LA MISOGINIA O "LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES".

Después del grandioso éxito de mi último artículo "La guerra de los sexos" (por la ingente cantidad de personas que lo han leído y los innumerables comentarios elogiosos que ha recibido -risas en "of"-...), impasible el ademán e inasequible al desaliento, ataco de nuevo con lo que podría considerarse un nuevo "post" relacionado, en cierto modo, con el anterior...
Habíamos quedado en que, en los albores del tercer milenio, los hombres se habían quedado un tanto "descolocados" ante el imparable avance de las mujeres hacia la igualdad de sexos -o, más aún, hacia una prevalencia de las féminas sobre los varones.
Esta situación produce en los hombres de nuestro tiempo una perplejidad y una inseguridad evidentes, como si caminaran sobre un terreno minado de arenas movedizas. Antes las cosas estaban claras: los hombres conocían y sabían interpretar perfectamente los signos y códigos no escritos que regulaban sus relaciones con las mujeres. Pero ahora las cosas son muy distintas. Los hombres están "más despitados que un pulpo en un garaje" y más desorientados que una brújula que ha perdido el norte, y se preguntan qué actitud adoptar frente a las mujeres. Un amiguete mío, psicoanalista de profesión, llegó a decirme un día, basándose en la experiencia que le confería su práctica clíncia que, hoy día, el hombre tiene MIEDO -si- de la mujer. Y es lógico, le repliqué yo: si adoptas ante ellas una actitud "masculina" (activa, directa y decidida), te acusan de antiguo y retrógrado; si, por el contrario, te comportas con ellas de forma amable y educada, te imputan falta de carácter y de "hombría"; no hace mucho leí un artículo periodístico cuya autora sostenía que muchas mujeres llegaban a quejarse, incluso, de que "ya no quedan hombres como los de antes". Pero: ¿En qué quedamos?.
Ante esta situación, muchos hombres se refugian en la "misoginia". Tranquilos, queridos lectores, que la "misoginia" no es ninguna enfermedad contagiosa como el SIDA o el virus de la "gripe porcina" (ahora pudorosamente llamada "gripe A", porque lo de "porcina" quedaba demasiado "guarro" -valga el juego de palabras-: lo cual no le quita un ápice de gravedad a la enfermedad, dicho sea de paso...).
¿Qués es, entonces, la "misoginia"?. Desde un punto de vista lingüistico significa, literalmente, "odio a las mujeres", y se denomina "misóginos" a "los hombres que odian a las mujeres". Sí, amigos, talmente como el título de la primera novela de la famosa trilogía "Millenium", del malogrado escritor sueco Stieg Larsson, que se ha convertido en un verdadero fenómeno sociológico: "Los hombres que `no amaban´ a las mujeres". El `no amaban´ va entre comillas porque, en realidad, es una licencia que se tomaron los traductores de la novela al español, ya que el título original en sueco era "Män som hatar kvinnor": "Hombres que ODIABAN a las mujeres", pero los responsables de la editorial que publicó la novela en España probablemente pensaron que ese "odiaban" era un término demasiado agresivo que podía incidir negativamente en las ventas del libro (cosas del "marketing"...).
Pero cuidado, porque bajo la rúbrica general de "misoginia" hay que distinguir varios tipos de "misóginos" muy diferentes:
1.-Los misóginos "originarios". Son tipos que responden, más o menos, al prototipo tradicional de "macho ibérico". Van por la vida muy seguros de sí mismos, sacando pecho, caminando con las piernas arqueadas como los vaqueros de las películas del Oeste, normalmente adornan su rostro con un poblado bigote, se limpian la dentadura con un palillo, escupen al suelo y no paran de decir "tacos". Estos tipos, más que odio propiamente dicho, sienten por las mujeres un profundo DESPRECIO: consideran que el macho humano es el culmen de la evolución y que la mujer es una especie de "accidente" de la naturaleza, un ente accesorio de segunda categoría que solo merece ser relegado a la categoría de sierva y que constituye un engorro o una molestia a utilizar, todo lo más, como "reposo del guerrero" o como un mero objeto instrumental a emplear para la satisfacción de las necesidades masculinas (por ejemplo, como criada que les tenga la casa limpia, la ropa planchada y la comida hecha; o como concubina que sirva de deshaogo a su instinto sexual). Su lema es: "La mujer en casa y con la pata quebrada". Son los clásicos tipos que, cuando van conduciendo un coche y otro automovilista comete una infracción, se limitan a tocarle sonoramente la bocina si el infractor es un hombre, pero si es una fémina no pueden reprimir gritarle: ¡Mujer tenías que ser, deberías estar en casa fregando los platos...!. Arquetipos: En la película "Thelma y Louise", el violador de Thelma o el camionero que se dedica a hacerles gestos obscenos. Estos "fenómenos" no tienen remedio: son un caso perdido, sencillamente porque dentro de su cráneo no hay rastro de materia gris alguna, sino, simplemente, serrín: son inmunes a cualquier intento de razonar con ellos acerca del tema ("genio y figura hasta la sepultura").
2.-Los misóginos "reactivos". Son hombres sensibles que, originariamente, amaban con toda su alma a las mujeres, pero a los que una mala e injusta respuesta por parte de las féminas (por ejemplo: la falta de afecto de la madre durante la infancia o un desengaño amoroso en la adolescencia o la juventud) los han llevado a "enrocarse" sobre sí mismos y albergar un profundo RESENTIMIENTO hacia las que han herido sus sentimientos y sienten que los han traicionado. Arquetipo: El personaje que representa Humphrey Bogart en "Casablanca", por ejemplo. A primera vista, pueden engañar con su brusquedad, su mala educación y su ojeriza hacia las mujeres. Pero enseguida "se les ve el plumero". Los Físicos saben muy bien que, en electromagnetismo, la corriente eléctrica puede pasar con mucha facilidad de la polaridad positiva a la negativa y viceversa. Y los psicólogos saben también que las emociones, sentimientos o afectos son también una especie de "energía" que se rige por leyes análogas a las del electromagnetismo. En este sentido, los misóginos "reactivos" han pasado del amor (carga positiva) al odio (carga negativa). Ellos no desprecian a las mujeres, como les ocurre a los misóginos "originarios", sino que, al contrario, las valoran altamente, porque en el fondo las aman y las necesitan profundamente, pero se han visto obligados a adoptar un sentimiento de animadversión hacia ellas. La intuición popular ha captado muy bien la esencia de este tipo tan peculiar de misóginos, reflejándola incluso en canciones.
Así, el veterano cantante Dyango, entonaba, hace ya muchos años, el siguiente tema:
"Ódiame por piedad, yo te lo pido,
ódiame sin medida ni clemencia,
odio quiero más que indiferencia
porque el odio hiere menos que el olvido.
Si tú me odias quedaré yo convencido
de que me amaste mujer con insistencia
porque ten presene, de acuerdo a la experiencia,
que tan solo se odia lo querido".
Los misóginos "reactivos", a diferencia de los "originarios" sí tienen remedio. Su problema se puede arreglar si las mujeres hacen un esfuerzo de comprensión hacia ellos y, a base de grandes dosis de afecto y ternura, consiguen vencer su orgullo y su dignidad heridos, apelando a su sensibilidad. Entonces son capaces de desencadenar en ellos algo parecido a la relación electromagnética que hemos descrito arriba e invertir de nuevo los términos, haciéndo pasar su energía emocional del polo negativo al positivo.
En definitiva, la esencia de los misóginos "reactivos" queda retratada a la perfección en la canción de Jeannette "Soy rebelde" (aunque se refiere a un concepto más amplio y general que el de "misógino": el de "misántropo"):
"Yo, soy rebelde porque el mundo me ha hecho así
porque nadie me ha tratado con amor
porque nadie me ha querido nunca oír.
Yo, soy rebelde porque siempre sin razón
me negaron todo aquello que pedí
y me dieron solamente incomprensión.
Y quisiera ser como el niño aquel
como el hombre aquel que es feliz,
y quisiera dar lo que hay en mí
todo a cambio de una amistad,
y soñar, y vivir, y olvidar el rencor,
y cantar, y reír, y sentir solo amor".
3.-Los misóginos "psicópatas". Tipos que agreden a las mujeres simplemente porque son más débiles física y socialmente, y ven en ellas el objeto ideal para satisfacer sus perversos instintos sadomasoquistas. Arquetipos: los hombres "malos" de las novelas de Stieg Larsson, precisamente; los violadores -que no agreden sexualmente a las mujeres para satisfacer sus propios instintos sexuales, sino su instinto de poder: la sensación que produce sentirse dominador de un ser que se halla completamente a su merced; los autores de la tan vigente "violencia de género" -cuyo lema podría ser: "la maté porque era mía" o "mía o de nadie"-. Sobre este tipo de misóginos no haremos más comentarios, porque el lugar propio para su análisis está en los manuales de psiquiatría, no en un blog informal.
¿Y cuál es MI propia postura ante esta "maremagnum" -os estareis preguntando, queridos lectores-?. Bueno, pues resulta que algunos desinformados me acusan de ser un...¡MISÓGINO! -la palabra maldita-. Pataleo, grito, protesto, disiento: No estoy de acuerdo. Sin embargo, antes de juzgar, escuchemos los argumentos que emplean mis difamadores:
A) Unos alegan mi empecinado e inveterado celibato. "Bien -respondo yo-: pudiera ser que fuera "gay" y me gustaran los tíos; o, más sencillamente -y más cerca de la verdad-, que aún no hubiera encontrado a "la mujer de mi vida", esa con la que me apetecería formar pareja".
B) Otros dicen que soy muy "crítico" con las mujeres. "Vale, es cierto -contesto-, pero también lo soy con los hombres (de hecho, entre mis papeles, guardo un escrito de hace años titulado `llanto por la condición masculina´ -que quizá algún día haga público-; luego, más que de "misógino", se me podría acusar de "misántropo": puesto a "repartir cera", no dudo en dar "palos" a uno u otro lado, según lo considere conveniente en cada caso, sin distinción de sexos. Y es que pienso que, antes que hombres o mujeres, somos personas, seres humanos, y si tengo que criticar algo o a alguien, lo hago en cuanto que es genéricamente persona, sin importarme su sexo.
C) Los de más allá sostienen que soy demasiado "exigente" con las mujeres. "Cierto -replico-, pero no les exijo nunca ni un ápice menos de lo que yo mismo estoy en condiciones y dispuesto a dar. Por tanto, en este sentido, creo que soy justo. Y, en cualquier caso, si es cierto que soy exigente, "en el pecado llevo la penitencia" -como se suele decir-".
Pero todo ésto solo son "parole, parole, parole" -"palabras, palabras, palabras"-, como dice una canción italiana. Vayamos a los HECHOS que es lo que importa. ¿Qué ACTOS podría alegar en mi defensa que definieran realmente mi "posicionamiento" -palabra ahora tan de moda- sobre el asunto?. Muchos, creo, pero voy a exponer solamente 3 "botones de muestra":
1.-Una mañana, al llegar a mi trabajo, había en el vestibulo, junto al reloj de fichaje, una gran cesta llena de rosas rojas. En la pared, un cartel proclamaba: "Para la celebración del día de la mujer trabajadora". Era muy temprano (hacia las 7,30 u 8 menos cuarto de la mañana) y, antes de coger el ascensor, me hice el siguiente razonamiento: "En este edificio trabaja bastante gente y, desde luego, muchas mujeres. Mis compañeras de trabajo femeninas, las pertenecientes a mi Subdirección General, suelen llegar relativamente tarde -muchas, porque tienen jornada partida-. De modo que podría suceder que algunas de ellas se quedaran sin su correspondiente rosa". De modo que hice un cáculo mental de las féminas que trabajaban en mi Unidad Administrativa y cogí una rosa para cada una, que, al llegar a la planta donde trabajo, fui colocando delicadamente sobre la mesa del despacho de cada una de ellas. A media mañana, salí de mi "cubil" para charlar un rato con un compañero de un despacho próximo y advertí que en el pasillo había gran algarabía. Una compañera se dirigió directamente hacia mí y me espetó:
"-Éso ha sido cosa tuya.
-¿Cómo lo sabes?: Puede haber sido cualquiera... -contesté yo-.
-Lo sé por "descarte", porque ninguno de éstos otros (y movió la mano, como abarcando al resto de mis compañeros masculinos) tiene...¡la SENSIBILIDAD que tú tienes para con nosotras, joder! -sic-".
2.-Por el tipo de trabajo que desarrollo, me veo obligado a veces a atender a determinadas personas que vienen a visitarme a mi despacho. Una mañana se presentó ante mí una señora frisando la cincuentena, que, con expresión compungida y casi al borde del llanto, me expuso su problema: era la Secretaria de un Ayuntamiento de un pueblo de Cantabria y tenía graves problemas con el Alcalde, hasta el punto de que éste le abrió expediente disciplinario. Traté de calmarla como pude, asegurándole que examinaría su asunto y trataría de hallar una solución. Tras hacer una serie de indagaciones, constaté que se trataba de un caso de auténtica persecución: El Alcalde quería hacer y deshacer a su antojo y la Secretaria, como garante de la legalidad de los actos del Ayuntamiento, oponía los pertinentes reparos jurídicos a la prepotencia de la máxima autoridad municipal, de modo que, el Alcalde, molesto, decidió "quitársela de encima" incoándole un expediente disciplinario para que el Ministerio en el que trabajo -que era el competente para ello- acabara imponiendo a la afectada la sanción de destitución del cargo de Secretaria. Hubo un largo proceso con todo tipo de altibajos, pero, finalmente, conseguí que el expediente se acabara sobreseyendo y archivando sin sanción, porque consideré que era de justicia. Meses después, durante las Navidades de aquel año, recibí una postal de felicitación de aquella señora, que aún conservo con cariño, y que decía, literalmente: "Le agradezco sinceramente su ayuda, comprensión y sensibilidad. Por el tiempo que me ha dedicado, por su paciencia conmigo, por sus consejos, por su actuación en mi caso...Por éso, y por tantas otras cosas, le estoy muy agradecida".
3.-Pero mi "prueba de descargo" preferida, es un sencillo escrito que inserté en mi Diario Personal (un conjunto de papeles en los que, de forma cronológica y desde los 16 años, llevaba escribiendo para "uso interno" -sin intención de mostrárselos a nadie-,mis pensamientos, mis sentimientos...todo lo que se me pasaba por la cabeza: ahora, con esto del "blogueo", ya no lo hago en privado y en papel de celulosa, sino en público y a través del "ciberespacio"). Ese escrito se titula:
LA DESPEDIDA DE SONIA. Y dice así:
"El miércoles, 1 de junio, despedimos a Sonia, nuestra Subdirectora General, que se trasladaba a la Subdirección General de A.V.T. del Ministerio X.
Sonia era de Lugo, 34 años, casada y con una niña. Era bajita, delgada, rubia, de ojos verdes y pelo corto (todo en su físico revelaba la herencia celta), de aire frágil, maneras y voz suaves, con un aspecto mucho más juvenil que el correspondiente a su edad real.
Fue nuestra Subdirectora durante los últimos 4 años. Llegó cuando estábamos en María de Molina, con Julio como Subdirector, para ocuparse del área de personal propio de Entidades Locales. Recuerdo su aire juvenil y tímido de entonces, y que, el día que llegó, cuando nos la presentaron, todos la saludaron dándole el clásico beso en la mejilla, menos yo, que la saludé con un simple apretón de manos (aún no la conocía).
Pero como me gustaba su carácter serio y tímido, como de chiquilla perdida, a partir de ese momento me dediqué a apoyarla con hechos -no con gestos- y me puse a su entera disposición: le empecé a pasar mis escritos antes de llevarlos a la firma de Julio, para que se fuera enterando del trabajo que se hacía en la Subdirección, le explicaba las cosas, la invitaba a mis desayunos de cumpleaños -para que se fuera integrando en el grupo-...Hasta tal punto que, cuando Julio se trasladó y la iban a nombrar a ella Subdirectora General, fue a mí a quien primero se lo comunicó: "te lo tenía que decir a ti el primero. Tenía que hacerlo, por lo que me has ayudado y apoyado desde que llegué" -me dijo, concediéndome el privilegio-....
En aquel entonces todavía vestía como una universitaria: camisetas deportivas y faldas largas casi hasta el suelo, calzado informal...Caminaba por el pasillo con su mochilita al hombro, deprisa y moviendo los brazos con decisión, "como una enanita del bosque volviendo a la seta en la que vive tras una dura jornada de trabajo" -le comentaba yo a Jesús con ternura-. Sin embargo, un día, se produjo un incidente decisivo: Julio, el Subdirector General, nos había llamado a ella, a mí y a otros dos compañeros a una reunión en su despacho; estábamos sentados en una larga mesa de caoba; Sonia iba aquel día algo despeinada y con gafas, con un aspecto un tanto descuidado; Julio, el Subdirector, por hacer un poco el payaso, se la quedó mirando mientras le decía: "¡Pero bueno, tú hoy ¿no te has peinado o qué?. Ella bajó la vista, avergonzada y roja como un tomate, no sin antes mirarme a mí -que estaba sentado a su lado y enfrente de Julio- de reojo, para comprobar mi reacción. Yo no le reía en absoluto la gracia a Julio, sino que permanecí muy serio, sin mover un solo músculo de la cara, mirándolo frente a frente con severidad, con aire reprobatorio, como reprochándole implícitamente su payasada (Sonia debió agradecerme el detalle). Fue Vicente el que, con sentido del humor, supo romper la tensión de la situación al apostillar: "Hoy se puede decir que viene `desmelenada´", broma que todos reímos, incluido yo, por su carácter gracioso, inteligente y benévolo.
Pero aquel suceso debió afectar mucho a Sonia (en eso se notó que era una chica sensible), porque, poco después, tras ser madre y una vez designada nueva Subdirectora General, cambió radicalmente de "look" y se volvió mucho más sofisticada: empezó a maquillarse, a vestir ropa elegante y de marca, a ir a la peluquería a peinarse...
Luego nos trasladaron a la Plaza de X, y ella y yo nos fuimos distanciando. Ella porque intimó más con María y con Ana, sus subordinadas más inmediatas -Jefas de Área-, así como con Antonio, con los que estaba más en contacto directo; y yo porque no me encontraba demasiado bien de ánimo aquella temporada y no estaba para "sociabilidades".
Aún así, recuerdo que la gratitud de Sonia hacia mí por el apoyo, la ayuda y el calor que le di cuando entró de novata, se manifestó en la primera medida que quiso adoptar en cuanto la nombraron Subdirectora: proponer una subida del complemento específico para mí (que luego se quedó en nada por falta de presupuesto: pero lo que cuenta es el detalle.
Durante su etapa como Subdirectora me entregué al trabajo como nunca lo había hecho con ningún Subdirector anterior, porque me gustaba el estilo de Sonia como Jefa: inteligente, trabajadora, responsable, seria, justa (cuando lo de la subida de niveles y específicos se quedó en agua de borrajas, lo poco que le concedieron lo empleó en subirle el nivel a Esperanza, que era la persona que tenía el nivel más bajo de la Subdirección), con un trato amable y exquisito en las formas, pero en el fondo severa (no permitía que se rieran de ella en el tema de las ausencias injustificadas), y con carácter y personalidad: asumía plenamente su responsabilidad como Subdirectora, dando la cara por sus subordinados, y no se bajaba los pantalones con facilidad ante presiones superiores o de tipo político (el caso "Arrecife" es un buen ejemplo). Su lema parecía ser: "Por las buenas todo; por las malas, nada". El caso es que yo empecé a cumplir más el horario y a implicarme más en mi trabajo, hasta el punto de llegar a aceptar ser Instructor de algunos expedientes disciplinarios (cosa que nunca había hecho con los Subdirectores anteriores) y a hacer algún sacrificio más (ofrecerme a ayudar a los demás cuando hubo que bajar las cajas de los archivos a la planta sótano; currar como uno más metiendo cartas en sobres cuando el tema de la marcha atrás en la integración de los Secretarios; todo ello pese a que Sonia me había preservado tácitamente de hacerlo por mi condición de Jefe de Servicio...).
En fin, el miércoles 1 de junio llegó el final: ella se iba a buscar otros aires para enriquecerse personalmente y nosotros nos quedamos un poco huérfanos. El día anterior, sus subordinados le habíamos hecho el regalo colectivo de un bolígrafo de marca, bastante caro, cosa que la emocionó ("le temblaban las manos y estuvo a punto de llorar" -observó Jesús-). Y, al día siguiente, a última hora, nos invitó a tomar unas bebidas y unas tapas en la taberna vasca L., en la calle P. Yo entonces quise tener un detalle más personal con ella y, en medio de las tapas y de todo el rollo, saqué un gran ramo de flores que había comprado esa mañana y se lo regalé ante toda la concurrencia, diciendo: "Bueno, esto es un regalo personal que quiero hacerte por lo buena Subdirectora que has sido; porque, aparte de inteligente, seria, trabajadora y amable en el trato, has tenido una cualidad que a mí me ha gustado especialmente, y es que, a pesar de ser una mujer joven, inexperta y tímida, has sido VALIENTE en un doble sentido: En que siempre has asumido tu responsabilidad como Subdirectora y has dado la cara por tus empleados, y en que has tenido el carácter y la personalidad para aguantar y no bajarte los pantalones ante presiones de arriba o políticas, no como algún otro Subdirector que hemos tenido antes, que se las daba de muy macho e iba de chulo por la vida, y luego, en cuanto le apretaban las tuercas desde arriba, transmitía la presión y la responsabilidad a sus subordinados, y se bajaba los pantalones a la mínima presión política; o sea, se comportaba como un auténtico CAGÓN -sic-". Mi diatriba arrancó los aplausos de la concurrencia.
Ya cuando acabamos la copa y salimos caminando hacia la Pza. E. (solamente quedábamos ya unos pocos a esas horas de la tarde, pues la sesión se había prolongado bastante), me despedí de ella en las escaleras del edificio del Ministerio (yo tenía que subir arriba a recoger unas cosas antes de irme a casa y ella se marchaba ya a la suya): Le di -esta vez sí- un beso en la mejilla y le acaricié la frente, apartándole suavemente el pelo, y diciéndole: "Adiós chiquita, suerte". Y así la vi marchar, tan menuda y frágil como siempre, pero ya más mujer, con su ramo de flores ya medio marchitas entre las manos...Adiós Sonia".
Bueno, estimados lectores, no sé si mis detractores tendrán razón y seré algo misógino, pero si lo soy, tendreis que reconocer conmigo en que soy un misógino un tanto "especial"...Vosotros teneis la palabra ahora.



Martillo Copón Copónez dijo
¡Pero qué chulo y qué bonito te ha quedado el artículo ese sobre la mesogenia o maganesia, o como se diga!. Lástima que nadie lo vaya a leer, salvo, quizá, la rubiales esa que tienes como amiga...
Antes de que empieces a lanzar tus anatemas sobre mi, te propongo algo genial que se me acaba de ocurrir:
Como pensaba pegarme a ti como una lapa para ser el Pepito Grillo de tu conciencia y darte caña a fondo, criticando tus artículos y poniendo de relieve tus carencias y incoherencias; como, por los contenidos que he visto en tu blog y los mensajes que hemos intercambiado, me he dado cuenta de que, en el fondo, soy tu ANTI-YO, o sea, esa parte gamberra y políticamente incorrecta de ti que llevas dentro -aunque te niegues a reconocerla-; por todo eso, se me ha ocurrido que podríamos utilizar un chat para hacer más fluidas nuestras agradables conversaciones, luego grabarlas y después colocarlas en mi blog (al que, antincipándome a tu respuesta afirmativa, he titulado: "Conversaciones absurdas (des-esperando a Godot)".
¿Qué te parece?: Verás como ahí nos lee mucha más gente que en esa pavisosada de "que paren el mundo que yo me bajo". Vamos a tener un éxito bestial.
Ah!, gracias por añadirme como "amigo" (me anticipo a tu respuesta: "porque no hay una sección titulada "enemigos"). Y avisa a la rubiales ésa de la creación de mi nuevo blog. Seguro que nuestras conversaciones a mala leche le interesan un montón (las mujeres son todas unas cotillas...).
Te espero...
30 Julio 2009 | 10:49 AM