Y a tí tambien, "Charly", cielo: me alegro de que tu ataque al corazón no fuese mortal y de que hayas sobrevivido a él; ya te digo: yo no tenía nada personal contra tí, amor, pero no podía permitir que un "chuleta" hiciera lo que le diera la real gana riéndose de una Comunidad de vecinos de la que yo era Presidente "de facto" (¡pues menudo soy yo, Carlitos, ya lo has comprobado en tus mismas carnes...!).
Continúa el descanso el Riazor y sigo paseando mi mirada distraídamente por el ámbito del bar, mientras chupeteo mi interminable cigarrillo y me deleito con la copa de Bayleys. A mi derecha hay otra mesa con una pareja. Ella es una cincuentaañera de buen ver, todavía, que se conserva estupendamente: está sentada de cara a mi; a él no lo veo, porque entre nosotros dos hay una gruesa columna que impide que nos veamos. De pronto reparo en que la tía se me queda mirando fijamente, no entiendo muy bien por qué (¿tendré monos en la cara o qué?). Decido sostenerle la mirada sin parpadear, como los "tipos duros" a lo Humprey Bogart, a ver qué pasa o de qué va la tía. Ella hace exactamente lo mismo. Pasan unos segundos interminables de "alta tensión", que se resuelven cuando ella baja la mirada sonriendo, un poco "embarazada" -en el bueno sentido del término: entiéndaseme-. Bueno, pues nada, yo sigo a lo mío, que es mi cigarrito y mi Bayleys. Pero la tía vuelve a mirarme fijamente de nuevo. Comprendo que para ella esto es una especie de diversión o un juego (el anodino de su marido, que no se entera de nada, no debe ser muy entretenido que digamos). Así que decido seguir con ella "jugando a las miraditas": le guiño un ojo, frunzo los labios como simulando un beso, saco ligeramente la lengua de la boca y hago vibrar la punta frenéticamente, en una clara alusión sexual...Ella me sigue mirando y remirando, sonriendo divertida (a lo mejor hasta se está poniendo húmeda y todo, quién sabe). Sin embargo, de repente yo me pongo serio. El jueguecito de las miradas y los gestos ha llegado hasta tal punto que casi roza el escándalo. Le hago una seña con mi barbilla acompañada de un gesto de mi mano señalando hacia su marido invisible que me tapa la columna. Ese marido aburrido y cenutrio que no se entera de que a su mujer "le va la marcha". Mi gesto silencioso significa lo siguiente: "eres una mujer casada y, por tanto, debes fidelidad a tu esposo. Déjate ya de juegos. Me encantaría darme un buen revolcón contigo, porque, pese a tu edad, estás aún pero que muy aprovechable, pero entre nosotros se interpone tu matrimonio". Ella comprende mi señal, también se pone seria y vuelve a dedicarse, con expresión resignada y abnegada al "pavisoso" de su cónyuge. Y es que yo creo en la fidelidad.
El Lunes siguiente le cuento este episodio a mi psicoanalista -un argentino cincuentaañero afincado en España desde hace bastantes años con pinta de intelectual de izquierdas- y me suelta el tío, con tono cansino:
-¡La fidelidad, che, pibe; vos siempre con la fidelidad...!.
-¡Pues sí, Carlos -que también se llama así-, le replico de forma un poco airada: la fidelidad!. Porque a mi la fidelidad me parece un valor importante en una relación de pareja. Ya sé que el amor, el afecto o como quieras llamarle a ese sentimiento que une a un hombre y una mujer no tiene por qué durar siempre eternamente; sé que en muchos casos se acaba agotando con el paso de los años y entonces se impone un cambio. Pero
