Tranquilos, queridos lectores: no voy a remedar aquí "la guerra de los mundos", la famosa novela de H.G. Wells (de la que se han hecho incluso un par de películas), en la que unos malvados marcianos invaden la Tierra con aviesas intenciones y, cuando ya están a punto de acabar con la especie humana y conquistar el planeta, son liquidados por...¡las bacterias! (porque el sistema inmunológico de los horrendos seres verdes no tenía anticuerpos defensivos contra ellas).
No: vengo a hablar de algo mucho peor. Quiero referirme a esa guerra larvada que, desde hace milenios, se libra solapadamente entre machos y hembras de las especie humana por el predominio y el poder. Una guerra absurda, por otra parte, porque hombres y mujeres estamos hechos para entendernos, no para pelear entre nosotros. Si un extraterrestre bondadoso aterrizara en nuestro planeta y advirtiera esa lucha interminable, pensaría: "¡Bah!, estos terrícolas humanos están locos!: ¿Y dicen de sí mismos que son la especie más inteligente de la Tierra...?".
La guerra de la que hablo ha pasado por varias fases:
-Dicen algunos antropólogos (Morgan, Engels -sí: el colega de Marx-, Mead, etc...) que, en los tiempos más remotos de la humanidad, imperaba el sistema del "matriarcado", en el que la mujer era el centro de gravedad del grupo social; primero porque los seres humanos llevaban una vida nómada, unidos en hordas o tribus poco numerosas, que se alimentaban de los productos espontáneos de la naturaleza (bayas, setas, frutos secos, etc...), para cuya recolección la fuerza muscular -característica eminentemente masculina- era poco importante, de modo que el hombre y la mujer estaban en igualdad de condiciones a la hora de proveer de recursos alimenticios al grupo; pero, además, se desconocía aún el papel exacto que el hombre desempeñaba en la reproducción humana (aunque se practicaba el sexo, se hacía solo por placer, porque se ignoraban sus efectos reproducitivos -no se sabía que los "babys" eran el resultado de la fusión de los gametos masculinos y femeninos): las mujeres tenían el poder divino de "crear vida", pues solo ellas eran capaces de "fabricar" nuevos seres humanos, cosa que admiraba profundamente a los hombres -a los que este milagro estaba vedadado- y les infundía una especie de respeto sagrado hacia las mujeres; finalmente, cuando aquellos seres ancestrales "ataron cabos" e intuyeron el papel del hombre en la reproducción de la especie, la situación no cambió demasiado, ya que en aquellas hordas o tribus se practicaba un sexo promiscuo e indiscrimado (¡menudo chollo: el paraíso terrenal, vamos!) y, por tanto, era imposible saber quién era el padre de un niño que venía al mundo (aún no existía la prueba de paternidad): solamente se sabía con certeza quién era la madre; de modo que la herencia se transmitía a través de las mujeres, que desempeñaban un papel predominante en el grupo familiar (el papel de "padre", secundario e irrelevante, era asumido por un hermano de la madre, o sea, por un tío del niño). Por todo ello, las que mandaban eran las mujeres, que estaban revestidas de un aura de autoridad cuasi-divina (véanse por ejemplo las rudimentarias esculturas de la época, como la famosa "Venus de Willendorf": una señora de enormes pechos y anchas caderas a la que se adoraba como diosa de la fertilidad -aunque estaba claro que la susodica señora no hacía "fitness" ni "pilates" precisamente-).
-Sin embargo, poco a poco, las cosas fueron cambiando: se inventaron la caza y la pesca (a alguien se le ocurrió que ya estaba bien de comer solo frutas y verduras, y que la "chicha" también podía estar rica), de modo que la especie humana pasó de tener una dieta exclusivamente vegetariana a tener una dieta omnívora. Y para cazar y pescar hacía falta ya una fuerza física y una destreza -además de una capacidad para fabricar las herramientas necesarias a tal efecto- que eran monopolio del hombre, de manera que éste se fue convirtiendo paulatinamente en el proveedor de recursos económicos del grupo y la mujer fue quedando relegada al cuidado de los niños y ancianos -y a otras tareas secundarias-. Ahí empezó a "dar la vuelta la tortilla", porque si el hombre era el que "daba de comer a la familia", su papel adquirió una notable importancia.
-El proceso concluyó cuando la especie humana abandonó la vida nómada y asumió una vida sedentaria: se descubrieron la agricultura y la ganadería (en lugar de andar todo el santo día recolectando frutas y verduras por el bosque -donde se encontrarían en mayor o menor cantidad, o en ninguna, en épocas de sequía, por ej.-, era mejor cultivarlas en un sitio permanente, plantando las semillas, seleccionando las mejores variedades y asegurando una recolección más cómoda y continua; en vez de andar toda la bendita jornada persiguiendo fieras salvajes -con lo cansado y arriesgado que era éso-, mejor tener una granja de animales pacíficos y domésticos al lado de casa que proporcionaran regularmente carne, leche, pieles, grasa y otros productos semejantes). A partir de ese momento surgieron los pueblos y ciudades, se organizaron las sociedades complejas, comenzó el mercado de intercambio de bienes y servicios, se impuso la monogamia -para que el padre tuviera la seguridad de que el hijo de su mujer era de él-, empezó a transmitirse la herencia por vía paterna, surgieron las guerras a gran escala, etc.., etc...Todo bajo la batuta del hombre, que se erigió definitivamente en figura dominante en la que residía todo el poder, quedando relegada la mujer a la condición de sierva o esclava: había nacido el "sistema patriarcal".
-Pasaron muchos siglos hasta que, fruto de las ideas de la Ilustración, en 1.779 se produce la Revolución Francesa, que marca el inicio de la Edad Contemporánea -en la que nos encontramos-, se elabora la "Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano", que proclama "Liberté, Egalité, Fraternité". Según esta carta de derechos, todos los seres humanos son iguales, o sea, todos tienen el mismo valor ante la ley, independientemente de su raza, sexo o cualquier otra circunstancia. A partir de ese momento, algo empieza a cambiar en la sociedad humana y comienzan a removerse -al principio casi imperceptiblemente- los fundamentos del "sistema patriarcal": La escritora Virginia Woolf exige "una habitación propia"; el movimento de las sufragistas norteamericanas consigue en voto para la mujer en su país; al hilo de la primera y segunda Guerra Mundial, la mujer abandona la prisión del hogar y se va incorporando al mundo laboral (primero temproalmente, sustituyendo a los hombres en sus tareas en fábricas y oficinas mientras ellos se dedican a luchar en los frentes de batalla; después, de forma definitiva, porque las mujeres han descubierto las ventajas de la independencia económica que procura un trabajo y no quieren renunciar a ellas); en los años sesenta del siglo XX llega la "liberación sexual" (la invención de los anticonceptivos permite a las mujeres sexo de reproducción y utilizar su sexualidad exclusivamente para obtener placer, si así lo prefieren); en las décadas siguientes, las mujeres se incorporan masivamente a la Universidad y comienzan a ejercer profesiones de alto nivil antes reservadas exclusivamente a los hombres -abogacía, judicatura, arquitectura, ingeniería, etc...-. Y, finalmente, en todos los países occidentales desarrollados, acaban consiguiendo el reconocimiento de una igualdad formal con los hombres desde el punto de vista legal.
Actualmente, en los albores del siglo XXl, el reto es que esa igualdad formal, legal y abstracta, se convierta en una igualdad real, material efectiva (que las mujeres alcancen las mismas cuotas de poder que los hombres en todos los ámbitos de la sociedad: en los Consejos de Administración de las grandes empresas, entre los altos cargos de los Gobiernos de los Estados, etc..., etc...). El hombre, por su parte, asiste un tanto estupefacto a todo este complejo proceso que pone en cuestión su papel y hace tambalearse el pedestal en que se econtraba hasta ahora. Un proceso que, en buena medida, él ha puesto en marcha basádose en sus ideales de Justicia (en Suiza, por ejemplo, se produjo en los años 60 del siglo XX un curioso caso: un Parlamento formado exclusivamente por hombres, sometió a referéndum un proyecto de ley que concedía el derecho de voto a las mujeres -que hasta ese momento estaban privadas de él-; en el referéndum votaron tanto hombres como mujeres y, para sorpresa de todos, el resultado fue negativo; investigado el asunto, resultó que las propias mujeres habían hecho fracasar la consulta votando masivamente en contra de la obtención de su derecho al sufragio. Lógicamente, el referéndum se repitió una y otra vez hasta que salió que "sí", que era lo que los hombres pretendían), pero que se le ha ido de las manos avanzando a toda máquina hasta parecer un tren a punto de descarrilar.
Y es que ahora las mujeres "lo quieren todo": no solo "igualarse" al hombre, sino alcanzar el poder absoluto desplazándolo a él y relegándolo a un segundo plano (quizá como "vendetta" por los milenios de sumisión que han sufrido). Más aún: se advierte que las mujeres quieren asumir las ventajas de la condición masculina ("lo bueno" de ser hombre), pero rechazan hacer lo mismo con las cargas y responsabilidades que implica esa misma condición (la parte "mala" o "difícil" de ser hombre). Un ejemplo un poco simple, pero real como la vida misma: las mujeres quieren tener la misma posición que el hombre en las relaciones de pareja (en cuanto a las decisiones a tomar, etc...), pero no están dispuestas en absoluto a "mojarse el culo" a la hora de iniciar esas relaciones (el peso de tomar al iniciativa para entablar la relación sigue recayendo sobre las espaldas del hombre, que sigue teniendo que "jugarse el tipo" y la dignidad a la hora de acercarse a una mujer para "romper el hielo", mientras ellas permanencen pasiva y cómodamente a la espera). Otro ejemplo, éste más serio: Si una mujer, al perder su trabajo, decide dedicarse a las tareas domésticas y al cuidado de los hijos, no pasa nada y todo el mundo lo ve bien; si un hombre cae en situación de desempleo y toma la misma decisión, mientras su mujer sigue trabajando y aportando los recursos económicos a la familia, se vería como algo vergonzoso e inaceptable...
Todo el proceso que acabo de describir ilustra perfectamente la validez de la "dialéctica" como método que enunció el filosofo idealista alemán del siglo XlX Friedrich Hegel. Durante la Edad Moderna, y bajo el influjo de las ideas Ilustradas, se pensaba ingenuamente que la humanidad progresaba de forma LINEAL. Con el advenimiento de la Edad Contemporánea, Hegel descubrió que, al contrario, la Historia avanzaba de forma DIALÉCTICA, a través de un proceso de tesis-antítesis-síntesis: a un determinado estado de cosas (tesis) se oponía su contrario (antítesis), de donde resultaba una especie de transacción o compromiso entre ambos (síntesis). Así, hemos visto que, al "sistema matriarcal" con predominio de la mujer (tesis) se opuso el sistema patriarcal con prevalencia del hombre (antítesis), hasta resultar en lo que podríamos denominar un "sistema igualitario", con igualdad entre el hombre y la mujer (síntesis). Sin embargo, el filósofo alemán declaró también que el proceso dialéctico era continuo, en el sentido de que cada síntesis alcanzada pasaba a representar el papel de una nueva tesis, a la que se opondía una nueva antítesis, de la que resultaba una nueva síntesis, y así indefinidamente hasta que se produjera una síntesis definitiva que pondría fin a la Historia.
¿Será esa pretensión de la mujer de conseguir el monopolio del poder en exclusiva, asumiendo, además, solamente las ventajas que implica la condición masculina y rechazando las desventajas que supone esa misma condición, la nueva "antítesis" que se opone a la nueva "tesis" igualitarista; o será simplemente un caso de injustica flagrante y de "cara dura" y "ventajismo" intolerable?.
La cuestión queda planteada aquí: a vosotros, lectores, os corresponde resolverla con vuestros argumentos y opiniones.

Volveré por este artículo, con tu permiso, porque merece una segunda y más profunda lectura por mi parte y ahora mismo ando más atareada que el baúl de la Piquer.
Eso sí, para empezar quiero decir: ¡qué penita de Revolución Francesa! Desde entonces hasta acá, lo que pasa en el plano socio-político sobre esta bola azul casi no guarda interés para mí...Por algo el frontón y el Juego de Pelota y yo no nos llevamos demasiado bien;).
Saluditos refrescantes:).
¿Pero cómo que "¡qué penita de Revolución Francesa!"?, misstres "Clítoris": ¿acaso se ha quedado Vd. anclada en "la dulzura de la vida en el `Ancien Régime´"? (como decía nostálgicamente Alexis de Toqueville); ¿aún no ha dado el salto a la Edad Contemporánea?.
¿Es que la Revolución Francesa no ha reportado ventaja alguna, ni siquiera a la mujer?. Repase Vd. la conocida canción del grupo catalán "La Trinca" titulada "el bidet":
"Y así gracias a Marat, a Dantón y a Robespierre
las madamas de la Francia se lavan la "`pomme de terre´...".
Algo es algo ¿no?.
P.D.: su velada alusión al cuadro "El juramento del Juego de la Pelota" revela en Vd. un nivel cultural muy poco corriente por estos pagos...
En el siglo XVIII en París hizo furor el Barón de Bidet, famosísimo inventor.
El Barón especulaba con la posibilidad de tomar baños de asiento sin perder la dignidad...
Dicen que la memoria es selectiva. La mía me da que va por libre, jajajajajajajajaja.
Gracias por las carcajadas...Hoy no tengo ganas de discusiones pseudofilosóficas, así que, con su permiso, recuperaré el rictus serio cuando ya estemos en mañana.
PD: ...Sorpresas nos da la vida, aunque no nos llamemos Rubén Blades ni Pedro Navajas. Contestó la dama aludiendo a la puntilla anterior;).
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