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La Coctelera

¡Que paren el mundo, que yo me bajo!

De todo un poco

19 Agosto 2009

PERSONAJES ILUSTRES DE NUESTRO TIEMPO: FELIPE AMÍLCAR DE BRUSELAS Y BRABANTE.

Nuestro personaje de hoy nasció un frío 14 de enero hace 42 años en Bruselas, enclavada en la región de Brabante, inserta como una cuña bilingüe entre las dos nacionalidades irreconciliables que actualmente conforman Bélgica: Flandes (de religión protestante e idioma flamenco -muy parecido al holandés- y Valonia (de religión católica y francófona). Por ello merece, con toda legitimidad los títulos de "Señor de Bruselas" y "Duque de Brabante".

Fue hijo de un modesto matrimonio español que, como tantos otros españolitos de la época, emigraron desde la subdesarrollada España (con sus maletas atadas con cuerdas, sus colchones enrrollados, sus tarteras llenas de filetes empanados y tortillas de patata -¡ay, aquellos abigarrados transbordos ferroviarios nocturnos en Hendaya...!-) a la desarrollada Europa, para currar a destajo durante unos años gastando lo menos posible y volver a su país de origen con unos ahorrilos que les permitieran mejorar un poco su "status económico" (comprarse un piso, montar un negocio: preferentemente un bar -en aquel entonces, todo el mundo que quería emprender un negocio en la "España cañí" de la época soñaba con montar un bar, que era lo más socorrido que había...).

El susodicho matrimonio tenía ya dos hijos, chica y chico ("la parejita", vaya), por lo que no entraba en sus planes la procreación de un tercero. Consecuentemente, nuestro héroe vino al mundo sin estar "planificado", fuera de las previsiones de sus padres, por un afortunado error en el método anticonceptivo que sus progenitores utilizaran, que, tratándose de españoles educados en la catolicidad, es de suponer que no sería otro que "la marcha atrás". ¿No pudo retenerse y retirarse a tiempo el padre, "cayéndose con todo el equipo"; ¿o más bien en los preliminares del acto se le escapó algún travieso espermatozoide que alcanzó su objetivo -el óvulo materno- contra viento y marea?. Son misterios de alcoba que nos está vedado conocer. Lo único cierto y positivo es que Don Felipe mostró una voluntad inquebrantable de venir al mundo y lo consiguió sorteando todo tipo de obstáculos, precauciones y barreras: ¡Vaya que sí!.

¿Y por qué le pusieron por nombre Felipe Amílcar?. Sencillamente, por una excentricidad de su padre, que decidió ponerle como primer nombre a su nuevo vástago el de su propio padre, al abuelo Felipe; y como segundo apelativo, un nombre extrañísimo que sabe Dios dónde habría oído -pues no era una persona especialmente culta-, pero que le llamó la atención: "Amílcar", como "Amílcar Barca", el general cartaginés fundador de la ciudad de Barcelona ("Barcino") y padre de Aníbal, que trajo en jaque a los romanos durante la segunda guerra púnica (hasta estar a punto cambiar la Historia de Occidente y sustuír a Roma por Cartago como gran potencia mediterránea). El caso es que el desconocimiento del progenitor de Don Felipe o la estulticia del funcionario competente llevaron a que nuestro ilustre personaje fuera inscrito en el Registro Civil de la embajada española en Bélgica con el erróneo nombre de "Almilcar", en el que sobraba flagrantemente la primera "l", equivocación que causó a Don Felipe no pocos quebraderos de cabeza a la hora de enfrentarse a trámites burocráticos de todo tipo, hasta que, ya de mayorcito, y tras muchas vueltas y revueltas, el error fue, por fin, corregido (gracias a su partida de bautismo, donde estaba bien puesto: ¡Alabado sea Dios y la Santa Madre Iglesia!) y su segundo nombre quedó correctamente escrito para la posteridad: "Amílcar".

Nombre del que, por otra parte, nuestro héroe se siente muy orgulloso y exibe sacando pecho, pues, todo hay que decirlo, el chico es un poco "vanidosillo" (nadie es perfecto...).

Don Felipe solamente vivió 3 años en su natal Bruselas, por lo que, para él, la ciudad de su nacimiento no es más que un nombre vacío de recuerdos (para sus dos hermanos mayores, en cambio, el nombre de Bruselas ya evoca recuerdos y sentimientos...), aunque nuestro héroe lo exhibe igualmente -lo mismo que su segundo apelativo- con un mal disimulado orgullo ("vanitas-vanitatis", como decía antes este humilde Cronista). En Bruselas, sin embargo, nuestro héroe fue amamantado a base de biberón en "la crèche" ("la guardería", en francés), donde su madre se veía obligada a dejarlo cada día para poder salir pitando hacia su trabajo; también en la capital de Bélgica, Don Felipe dio sus primeros pasos y aprendió a balbucear sus primeras palabras. Sus cuidadoras en la guardería informaron a su madre de que el bebé comenzaba a mostrar dos marcados rasgos de su personalidad que lo acompañarían toda su vida: era "inquieto" y "nervioso" en sumo grado. Otros componentes importantes de su carácter que ya comenzaron a manifestarse desde su más tierna infancia son el de "alegre", "extrovertido", "parlanchín", "dicharachero" y "sociable". El primero, que es un compendio de todos los demás, aparece perfectamente reflejado en una fotografía del álbum familiar, en la que Don Felipe, con no más de dos añitos y enfundado en un tierno jersey azul celeste, aparece luciendo una amplia, espontánea y enorme sonrisa, con dos dientecillos de leche asomando en sus encías, mirando con ojos chispeantes y llenos de vitalidad a un punto indeterminado, arriba a su izquierda (quizá al "pajarito" que le mostraba el fotógrafo profesional que lo retrató). Ese niño sonriente que fue inmortalizado a los dos años es su más auténtica y acabada imagen, porque Don Felipe continúa siendo, en el fondo, pese a haber entrado ya en la cuarentena, un niño grande: posee una encantadora alma infantil que continuará conservando hasta el fin de sus días ("genio y figura hasta la sepultura").

El rasgo más polémico que se le atribuye es el de haber sido un niño "travieso". En cualquier caso, se trata de una travesura exenta de maldad, fruto más bien de su carácter inquieto y nervioso que de otra cosa. ¿Hazañas infantiles que demuestran su traviesa forma de ser?. Pongamos dos, como botón de muestra: La primera en Bruselas, donde un día, sin saberse muy bien por qué, arrojó irreflexivamente un "pasapuré" por la ventana abierta del tercer piso que constituía la residencia familiar, estando a punto de abrirle la cabeza con el artefacto metálico a un despistado viandante pasaba por allí, lo que provocó una dura reprimenda del susodicho viandante a los padres de nuestro héroe, por su negligente "culpa in vigilando" sobre el chavalín. La segunda anécdota tiene más enjundia y un claro matiz político: En plena década de los sesenta del siglo XX, España vivía aún inmersa en la oscura y casposa dictadura franquista; en Bruselas vivían algunos españoles exiliados de la Guerra Civil -o sus descendientes-, a los que se unían un tropel de trabajadores emigrantes por razones económicas que, de pronto, se encontraron con la sorpresa de un país en el que existía un pluralismo político y sindical, con libertad de pensamiento, expresión y manifestación incluídas, algo totalmente desconocido para ellos hasta el momento. Esos dos grupos confluyeron políticamente y, aprovechando que Bruselas era ya la capital de la Comunidad Económica Europea y el "escaparate de Europa", organizaban periódicamente manifestaciones contra el régimen franquista, al sonoro grito de "¡España sí, Franco no!". Cuando Don Felipe no había cumplido aún los tres añitos, viajó a España durante unas vacaciones veraniegas con el resto de la familia. Un día, mientras toda la parentela paseaba por las calles de una innominada ciudad española, a nuestro héroe, que iba en brazos de su padre, no se le ocurrió otra cosa que proferir, a voz en cuello, el famoso grito que había oído a los manifestantes bruselenses y del que, pese a su tierna edad, había tomado buena nota: "¡España sí, Franco no!", se puso a berrear reiteradamente, con la consiguiente alarma social de los viandantes y la no menos alarmada angustia de sus padres, que intentaban taparle la boca a toda costa para evitar males mayores...

En fin: travesuras de un niño inquieto, no más, se dirá...Pero no, amigos míos, porque ese carácter "travieso" y "bromista", constituye uno de los rasgos más característicos de su forma de ser, que ha conservado a lo largo de los años hasta el día de hoy. Así, en su juventud, nuestro ilustre personaje disfrutaba acojonando a quienes lo acompañaban en sus paseos, cuando, al ir a cruzar un paso de cebra, pegaba un rápido y felino salto hacia atrás como si hubiera advertido la llegada de un vehículo, lo que provocaba un inconsciente "efecto imitación" en sus acompañantes, asustados por el peligro imaginario, mientras nuestro héroe se reía a mandíbula batiente. Otra de las aficiones de Don Felipe era producir un subidón de adrenalina a sus allegados, como cuando, una noche, advirtiendo la vuelta a casa de su hermano, escondióse tras la puerta de entrada al domicilio familiar; el confiado hermano abrió rutinariamente la puerta, vio que no había en el piso ninguna luz encendida y antes de que le diera tiempo a encender la primera, sintió cómo una sombra se abalanzaba sobre él en la oscuridad con un sonoro grito, cual vampiro dispuesto a merendarse a su víctima, con el consiguiente susto del susodicho hermano, al borde del infarto de miocardio. En su primera juventud era también nuestro Don Felipe un tanto "tocapelotas": cuando advertía en alguien algún punto débil en su personalidad, hurgaba en la herida para su propio divertimento y bochorno del agraviado; así, es de recordar cómo la emprendió con un amigo de su hermano que iba un poco de chuleta por la vida pero en el fondo era un incorregible tímido: al atascarse en una ocasión el mencionado amigo al pronunciar el nombre de una plaz a del barrio en que vivían (la de Cuacos de Yuste, para más señas) con una Cuá-Cuá-Cuá parecido al graznido de un pato mientras enrojecía como un tomate, nuestro ilustre personaje tomó nota y, cada vez que veía al amigo, intentaba hacerlo caer en la trampa de pronunciar el nombre maldito con preguntas capciosas del tipo: "Oye: ¿cómo se llama la plaza ésa que hay cerca de tu casa?" o "ahora tenemos que pasar por esa plaza que hay junto al Centro Comercial que no me acuerdo qué nombre tiene...", con el consiguiene bochorno del amigo de su hermano. Aún hoy, entrado en la cuarentena, es capaz de hacer creer cosas inverosímiles a sus allegados, cuando, con expresión muy seria y sin mover una ceja, anuncia eventos extravagantes como: "¿Sabes que han encontrado vida en Marte?" o "¿no te has enterado de que han inventado un motor para coches que funciona solo con aire?", todo ello para pasmo y asombro de su interlocutor, hasta que una irónica e incontenible sonrisa en el bromista delata la burla y chanza, para oprobio de su crédulo contertulio.

Total, lo dicho: inocentes payasadas de un niño-adulto o de un adulto con alma de dicho, que viene a ser lo mismo (el orden de los factores no altera el producto).

Pero nos hemos ido un poco por las ramas, así que retomemos el hilo de su biografía: al cumplir Don Felipe los tres años, sus padres decidieron retornar con toda la familia a España y se establecieron en La Coruña, donde el padre tenía una hermana casada con un gallego y encontró, a través de ellos, una oportunidad de trabajo. Nuestro ingénuo héroe se dio de pronto de bruces con la dura realidad cuando, un día, mientras jugaba en la calle, le prestó inocentemente un juguete a un crío de su edad, juguete que no le fue devuelto pese a sus demandas, con lo que volvió a casa profundamente cariacontecido. Mis padres tuvieron que explicarle como pudieron que Bélgica era un país civilizado donde se respetaba la propiedad ajena, mientras que España vivía aún en un estado semi-salvaje regido por el aforismo: "Santa Rita-Rita, lo que se da no se quita". En aquel momento, creo que nuestro héroe comenzó a perder parte de su inocencia infantil y a madurar interiormente...En cualquier caso, la estancia de Don Felipe en La Coruña constituyó, a juicio de este modesto cronista, una etapa feliz de su vida -salvo que el biografiado me desmienta-: En los estudios iba bien, sus ratos de ocio los pasaba en la calle jugando con sus amigos, allí recibió la primera hostia de su vida...(quiero decir: Que hizo la primera comunión, vaya)...

No obstante, en el año 1975, la familia -por razones aún no muy bien aclaradas- se trasladó a Madrid ("rompeolas de todas las Españas" -como dijo el poeta-). Se instalaron en un barrio de clase trabajadora en la zona sudoeste de la capital y comenzó una nueva etapa en la vida de nuestro héroe. Don Felipe siempre fue notablemente inteligente: hubiera podido llegar hasta donde hubiese querido tanto en el campo académico como profesional. Pero, ¡ay!, tenía un defecto: Era un vago redomado para los estudios. La autodisciplina, el espíritu de sacrificio, el esfuerzo y la voluntad que se requieren para marcarse y alcanzar un objetivo ambicioso en la vida no iban con él: para empezar, no era nada ambicioso, así que, inexistente el fin, sobran los medios necesarios para lograrlo. Sufría de una extraña alergia -que nunca mereció la debida atención médica- no solo a los libros de texto escolares, sino a cualquier cosa escrita en papel impreso (jamás le gustó leer ni, por tanto, adquirió una sólida cultura -solamente esa cultura superficial que a uno va absorbiendo "de oídas"-. Lo suyo era "la calle, la calle y la calle": pasarse el tiempo jugando con los amigos al fútbol, a las canicas (en las que demostró ser un fuera de serie), al escondite, a lo que fuera...con tal de no estar en casa; si el techo de su domicilio se hubiera desplomado, desde luego a él "no se le hubiera caído la casa encima". Como lógica consecuencia, su expediente académico empezó a resentirse: arrastró como buenamente pudo los últimos cursos de la enseñanza primaria y los primeros de la enseñanza secundaria, hasta que, en el tercer curso del Bachillerato se quedó estancado como un coche que ha "petado". A ello contribuyó seguramente el hecho de que diera con sus huesos en un Instituto de Enseñanza Media de un modesto barrio madrileño, donde, el que estudiaba y sacaba buenas notas no debía estar demasiado bien visto, precisamente, por sus compañeros de clase (que probablemente lo calificarían despectivamente como "empollón" -o algo por el estilo-). El caldo de cultivo perfecto para nuestro ilustre personaje, ya que ahí "se juntaban el hambre -la poca disposición del biografiado para los estudios- con las ganas de comer -el pretexto ideal: `Si los demás no estudian, ¿por qué yo iba a estar obligado a ello?´". O sea, el sitio ideal para "no dar ni palo al agua".

A todo esto, Don Felipe llegó a la adolescencia, esa etapa tan difícil y complicada en la vida de una persona. Para empezar, comenzó a adoptar comportamientos un tanto estrambóticos: Le dio por llevar un peinado muy peculiar que se fabricaba él mismo, con el pelo muy corto, decolorido con agua oxigenada, dejándose una especie de coletilla torera en la nuca y rapándose las sienes (lo cual, unido a los pantalones "pitillo" que lucía invariablemente, le daba el inquietante aspecto de un joven "jarraitxu", cachorro radical vasco curtido en la "kale borroka" -aunque Don Felipe no ha roto un plato en su vida-). Otro gesto de rebeldía adolescente que adoptó nuestro héroe fue encerrarse en su habitación a escuchar música -si se puede llamar así- "heavy-metal", que oía en una castaña de radio-cassete alimentado con cintas piratas compradas en el Rastro madrileño, de esas que dejaban los cabezales del cassette sucios como la veta de carbón de una mina. Así, se hizo un auténtico especialista -catedrático, casi, diría yo- en el citado tipo de música, de la que conocía todos los pormenores de grupos, solistas y temas. De su cuarto salían los aullidos de AC-DC, Kiss, Barricada, Leño, Ñu, etc..., etc...berreando a pleno pulmón sobre un fondo infernal de guitarras eléctricas. Por otro lado, para ambientar convenientemente el escenario de aquellos solitarios aquellarres musicales, Don Felipe empapeló literalmente su habitación con "posters" de los citados grupos, hasta no dejar ni un solo espacio vacío en paredes y techo. Aquella decoración de carteles siempre oscuros, casi negros, llenos de diabólicas estrellas de cinco puntas, de tipos de aspecto satánico con extravagantes indumentarias, maquillajes y gestos (el paradigma era, quizá, el solista del grupo Kiss exhibiendo una monstruosa lengua a la que había cortado el frenillo para que sobresaliera más de la boca), toda aquella parafernalia, digo, convirtieron el cuarto de nuestro Don Felipe adolescente en una especie de antesala del Infierno, que ni Dante pudo llegar a concebir en "La Divina Comedia". Su madre, religiosa a "machamartillo", entraba horrizada a hacerle la cama y limpiarle la habitación como si penetrase en el mismísimo Hades, protegida por un crucifijo -y expandiendo agua bendita, si la hubiera tenido a mano- y temiendo que en cualquier momento se le apareciese el Diablo en persona.

Y con la adolescencia le llegó a Don Felipe la pubertad, con la que sufrió una enloquecida revolución hormonal que lo sumió en una especie de "transtorno mental transitorio": Caminaba por la calle como alelado, mirando de arriba a abajo y viceversa, con ojos desorbitados, a cualquier hembra "en edad de mercer" que se cruzara en su camino, como si, más que mirarlas, las "radiografiara", delectándose, sin sentimiento de vergüenza ni pudor alguno, en las turgencias y curvas de la carne femenina, mientras movía la pelvis de atrás a adelante, con un sentido muy procaz, en tanto emitía jadeos y gemidos que imitaban los sonidos del fornicio. Hasta tal punto que sus acompañantes sentían un natural bochorno e incomodidad ante aquel lascivo espectáculo. En definitiva: Don Felipe estaba "más salido que el pico de una plancha".

Hormonas aparte, la vida de Don Felipe iba transcurriendo entre el "dolce far niente" del Instituto por las mañanas (tuvo que repetir el tercer curso de Bachillerato tropecientas veces, con unos cuadernillos de notas en que el  "muy deficiente" era la calificación más alta que nuestro ilustre personaje lograba alcanzar y equivalía, para él, a un "sobresaliente") y las tardes en compañía de su pandilla del barrio, un grupo de vagos bebedores y gamberretes (aunque, todo hay que decirlo, jamás en su vida rompieron la marquesina de una parada de autobús ni quemaron contenedor alguno), que se pasaban el tiempo sentados en el pretil de algún banco riéndose de la vida y de sí mismos,  mientras consumían litros de cerveza (una especie de "botellón" anticipado a su tiempo) y supongo que fumándose algún que otro porrete... A todo ésto, una allegado cercano de cuyo nombre no quiero acordarme y que ya había conseguido un trabajillo decente, conociendo la afición de Don Felipe por los coches (conduce como un maestro y es un auténtico "manitas" en materia de mecánica automovilística, aunque de joven le pisaba al acelerador más de la cuenta, gustaba de hacer maniobras inverosímiles que infringían todas las normas de tráfico y se "picaba" como una mona ante las infracciones de los demás), regaló a nuestro héroe un viejo Ford Fiesta dorado, además de abonarle periódicamente una paguilla semanal nada despreciable para "sus gastos". Así que, imagínense a nuestro personaje llegando a su Instituto al volante de su flamante automóvil, como un Señor, y con dinerillo fresco en el bolsillo: "El Rey del Mambo", vamos.

Pero, ¡ay, queridos lectores!: "A todo cerdo le llega su San Martín" -perdón por la vulgaridad de la expresión- y en la vida de todo hombre se cruza siempre, en un momento dado -que suele ser un momento crucial de su existencia- "la mujer". No la mujer en sentido abstracto y genérico, no; sino una mujer particular y concreta, con nombres y apellidos, que atempera la natural rebeldía e impetuosidad masculina para conducir al hombre "por el buen camino". O sea, para "llevárselo al huerto", vaya. Y así le sucedió a nuestro héroe. Don Felipe era de aspecto físico apuesto y atractivo -cualidad que había heredado de su padre-, con un varonil perfil greco-latino, unos bellos ojos verdes y unas rutilantes pestañas que los enmarcaban. Esta circunstancia, unida a su carácter extrovertido, sociable, abierto, simpático y dicharachero hubiera podido pemitirle "traer a las tías de calle" y elegir a la que le viniese en gana, que, sin dudarlo, hubiera caído rendida a sus encantos. Pero el chico no era mujeriego (como, curiosamente, tampoco lo fue su padre, del que heredó todas las cualides físicas y psicológicas que les hubieran permitido a ambos gozar de mujeres a mansalva). Así que no fue él quien eligió, sino él quien fue elegido...El caso es que una compañera de su Instituto, una chica de aspecto modesto, tímido y recatado, con cara de no haber roto un plato en su vida, se fijó en Don Felipe. Seguramente no fue la única que lo hizo, pero ella fue la primera tuvo la virtud y la fuerza de decisión de ir directamente a por él. Al principio nuestro héroe fue bastante reticente a los fervores que por él mostraba aquella muchacha, que interfería en su independencia y su apego a los amigotes del barrio: De modo que fue ella la que tuvo que tomar la iniciativa y, llamada telefónica a llamada telefónica, recibiendo desplantes sin cuento, ir horadando la voluntad de nuestro personaje a base de un tesón y una abnegación sin límites, inasequible al desaliento y "con más moral que el Alcoyano".

Y como dicen que "el que la sigue la consigue", esa tenacidad y ese tesón obtuvieron su premio, y las defensas de nuestro héroe fueron cayendo paulatinamente ante las acometidas de la pretendiente, hasta que, en un momento dado, Don Felipe abandonó absolutamente a los amigos de su edad, olvidándose prácticamente de ellos para siempre, y comenzó a frecuentar la pandilla de su hermano mayor, formada por tipos más serios y circunspectos, al tiempo que se iba dejando querer por la chica, aunque guardando aún las distancias. Decía el filósofo decimonónico danés Soren Kierkegaard -al que se considera abuelo del existencialismo- que el hombre puede adoptar ante la vida dos posturas: el estadio "estético" (disfrutar despreocupadamente de vida, divirtiéndose y extrayendo de ella el mayor "quantum" de placer posible, como la cigarra de la fábula) y el estadio "ético" (madurar, tomarse la vida en serio, hacerse un hombre de provecho y asumir responsabilidades, como la hormiga fabulesca). Normalmente el primer estadio corresponde a la temprana juventud, mientras que el paso al segundo tiene lugar en la etapa adulta de la vida (aunque algunos nunca llegan a realizar esa transición y permanecen eternamente en el estadio "estético"). Don Felipe se encontraba, pues, a esas alturas de su vida, sumido en un profundo dilema existencial: seguir de eterna francachela con sus amigotes o virar hacia la elección de una pareja estable -con su previsible correlato futuro de trabajo remunerado, formación de una familia y demás-. De ahí su desprecio inicial por aquella modosa chica, su posterior aceptación con reservas y....su final entrega plena a ella. Como nuestro héroe no se decidía sobre qué camino tomar, ella recurrió a una artimaña muy femenina para forzar su decisión: la estrategia de los celos. Don Felipe, al advertir la posibilidad de perderla en brazos de otro, y tras una corta etapa de triste melancolía, reaccionó con fuerza, se dio cuenta de que la quería de veras y le propuso entablar un noviazgo formal: Ahí fue cuando nuestro ilustre personaje dio el paso del estadio "estético" al estadio "ético" kierkegardiano y decidió sin vuelta de hoja el camino que quería seguir en la vida...

A todo ésto, al ya joven Don Felipe le llegó también la hora de dejar de vivir "a la sopa boba" de sus padres (la patética pérdida de tiempo en el Instituto empezaga ya a "cantar" demasiado) y buscarse un trabajo remunerado como sustento. Al principio se hallaba dubitativo: Que si conductor de un vehículo de transporte (dada su notable habilidad al volante), que si Policía Municipal (puesto que un tío político suyo por el lado paterno ya lo era), que si ésto, que si lo otro, que si lo demás allá...De nuevo la indecisión y la duda hamletiana.Sin embargo, de esta difícil encrucijada vino a rescatarlo su  "hada madrina" en forma de un amigo suyo que ya estaba trabajando en una empresa privada; en el área administrativa de la susodicha empresa había quedado un puesto de trabajo vacante, y aquel buen amigo recomendó ante los gerentes de la entidad a nuestro héroe para ocuparlo, cosa que éste aceptó gustoso.

Mientras tanto, sin embargo, la tragedia se cernía sobre el escenario familiar en que vivía Don Felipe: Sus padres, tras un fracasado y tormentoso matrimonio, decidieron separarse legalmente. A la hora de repartir los bienes gananciales, acordaron que la madre se quedara con la vivienda familiar, mientras al padre se le adjudicarían los ahorros bancarios de la pareja -dinero con el que el buen hombre compró otro piso-. Esta circunstancia fue vivida por nuestro ilustre personaje como un auténtico y lacerante drama personal, dividido como estaba entre el amor a su padre (con el que se llevaba "a partir un piñón", dadas sus afinidades caracteriales), cuya presencia regular iba a perder al abandonar el progenitor el hogar familiar, y su afecto por la madre. El conflicto íntimo que desgarraba a nuestro héroe llegó hasta tal punto que, años más tarde, confesaría a este cronista que, durante el proceso de separación de sus padres, muchas mañanas, mientras se dirigía a su trabajo en metro, no podía evitar que se le saltaran las lágrimas y se ponía a llorar "como una Magdalena". Aquí sale a relucir otro rasgo característico de la personalidad de Don Felipe: su profunda sensibilidad. No obstante, con un envidiable sentido práctico, nuestro ilustre biografiado eligió permanecer en la casa de su madre, que, al fin y al cabo, le hacía la comida, le lavaba la ropa y matenía limpio y en orden el hogar -todo lo cual no carece de importancia, si bien se mira- (eso sí: sin descuidar las frecuentes visitas a su padre y pasar mucho tiempo con él, dado el cariño mutuo que se tenían).

A todo esto, el noviazgo entre Don Felipe y su amada progresaba normalmente, a lo que debió contribuír no poco el ámbito y el espacio de intimidad necesario a toda pareja que les proporcionaba el viejo Ford Fiesta, donde probablemente llevaríana cabo algunos naturales escarceos eróticos ("¡Qué difícil es hacer el amor en un Simca mil-en un Simca mil...!", sonaba una canción de la época: pero algo es algo y menos da una piedra...). Y como dice la sabiduría popular que "a Rey muerto, Rey puesto" y que "un clavo saca a otro clavo", el fracaso matrimonial de los padres de nuestro ilustre biografiado fue sustituído al poco tiempo por un nuevo y prometedor enlace matrimonial. Y es que, una radiante mañana de julio de hace no sé cuantos años, Don Felipe y su prometida contrajeron solemne matrimonio eclesiástico dándose el "sí quiero", y yéndose a vivir a un piso que ambos habían comprado sumando las respectivas ayudas familiares y unos ahorrillos que la pareja había acumulado para pagar la entrada, y comprometiéndose a abonar el resto del precio del inmueble en cómodos plazos a costa de un préstamo hipotecario que un señor muy agradable e impecablemente vestido al servicio de un Banco les concedió; hipoteca en la que todo eran ventajas...menos los elevados intereses que importaba. Por cierto, un pequeño detalle: El piso del nuevo matrimonio estaba ubicado, curiosamente, en el mismo barrio y a pocos metros de la vivienda en que moraban los padres y la hermana de la esposa -además de una tía muy apegada al núcleo familiar que vivía por la misma zona-. ¿Por qué será que las mujeres siempre consiguen arrastrar a los hombres a su círculo familiar y no al revés?. De nuevo la sabiduría popular nos indica que "cuando un hombre y una mujer se casan, la familia de la esposa gana un hijo, mientras que la del esposo lo pierde": ¡naturaleza masculina, cuán débil eres ante la mujer...!.

Al principio, los nuevos esposos pasaron una buena temporada "con el agua al cuello" por el tema de la hipoteca. Don Felipe era el único que aportaba recursos económicos a la unidad familiar con su trabajo, ya que su señora esposa abandonó el suyo porque tenía vocación de ama de casa y dejó de desempeñar actividad remunerada alguna fuera del hogar. Nuestro héroe no solo no protestó ante esta paradójica situación sino que, al contrario, en el tiempo libre que le dejaba su trabajo, contribuía en pié de igualdad con su mujer a la realización de las tareas domésticas (desde pasar el mocho, hacer la colada, fregar los cacharros o hacer la compra): Era, por tanto -otro de sus rasgos positivos- un hombre de mentalidad moderna, radicalmente alejada de la típica mentalidad tradicional del no menos típico "macho ibérico".

Los años fueron pasando, los cónyuges consiguieron saldar el préstamo hipotecario de la vivienda familiar (momento en que, sorprendentemente, y cuando menos falta hacía, la esposa de nuestro héroe decidió ponerse de nuevo a trabajar: curiosa e incomprensible estrategia...) y, con ello, mejoró la situación económica de la pareja. A continuación, la cigüeña les trajo de París por vía aérea -y certificada- una preciosa niña: su primera -y de momento única- hija. Don Felipe ascendió de categoría en el trabajo (gracias a su encomiable esfuerzo y capacidad de organización: el hecho de que fuera un vago estudiantil no quita para que fuese un currante "de tomo y lomo", entregado en cuerpo y alma a sus obligaciones laborales) llegando a convertirse en la mano derecha y persona de confianza de su Jefe. La niña fue creciendo hasta convertirse en una preciosa chiquilla de 8 añitos, cuya belleza y gracia natural la acabarán convirtiendo en modelo de alta costura, presentadora de televisión o quién sabe qué (aunque a este humilde Cronista, que es su padrino -y que, como tal, se siente moralmente obligado a velar por el desarrollo espiritual de su ahijada-, le gustaría verla convertida en Ingeniera de Telecomunicaciones, Alta Ejecutiva de una imprtante Multinacional, Informática de Sistemas, alpinista o algo así -a cuyo efecto, quien esto escribe trató arteramente de inclinar a la niña hacia estos campos de actividad, regalándole mecanos, juegos de construcción, coches teledirigidos y en ese plan...: pero como si nada; me temo que la chiquilla va a elegir en el futuro dedicarse -como su progenitora a "cosas de mujeres").

Y, en fin, aquí tenemos a Don Felipe ya superada la cuarentena, el pelo ligeramente encanecido (cosa que creo no es de su agrado, sin darse cuenta de que las canas dan a un hombre maduro un aire..."interesante"), inmerso en un matrimonio razonablemente feliz, con una hija adorable "más buena que un cacho pan", que durante la semana laboral cumple esforzadamente con su trabajo por las mañanas, dedica las tardes a un tranquilo y reposado "dolce far niente", más las salidas las tardes-noches de los viernes a pasear con la familia por el barrio y tomarse unas cañitas, alguna que otra comida los sábados con otras parejas casadas...En fin: lo normal en un matrimonio.

Sin embargo, hay un punto oscuro en la apacible vida de Don Felipe, y es que se ha visto obligado a convertirse en el "ángel tutelar" de su problemático y tortuoso hermano mayor, personaje complicado donde los haya: Sumido en una depresión crónica desde los 21 años; en tratamiento psiquiátrico por el mismo motivo desde los 29; a punto de irse a "criar malvas" a consecuencia de una intoxicación debida a tanta pastilla y tanto antidepresivo -circunstancia que lo mandó al hospital en estado crítico, del que, sin embargo, se recuperó: "bicho malo nunca muere", dice el refrán-; en un "tris" de irse nuevamente al cementerio debido a un grave accidente de automóvil, cuando en la madrugada de un sábado, tras una noche de copas y mientras volvía a casa a "dormir la mona", perdió el control de su vehículo en la curva de una autopista de circunvalación de Madrid, yendo a chocar con la mediana, lo que hizo dar al coche una vuelta de campana y quedar boca arriba, dejando aprisionado al susodicho hermano en el interior, hasta el punto de que tuvieron que venir a sacarlo los bomberos -con grúas, sierras mecánicas y demás-, tras lo cual fue conducido en ambulancia al hospital más próximo, pero milagrosamente indemne -apenas unas cortaduras de poca monta en el dedo meñique de la mano izquierda-: un tipo duro de roer, la verdad-; sumido luego en un par de años de adicción al alcohol, de la que solo pudo salir gracias a una rigurosa y dura terapia que casi vuelve a terminar en tragedia debido a un pequeño "error técnico" de los terapeutas, que llevó al sujeto que nos ocupa a un grado de desesperación tal que realizó una "tentativa de autólisis" (el informe médico "dixit") que lo sumió en un coma profundo que casi acaba con él, otra vez, en el camposanto, aunque volvió a salvarse milagrosamente gracias a la casualidad de las circunstancias y a un par de semanitas en el hospital, otra vez -no hay quién pueda con este tío: ni él mismo...-); y, además de todo éso, delincuente convicto y confeso: condenado judicialmente a la pena de privación del permiso de conducir durante un año y medio por un delito contra la seguridad del tráfico con la agravante de reincidencia -¿adivinan por qué?: por superar ampliamente la tasa de alcoholemia permitida al volante, claro-. En fin, un pájaro de mucho cuidado, el hermanito éste de las narices...

Así que, mientras el chico travieso, gamberrete, vagaina y cabra loca, se ha terminado convertiendo en un "pilar de la sociedad", en un marido intachable y en un padre ejemplar, su hermano mayor, el chico introvertido, solitario, callado y estudioso que tanto prometía, se ha acabado transfomando en un "mangarrán", un rebelde sin causa o con ella, un "outsider" en permanente conflicto consigo mismo y con el mundo, sometido a la tutela de su hermano menor, que lo tiene sujeto a un estrecho "marcaje", preocupado por cuál será la próxima locura que cometerá ese sujeto antisocial que le he tocado en desgracia como "broder".

Sobra decir que, durante todas las penalidades antedichas, Don Felipe, en su papel tutorial, desempeñó su cometido con una generosidad, entrega y abnegación admirables, otros tres elementos definitorios de su personalidad.

Y bueno, se preguntaran ustedes, queridos lectores: ¿Por qué un tipo con una vida normal y corriente como Don Felipe -con sus lógicos altibajos y vaivenes- había de merecer el honorable título de "personaje ilustre de nuestro tiempo"?. Por dos razones de mucho peso, estimado público:

1.-Porque Don Felipe desempeña en el mundo el papel de "alegría de la huerta": ese tipo optimista, vital, extrovertido, sociable, dicharachero y conversador que expande generosamente alegría a raudales allí por donde va, y hace más llevadera la vida a los demás en este triste "valle de lágrimas" que es el mundo.

2.-Porque nuestro ilustre personaje es el arquetipo de "pilar de la comunidad" que con sus virtudes de hombre trabajador, fundador de una familia, marido abnegado y padre intachable sostiene una sociedad, evitando que ésta se hunda en el caos y en el nihilismo.

En definitiva, Don Felipe, ese prototipo de "héroe anónimo de nuestro tiempo", tras jubilarse, envejecerá tranquila y apaciblemente viendo crecer a sus nietos, con la expresión satisfecha y serena de quien siente que ha cumplido con creces su deber en la vida: Conservarla y expandirla. De ahí que merezca, con toda justicia, el título de "personaje ilustre".

                                                    19 de agosto, "Anno Domini MMIX".

 

                                                                           El Cronista.

(P.D.: La imagen que preside este artículo no podía ser otra, lógicamente, que la de Don Felipe de Habsburgo (esposo de Doña Juana la Loca), apodado "el Hermoso", puesto que, aparte de ser tocayo y paisano de nuestro ilustre biografiado, era casi tan apuesto como éste).             

 

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3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

heteroflexible

heteroflexible dijo

wow ! esplemdido trabajo, a mi me encantan la biografias, de hecho las colecciono y este trabajo esta muy completo ....
bueno te dejo saludos desde mexico y besitos.

19 Agosto 2009 | 10:22 PM

heteroflexible

heteroflexible dijo

perdon ...(esplendido) se me fue ..besos

19 Agosto 2009 | 10:23 PM

Clítoris

Clítoris dijo

Por unos instantes me hiciste recordar a la peli de Carlos Iglesias, "Un franco, 14 pesetas", pero un poco más moderna.
Si no la has visto, ya estás tardando: te gustará.
Bonito homenaje y espléndido viaje en la memoria propia y en las ajenas.

Feliz miércoles:).

2 Septiembre 2009 | 04:28 PM

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