Ahora que ya se han calmado los ánimos tras los últimos atentados de ETA, creo que es hora de hacer un análisis serio, riguroso y profundo del problema vasco, del que deriva el problema de ETA.

Por una serie de razones geográficas, históricas, económicas y sociales en las no voy a entrar porque harían este artículo demasiado largo, España es un país variado y diverso, una "nación de naciones", como dijo alguien. Esa pluralidad característica de España hizo que, durante el siglo XlX, comenzara a aflorar el problema de los "nacionalismos", fundamentalmente de los nacionalismos catalán y vasco.

El nacionalismo vasco, que es el que aquí nos interesa ahora, cobra verdadera carta de naturaleza con el nacimiento del Partido Nacionalista Vasco (PNV), sobre la base de las doctrinas de Sabino Arana. Durante la Guerra Civil española de 1936-1939, las autoridades republicanas conceden al País Vasco el primer Estatuto de Autonomía de su historia. Esto hace que los vascos, pese a sus ideas esencialmente conservadoras e impregnadas de religiosidad católica, se decanten por apoyar a la República frente a los sublevados. Terminada la Guerra Civil e instaurada la dictadura franquista, se suprime el Estatuto de Autonomía vasco y comienza una labor de represión de la identidad cultural del País Vasco, especialmente de su vía de expresión linguística, el euskera.

En los años 60 del siglo XX, nace la organización terrorista ETA como una escisión del PNV, porque algunos de los hijos de los nacionalistas vascos acusaban a sus padres de pasividad y cobardía ante la represión de la dictadura franquista y pensaban que ya era hora de dejar de guardar silencio, pasar a la acción y responder a esa represión con sus mismas armas: La violencia. Por tanto, ETA comenzó a realizar una serie de atentados que tenían por objeto, fundamentalmente, a las fuerzas encargadas de mantener el orden público (Policía Nacional y Guardia Civil), aunque, poco a poco, fue aumentando el ámbito de esos atentados hasta englobar también en ellos a los miembros del Ejército. El mayor éxito de la actuación etarra fue el asesinato en 1973 del entonces Presidente del Gobierno, el Almirante Carrero Blanco, en quien Franco había depositado su confianza para que operase como elemento de continuidad del franquismo una vez muerto el dictador (o sea, como una especie de figura aglutinante de "un franquismo sin Franco").

Muerto el dictador, comienza el proceso de transición política hacia la democracia, que culmina con la Constitución de 1978 y la configuración de España como "Estado de las Autonomías", en el que el gobierno central se va desprendiendo de parcelas de poder para entregárselas a las nacionalidades o regiones que conforman el mosaico español. Se aprueba el Estatuto de Autonomía del País Vasco, al que se reconoce cierto "status" especial y privilegiado entre las demás regiones de España (concierto económico, policía autonómica, etc...). A ETA se le plantea entonces un dilema: renunciar a las armas para participar en el juego político democrático o continuar la lucha armada. Se produce un conflicto en el seno de la organización, en la que se decantan dos bandos: ETA político-militar, que acabaría abandonando las armas, aceptando las regla del juego democrático e integrándose en las instituciones (bajo la batuta de un nuevo partido político: Euzkadiko-Ezkerra, creo recodar, cuya figura más destacada era Juan María Bandrés -un político extraordinario, inteligente y lleno de sentido común al que yo admiraba-). ETA militar -a secas-, en cambio, decidió continuar la "lucha armada" con el "argumento" -más bien "pretexto", habría que decir- de que el nuevo régimen político español surgido tras la muerte de Franco no era una verdadera democracia, dado que venía auspiciado por un Rey que había sido nombrado a dedo por el dictador; por tanto, según ellos, la situación seguía siendo la misma: Tras el decorado de un falso régimen democrático seguía existiendo, en realidad, una dictadura que continuaba reprimiendo al pueblo vasco; y ello pese a todas las evidencias que demostraban lo contrario (soberanía popular, elecciones libres, existencia de partidos políticos, derechos humanos, libertades de pensamiento, expresión, asociación, manifestación...; y, en cuanto al País Vasco, las que he mencionado arriba: Estatuto de Autonomía, parlamento propio, ejercicio de competencias cedidas por el Estado central, régimen especial de "concierto económico en materia fiscal, creación de una policia autonómica -la primera de estas características en España-, posibilidad de representación en las instituciones centrales en Madrid -Congreso, Senado-...).

Daba lo mismo: ETA militar y su entorno crearon, para su uso y consumo, un mundo ideal, autista, esquizofrénico, cerrado y delirante, completamente desconectado de la realidad, en el que "ellos", que por su cuenta y riesgo, y sin contar con nadie, se atribuían en exclusiva la representatividad de TODO el pueblo vasco -incluso contra la voluntad de la mayoría de ese pueblo-, eran "los buenos", y todos los demás, empezando por el dictatorial y represivo Estado español, eran "los malos". Fabularon una historia rocambolesca en la que "ellos" eran los "gudaris", vanguardia armada pura y concienciada del pueblo vasco destinada a luchar por medios violentos contra los "malos" hasta liberar a su patria de las garras del malvado ocupante foráneo. Su lema era "quien no está conmigo, está contra mí" (no admitían matices) y su estrategia se basaba en la teoría de la "acción-represión": a cada acto de violencia que cometieran, el Estado español se vería obigado a aumentar la represión (medidas de seguridad, controles, detenciones, registros domiciliarios, encarcelamientos, quizá torturas), hasta que, al final de esta loca espiral que ellos concebían, el Estado español acabara decidiendo "meter los tanques al País Vasco", es decir, implantar en Euzkadi el "estado de guerra", haciendo intervenir al Ejército, que iniciaría un especie de movimiento de "limpieza" indiscrimada en el que quizá acabasen "pagando justos por pecadores". Ello haría que el malvado Estado español se quitase por fin "la careta", dejando ver su verdadera naturaleza represiva y dictatorial, y que los vascos terminaran cayendo en la cuenta de que, efectivamente, habían estado engañados y sometidos si darse cuenta. Todo lo cual propiciaría una rebelión general y en masa de País Vasco contra España, un enfrentamiento bélico a gran escala que terminaría....con la independencia del País Vasco, el objetivo final de ETA.

(Obsérvese la paradoja que el mayor número de atentados y víctimas de ETA se produjo, no durante la dictadura franquista, sino durante la transición a la democracia y las primeras etapas del nuevo régimen democrático, cuando no estaba aún firmemente asentado, como si la banda terrorista pretendiera hacer "decarrilar" el tren de la incipiente democracias y propiciar una reacción de los elementos más vinculados a la recien liquidada ditadura -Ejército, Guardia Civil, Policía Nacional- que los llevara a dar un golpe de Estado y reimplantar de nuevo un régimen dictatorial -con la supresión de todas las libertades trabajosamente alcanzadas hasta el momento y, por supuesto, del amplio grado de autonomía que el País Vasco había conseguido: ¿No se suponía que ETA luchaba por la libertad del pueblo vasco?; y sin embargo, objetivamente, su acción iba encaminada...a la liquidación de esa libertad que decía defender. Esto demuestra el grado de contradicción, esquizofrenia y paranoia que insufla la ideología de la banda terrorista...).

En esta línea, ETA -a secas ya, porque es la única que queda- continuó su escalada de atentados, con períodos de mayor o menor actividad, según los vaivenes de sus intereses, del panorama político vasco y de la eficacica de la acción policial contra la banda. Mientras tanto, en el PNV también se produjo un conflicto interno que culminó con la escisión de Eusko-Alkartasuna, de la mano del primer lehendakari, Carlos Garaicoetxea. El Partido Nacionalista Vasco colocó en su lugar a un nuevo lehendakari, José Antonio Ardanza, suscribió un pacto antiterrorista con las demás fuerzas políticas democráticas vascas y se inició una "luna de miel" entre el PNV y el PSOE, las dos fuerzas mayoritarias, con varias coaliciones de gobierno. En un momento dado, sin embargo, el PNV decide romper esta actitud "pactista" (aliarse con el resto de los demócratas vascos frente al terrorismo etarra dejando relativamente a un lado la cuestión nacionalista: "demócratas contra violentos", podría decirse) y opta por emprender una vía "frentista" (aliarse con el resto de las fuerzas nacionalistas vascas independientemente de su actitud ante el terrorismo: "vascos frente a españoles" -valga la expresión-). Entre bambalinas, movimendo los hilos en la sombra, la enigmática y polémica figura del Presidente del PNV, Xabier Arzaluz. Es el momento del "Pacto Lizarra", que propicia la tregua más larga de ETA, aunque el cerril dogmatismo de la banda terrorista dio al traste con él y recomenzó su espiral de violencia. A partir de ahí, la confusa etapa de José Ibarretxe como lehendakari, intentando "moverse entre dos aguas": conseguir el apoyo de los demócratas para asuntos puntuales sin renunciar al apoyo de los violentos como sostén fundamental en el parlamento vasco (la "cuadratura del círculo", vaya). Mientras tanto, se promulga la "Ley de Partidos Políticos", que supone la ilegalización de Batasuna en cuanto representante del sector social del nacionalismo más radical que apoyaba a ETA.

Y llegamos a la actualidad:

Es evidente que en el País Vasco hay una mayoría social "nacionalista" que desaría la independencia (una mayoría bastante ajustada entre el 50-60% del electorado, pero mayoría al fin y al cabo). En esa mayoría habría que incluir a los "nacionalistas radicales" (los votantes de Batasuna, el brazo político que ETA, que, en sus mejores momentos, llegó a alcanzar hasta un 20% de los sufragios, para ir bajando luego paulatinamente -en torno al 15%- hasta quedar reducida a un 10-12%) y los "nacionalistas moderados" (o sea, los votantes del PNV), que también quieren la independencia, pero por medios pacíficos (y cuyo apoyo político oscila entre el 30-40% de los vascos). Frente a ellos, se encuentran los "vascos españolistas", que desean un mayor o menor grado de autonomía para el País Vasco, pero continuando vinculados a España; este sector social está representado por el PSOE y el PP, que entre ambos, tienen un apoyo político de entre el 40-50% del electorado.

Por tanto, en este complejo "totum revolutum", salta a la vista que, pese pese a lo fragmentado que está el panorama político vasco, el partido mayoritario allí es el PNV, representante de los "nacionalistas moderados". El PNV se halla, sin embargo, en una situación paradójica, difícil y complicada, porque, como he dicho arriba, ETA surgió hace décadas como una escisión del propio PNV, y el Partido Nacionalista Vasco se debate constantemente entre su carácter primigeniamente "nacionalista" (que lo lleva, en último extremo, a propugnar la independencia del País Vasco -compartiendo por tanto, objetivo final con ETA) y su naturaleza indudablemente democrática (que lo conduce a aceptar, aunque sea transitoriamente, el régimen de autonomía de que goza el País Vasco, a repudiar la violencia terrorista y a tratar de conseguir por vías pacíficas, democráticas e institucionales un grado gobierno cada vez mayor que, a largo plazo, desemboque en la independencia).

Por éso, hasta ahora, siempre que había un atentado etarra, los nacionalistas moderados callaban la boca y miraban hacia otro lado, diciendo: "son cosas de "chicos descarriados" a quienes su juventud y su idealismo llevan por el camino equivocado y los induce a hacer estas cosas...Al fin y al cabo, ambos tenemos el mismo objetivo: la independencia del País Vasco, aunque por vías diferentes". La estrategia de los nacionalistas moderados era la del "apaciguamiento" de los extremistas, no defenderlos, pero tampoco atacarlos expresa y directamente; no jalear los atentados de ETA, pero tampoco condenarlos en voz demasiado alta; defender el derecho de los nacionalistas extremistas a permanecer en la legalidad y estar representados en las instituciones; intentar atraerlos a su terreno por la vía del diálogo; incluso pactar con ellos en determinadas circunstancias (ya se ha hablado del "Pacto de Lizarra"). Esta actitud y estrategia de los nacionalistas moderados ha fracasado estrepitosamente, como el tiempo ha demostrado: Los "hijos pródigos" etarras, en lugar de "volver al redil", se envalentonaron aún más y continuaron matando, y a los nacionalistas vascos moderados les ha acabado suponiendo ser desalojados del poder en el País Vasco en las últimas elecciones autonómicas, gracias al arriesgado pacto entre el PSOE y el PP.

Ante cada atentado de ETA, se desata por toda España y por la mayor parte del País Vasco una ola de indignación y repulsa que se plasma en un río de manifestaciones, reuniones, manifiestos, condenas verbales y escritas...Todo es inútil, los terroristas y su entorno siguen encastillados en ese loco mundo ficticio que se han creado ellos mismos y ante cada cascada de muestras de rechazo por parte del resto de la sociedad, se refuerzan y reafirman en sus condiciones, considerando que éso es un síntoma de que están en el camino correcto ("¿ladran?: luego cabalgamos" -se dicen-).

Mientras tanto, estamos hartos de oír a nuestras autoridades proclamar machaconamente, una y otra vez, que "ETA cada vez está más débil", que "el final de ETA está cada vez más cerca", que "ETA no tiene futuro alguno", mientras constatamos que, pese a todo, ETA sigue matando y destruyendo a discreción (a nuestras autoridades se les podría recitar la frase teatral que dice: "los muertos que vos matais-gozan de buena salud...).

El problema de ETA parece, por tanto, irresoluble, inacabable, como una sombra que amenazara con prolongarse por toda la eternidad. Frente a él, se dice, no hay más actitud posible que seguir el método habitual: estrechar el cerco policial contra los terroristas y su entorno, no permitir ningún ámbito de impunidad, manifestar claramente el rechazo de la sociedad ante cada acción violenta, continuar apelando al discurso de la razón para intentar convencer a los asesinos de que no tienen nada que hacer...O sea: Lo de siempre.

Sin embargo, yo creo que sí hay una forma de solucionar el problema definitivamente y para siempre, y la clave está en la actitud de los "nacionalistas moderados", los votantes del PNV, que siguen siendo -pese a quien pese-, la "mayoría mayoritaria" en Euzkadi. En su mano está dar el paso decisivo para acabar con ETA, dando un paso al frente y proclamando clara y abiertamente que NO ESTÁN DISPUESTOS A ACEPTAR BAJO NINGÚN CONCEPTO LA INDEPENDENCIA DEL PAÍS VASCO OBTENIDA A TRAVÉS DE LA VIOLENCIA; dejar de guardar silencio, de mirar para otro lado ante los atentados de ETA (o criticarlos en voz baja, para que no se les oiga demasiaddo); comprender que esos chavales díscolos han dejado de ser jóvenes y se han convertido en hombres maduros, y que sus acciones ya no pueden ser consideradas travesuras de chiquillos inquietos, sino en asesinatos inaceptables. Es decir: convencerse de que EL FIN NO JUSTIFICA LOS MEDIOS.

Algo así se vio en la temporada posterior al asesinato del Concejal del PP de Ermua Miguel Ángel Blanco, en que no solo los españoles, sino también la inmensa mayoría de los vascos, incluyendo a los nacionalistas moderados, manifestaron en bloque y de forma masiva su repulsa ante aquél acto incalificable de fría y calculada crueldad sanguinaria. Entonces, hasta los propios nacionalistas moderados sintieron vergüenza de sus presuntos "hermanos" extremistas y corearon en voz alta: "¡No son vascos-son asesinos". El resto de los españoles se le unió transmitiéndoles una corriente de simpatía solidaria que se reflejó en el lema: "¡Vascos sí, ETA no!". Fue un momento esperanzador, como si de pronto un rayo de sol atravesara un cielo encapotado de nubes negras. La posibilidad de una unión fuerte y sólida entre los nacionalistas vascos moderados, los vascos españolistas y el resto de los españoles en general. Pero todo aquello quedó en agua de borrajas. Desde entonces, la crítica de los nacionalistas vascos moderados ante los atentados de ETA subió algo de tono, su permisividad ante el entorno que apoya a los etarras disminuyó de margen...Pero, en el fondo, la situación, en el fondo, volvió a ser la misma.

Luego, hubo algunos destellos, como cuando la batalla por la sucesión de Arzalluz al frente de la presidencia del PNV la ganó Iosu Ion Imaz frente a Egibar. Imaz me pareció el prototipo de nacionalista vasco moderado ideal para contribuir a la derrota de ETA, porque era un hombre realmente comprometido en la lucha contra la violencia etarra, que ponía los principios éticos por encima de los intereses partidistas, que pensaba que el fin no justica los medios...Ese tío me encataba como político. Pero poco después hubo un movimiento interno en el seno del PNV, probablemente alentado por el lehendakari Ibarretxe y fomentado en la sombra por Arzalluz, al que no les gustó el nuevo modelo de nacionalismo moderado que propugnaba Imaz. Así que se lo cargaron al frente de la dirección del PNV a un tipo de perfil políco tan "plano" como Iñigo Urkullu, cuyo papel era hacer de árbitro entre las dos facciones del partido y evitar que éste supusiera un obstáculo a la política de Ibarretxe: El resultado, como he dicho, es que al final, los nacionalistas moderados, por andar jugando con fuego, han acabado quemándose y perdiendo el poder en Euskadi a manos de los vascos españolistas (PSOE-PP), con Patxi López al frente. Moraleja: la sociedad vasca está empezando a hartarse de la eterna ambigüedad de los nacionalistas moderados...Y éste es el camino que hay que seguir.

Porque cuando los nacionalistas moderados se pongan decidamente a la vanguardia de la lucha contra ETA, la situación habrá dado un salto cualitativo importantísimo, un verdadero paso de gigante: entonces, cada vez que ETA cometa un atentado, ya no podrá legitimarlo diciendo que lo hace en nombre de la mayoría del pueblo vasco (porque esa supueta mayoría ya no existirá: al 40% de los vascos españolistas se habrá unido el 50% de los nacionalistas moderados, y solo quedará el habitual 10% de los nacionalistas radicales), se tendrá que quitar definitivamente la careta y saldrá a la luz su proyecto totalitario en toda su crudeza: que un exiguo 10% de los vascos imponga sus ideas al restante 90%.

Tal vez entonces, algunos nacionalistas radicales inteligentes se darán cuenta de que la vía de la violencia no les lleva a ningún lado (de hecho, ya está ocurriendo, como ha sucedido con el partido "Aralar", que está formado por nacionalistas radicales que, sin abdicar de sus ideas independentistas, han abjurado de la violencia como método para conseguirla, y que ha cosechado unos excelentes resultados en las últimas
elecciones autonómicas), e irán abandonan poco a poco el mundo radical hasta dejarlo casi absolutamente vacío de contenido, de modo que ETA ya solo podrá arrogarse la representación, no ya de todos los vascos, ni de la mayoría de los vascos, ni de una minoría de vascos más concienciada que los demás, sino solo y exclusivamente la representación...de sí misma como banda terrorista sin apoyo social alguno y sostenida sobre el vacío y la nada.

Y entonces es posible que incluso algunos de los mismos etarras se empiecen a dar cuenta de que la violencia no los va a llevar a la victoria y comenzarán a abandonar la banda (el caso "Yoyes" fue un ejemplo aislado y anticipado a su tiempo, pero muy significativo y simbólico) hasta dejarla vacía: ese será el verdadero fin de ETA.

Mientras tanto, me parece muy bien que a los asesinos etarras se les condene al cumplimiento íntegro de las penas, que se aumenten las penas para ellos, que se los condene incluso a cadena perpetua -hasta con el añadido de trabajos forzados, si se quiere- (lo de utilizar sus cuerpos para la experimentación médica me suena ya un poco "nazi"). Pero el fin de ETA no va a llegar exclusivamente por la vía policial, sino por una acción combinada de ésta con la acción política: y, en este contexto, la llave la tienen los nacionalistas moderados. Ellos tienen la palabra.

Y a ellos les planteo la siguiente pregunta: ¿Creen que, en el hipotético e improbable caso de que el País Vasco alcanzara la independencia gracias a la violencia etarra, el nacionalismo vasco radical y la banda terrorista ETA iban a desparecer y dejar de actuar?; más bien lo contrario: los radicales, envalentonados por su éxito, pretenderían entonces alcanzar también por la fuerza el poder en ese nuevo País Vasco independiente para convertirlo en una especie de Corea del Norte "a la vasca", y si alguien pretendiera oponerse a ello, ¿qué mejor que echar mano otra vez de los etarras como instrumento de coacción política?.

Ustedes verán lo que hacen: Reflexionen y decidan.